Ucrania, Rusia y la destrucción mutua
Con la OTAN inmersa en sus tensiones internas, Rusia y Ucrania han decidido intensificar la estrategia de infligirse mutuamente el máximo daño posible, antes de que se vuelva a hablar de negociar su futuro más inmediato.
La guerra de los drones se ceba desde hace días con Kiev, con horas seguidas de ataques aéreos con misiles y drones rusos, que no han discriminado entre objetivos civiles y militares: decenas de muertos y heridos, además de la destrucción de fábricas y edificios de apartamentos, pero también de hospitales, iglesias y museos. Por su parte, los ataques ucranianos han puesto las infraestructuras energéticas rusas en el punto de mira. El sábado se destruyó una terminal de petróleo en las afueras de San Petersburgo y, este lunes, drones ucranianos atacaron la mayor refinería de petróleo de Rusia, propiedad de Gazprom, en Omsk, Siberia, a más de 2.500 kilómetros de un frente de guerra que continúa encallado.
La guerra se ha adentrado en territorio ruso. Tras meses de ataques contra refinerías, depósitos de combustible y vías de suministro, Kiev finalmente ha golpeado a Rusia donde más le duele. Buena parte del país comienza a sufrir colas interminables en las gasolineras, surtidores vacíos y racionamiento de combustible. El precio de la gasolina no ha parado de encarecerse y se teme que las restricciones puedan afectar al sector agrícola y la cosecha de cereales. Para evitarlo, el 1 de junio el Kremlin ya decretó la prohibición de exportar queroseno hasta el próximo mes de noviembre con el objetivo de priorizar el mercado interno.
Desde mediados de junio, los drones ucranianos han recortado entre un 25% y un tercio la capacidad de refinar petróleo de Rusia, según diversas estimaciones. Hace solo unos días, Vladímir Putin intentaba quitar importancia a estos días “difíciles”, calificándolos simplemente de obstáculo pasajero en el camino hacia la “victoria inevitable”. Pero, la realidad de la guerra es cada vez más visible en el día a día de los rusos, y no solo por el regreso de los soldados muertos en combate. Según una encuesta de Gallup, el pesimismo económico ha alcanzado el nivel más alto en Rusia desde hace al menos veinte años. El 60% de los rusos encuestados consideran que las condiciones económicas locales se están deteriorando. La inflación afecta también al precio de los alimentos más básicos.
La duda es hasta qué punto esta situación puede empezar a pasar factura a Putin.
Hay un malestar creciente entre una parte de la población que lucha por hacerse oír en medio de una censura cada vez más extrema, bloqueos de las redes sociales y cortes constantes de internet. Es difícil medir el descontento en un país donde es peligroso expresarse libremente, donde se ha levantado un telón de acero digital y donde las voces más críticas han sido encarceladas o están en el exilio. Pero esta frustración generalizada ha comenzado a expresarse en las redes sociales a través del humor, con memes sobre las restricciones de combustible pidiendo que no falte la cerveza; o ironizando sobre la tendencia de las autoridades rusas de atribuir a Occidente la culpa de los problemas internos, con una imagen donde aparecen los presidentes de los Estados Unidos –Donald Trump, Joe Biden y Barack Obama– llevándose garrafas de gasolina de una gasolinera rusa.
Rusia demuestra una clara capacidad de adaptación. La agencia Reuters publicaba esta semana un informe que apunta a la debilidad del sistema bancario ruso, que se ha visto obligado a conceder créditos a particulares y a las industrias de defensa, lo que los hace más vulnerables en caso de un shock económico. El Kremlin, sin embargo, niega que haya riesgo de recesión. El 40% del presupuesto federal se destina a la defensa, y la economía de guerra funciona. Además, según explica el centro de análisis británico RUSI, a medida que ha aumentado la presión sobre el sistema financiero tradicional, Rusia ha sido capaz de ir desarrollando un ecosistema paralelo que opera al margen de los controles convencionales: desde flotas fantasma que transportan petróleo hasta redes de adquisición cada vez más sofisticadas. El uso de criptomonedas se ha convertido en un elemento clave para eludir las sanciones internacionales destinadas a restringir sus adquisiciones militares.
Mientras tanto, el volumen de proyectiles que Rusia lanza contra Ucrania supera el número de interceptores antimisiles que este país recibe de Occidente, y los expertos alertan de que la producción rusa supera la europea en cuanto a armas de largo alcance. Por ello, Volodímir Zelenski pedirá a los aliados, reunidos en la cumbre de Ankara, que refuercen su apoyo a la defensa antiaérea ucraniana y confirmen 70.000 millones de euros en ayuda militar para este 2026.
La guerra de Ucrania se combate, en estos momentos, también, desde la larga distancia, la resiliencia económica, la adaptación militar y la paciencia estratégica. Pero los costos, como decía Zelenski entre los edificios derruidos en Kiev, son catastróficos.