La única droga que no mata
En este artículo querría haceros dos recomendaciones. La primera es que leáis La mujer abandonada, de Balzac, que Viena Edicions ha publicado en la colección Pequeños Placeres, con traducción de Josep Maria Pinto. La segunda recomendación es que, si sois de los que tenéis la costumbre —como yo— de leer con un lápiz en la mano para ir subrayando las frases o los párrafos especialmente bonitos o interesantes, esta vez lo dejéis correr. Yo lo dejé al darme cuenta de que lo estaba subrayando prácticamente todo.
En la solapa del libro encontramos dos informaciones importantes: que el gran Honoré de Balzac tomaba diariamente cincuenta tazas de café —de aquí su obra monumental— y que La mujer abandonada, que se publicó en el año 1832 en La Revue de Paris, era la nouvelle de Balzac preferida por Marcel Proust. ¿De quién podríamos recibir mejor consejo?
El arranque de la novela lo subrayé con aquella alegría de “empecemos bien”: “En el año 1822, en los primeros días de la primavera, los médicos de París enviaron a Baja Normandía a un joven que padecía entonces una enfermedad inflamatoria causada por algún exceso de estudio, o quizás de vida”.
Di que me quieres aunque sea mentiraAnna Karenina con la célebre frase: “Todas las familias felices son iguales, cada familia infeliz es infeliz a su manera”.
A partir de aquí, Balzac iba desarrollando una historia de amor, seducción y convenciones sociales con su inabarcable talento narrativo. El joven Gaston llega a Normandía y sabe de la existencia de la joven y bella señora de Beauséant, que se retiró a Normandía y vive apartada socialmente, después de una “resbalada”. Esto despierta el interés del joven Gaston porque, dice Balzac: “Solo somos despiadados con las cosas, los sentimientos y las aventuras vulgares. Cuando atraemos miradas, parecemos grandes”.
Creo que aquí ya dejé ir el lápiz amarillo y negro, admitiendo que mi subrayado abusivo no tenía ningún sentido. Seguí deleitándome con la historia de amor de Claire y Gaston y solo volví a ir a buscar el lápiz hacia la parte final del libro, cuando ella, en una carta dirigida a su amante, le escribe: “Hazme sufrir, pero no me engañes”.
Fue inevitable recordar a Montserrat Roig y su novela Di que me quieres aunque sea mentira (1996). En sus páginas encontré una frase que he releído y citado muchas veces: “La única droga que no te mata –aunque te haga enfermar–, el único efluvio etílico que no te hace perder los sentidos ni te estropea el hígado, el único amor que no da asco es la buena literatura”. Seguro que Mercè Rodoreda y Aloma estarían de acuerdo.
No sé cómo debía tener el hígado Balzac con sus cincuenta cafés al día, pero su enorme obra literaria es droga de la buena para todos nosotros, dos siglos después.