Trump, Suetonio y los efectos del poder

Las sociedades humanas se han interrogado siempre sobre la naturaleza del poder. Y sobre su efecto en las personas que lo ejercen. Ahora mismo, son muchos quienes se preguntan por qué Donald Trump, por muy idiota que sea –y sabemos que lo es–, se ha lanzado a la aventura de una guerra desastrosa. Hay muchísimas explicaciones parciales: la presión de Israel, los negocios familiares… Pero, como siempre, resulta iluminador leer a los clásicos. En este caso, a Suetonio y su De vita Caesarum: Vidas de los doce césares.

Cayo Suetonio Tranquilo (69-126) fue jefe de bibliotecas y archivos con el emperador Trajano y secretario personal de su sucesor, el emperador Adriano. Eso le permitió acceder a todos los documentos privados y públicos de Roma.

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Vidas de los doce césares, desde Julio César a Domiciano, es un libro divertidísimo y de apariencia frívola, dada la profusión de anécdotas y la meticulosidad con que detalla los hábitos sexuales de sus protagonistas. De hecho, hasta bien entrado el siglo XX la mayoría de las traducciones omitían o enmascaraban ciertos pasajes. Por ejemplo, los “pececillos” de Tiberio. Que no eran “pececillos”, sino niños que tenían que permanecer bajo el agua mientras le chupaban los genitales. En cualquier caso, Suetonio tenía información de primera mano. Y había conocido en persona a varios de los emperadores a los que retrataba.

Suetonio vivió muy cerca de un poder supremo. Roma es aún hoy el paradigma del imperio todopoderoso. Y la profusión de sexo, crueldad y violencia en el libro de Suetonio tiene, como observó Gore Vidal (1925-2012) en su brillante ensayo de 1952 sobre “Los doce césares”, la clara intención de mostrar el efecto del poder sobre quienes lo ejercen.

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Tomemos el ejemplo de Tiberio, el de los “pececillos”. Fue, antes que emperador, un gran general y un administrador sensato. Su honradez era extrema. Cuando el Senado le ofreció validar por anticipado cualquier decisión que tomara como emperador, Tiberio respondió lo siguiente: “Mientras la mente no me falle, podéis contar con la coherencia de mi conducta, pero no quiero que sentéis el precedente de respaldar cualquier acto de un hombre, porque ¿qué sucedería si ocurriera algo que alterara el carácter de ese hombre?”.

Tiberio tenía razón. El político e historiador Tácito, contemporáneo de Suetonio, escribió sobre su gestión al frente del imperio: “A pesar de su enorme experiencia en los asuntos públicos, Tiberio fue arruinado y transformado por la violenta influencia del poder absoluto”.

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El sospechoso asesinato del general Germánico, héroe popular e hijo adoptivo del propio Tiberio; la cesión de casi todas sus competencias como emperador al cónsul Sejano y su posterior ejecución bajo acusaciones de conspiración, acompañada de una purga masiva; su creciente propensión a la crueldad y la depravación, denotan una paranoia profunda.

Suetonio extrae de los archivos una frase de Calígula, considerado el más demente de los emperadores, que es a la vez lúcida y terrorífica: “Tengan presente que puedo tratar a cualquiera exactamente como me apetezca”. Aun teniendo en cuenta que de la biografía de Calígula sabemos sobre todo lo que cuentan sus enemigos y que, por tanto, es posible que no quisiera realmente nombrar senador a su caballo, o que no obligara a sus hermanas a prostituirse, sí hay certeza en que fue el primer emperador que decidió elevarse a la categoría de dios.

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En su ensayo sobre el libro, Gore Vidal afirma que, pese al empeño contemporáneo en un cierto determinismo, o en rodear de múltiples factores cada acontecimiento histórico, son las personas poderosas (idiotas o no) las que marcan la ruta de la humanidad. Cita como ejemplo a Claudio, un hombre de muy pocas luces que llegó a ser emperador por pura casualidad: “Si Claudio no hubiera querido alguna conquista fácil que le permitiera celebrar un triunfo en Roma, Gran Bretaña no habría sido invadida en 144. Si Gran Bretaña no hubiera sido colonizada… la cadena de causalidades queda clara”.

Ahora, un tipo patológicamente narcisista, que ya era un agresor sexual mucho antes de llegar a la Casa Blanca y que dispone del inmenso poder de Estados Unidos, ha iniciado sin planes ni objetivos claros una guerra potencialmente catastrófica. ¿Por qué lo ha hecho? Porque podía hacerlo. Porque quería un gran triunfo fácil, rápido y espectacular.

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No busquemos consuelos fáciles: hace más de 2000 años las cosas ya eran así y, según comprobamos, han cambiado poco.