La visita del Papa: comulgar con ruedas de molino
No sé si los dos sacerdotes tanzanos y los dos filipinos que integran la comunidad agustina de Barcelona explicarán a León XIV, cuando visite el 10 de junio la iglesia de Sant Agustí, en el Raval, que en aquel templo fue fundada la Assemblea de Catalunya, la gran coalición de fuerzas antifranquistas del país. Corría el año 1971. Tiempos eran tiempos. Cuando la Iglesia catalana hacía piña con los que luchaban por las libertades individuales y colectivas. Cuando los rectores cobijaban a trabajadores en huelga e impedían que entraran los grises. Cuando Comisiones Obreras se fundaba en una parroquia (Sant Medir, la Bordeta, 1964), cuando los estudiantes se encerraban en conventos (la Caputxinada, Sarrià, 1966) o el monasterio más simbólico era el marco elegido para “bautizar” un partido que gobernaría Cataluña durante décadas (Convergència, Montserrat, 1974). Tiempos eran tiempos de los Escarré, Jubany, Cassià Maria Just, Xirinacs, Ragué, Ballarín y muchísimos curas obreros... Tiempos eran tiempos en que la Iglesia tenía mejor reputación que en la actualidad. Más practicantes, más vocaciones religiosas, más complicidades con los seglares, más credibilidad, ninguna denuncia de pederastia.
Hoy en día, el 42% de los catalanes se declaran católicos. Y de estos, el 58% admiten que no asisten a las ceremonias religiosas habitualmente. En cuanto a los jóvenes, solo uno de cada cuatro se declaran católicos, aunque los practicantes son más fervorosos y conservadores. Son datos del CEO de la Generalitat, de abril pasado. En cuanto a la opinión de los catalanes sobre el Vaticano, otro sondeo del CEO, de junio de 2025, indica que el 62% de los ciudadanos no dan “ningún valor” a la opinión del Papa o consideran que “no es demasiado importante”. Solo el 7% de los encuestados dan relevancia a lo que pueda decir el obispo de Roma.
Aun así, el gobierno (laico) de Illa y el ayuntamiento (laico) de Collboni están dedicando unos esfuerzos insólitos para recibir a León XIV. La visita de un jefe de estado que además es el líder de una religión que cuenta –al menos sobre el papel– con millones de seguidores en todo el mundo merece más que respeto y diplomacia. ¿Pero hay que dedicarle tanto dinero y sacrificios? El Ayuntamiento de Barcelona no especificará cuántos millones costará la visita hasta que se marche el invitado. Solo se sabe que ha renunciado a cobrar los 78.000 euros que cuesta ceder el Estadi Olímpic. El Barça pagaba entre 300.000 y 900.000 euros por cada partido jugado en el Lluís Companys. ¿Cederá Collboni gratuitamente el estadio cuando musulmanes, judíos, testigos de Jehová, evangélicos o sijs quieran celebrar un encuentro internacional de sus respectivos feligreses?
El gobierno de Illa, católico practicante, aportará 1,6 millones de euros. Y no se pone rojo cuando dice que esta cantidad no la pagará la ciudadanía porque saldrá de la tasa turística. ¿No habíamos quedado en que este tribut debía revertir en obras y servicios para los catalanes? No pagaremos directamente, pero dejaremos de recibirlo, que es lo mismo. Siguen queriendo hacernos comulgar con ruedas de molino: “La visita del Papa es una oportunidad para proyectar la marca Cataluña”. ¿Algún catalán querrá viajar o invertir próximamente en Argelia, Camerún, Angola o Guinea Ecuatorial? Pues son cuatro países que León XIV visitó el pasado abril y sus “marcas” siguen siendo las mismas. ¿Cómo se entiende si los mismos Illa y Collboni dicen que Barcelona no necesita más turistas, si admiten que estamos saturados?
Finalmente, el toque de queda decretado urbi et orbi. Se impedirá la libre circulación de los ciudadanos durante casi 24 horas en el Raval, el Gótico, en Montjuïc y en el Eixample. Desde las 7 de la mañana, los vecinos no podrán sacar sus vehículos de los aparcamientos aunque los actos estén previstos para más de doce horas más tarde. Cerrarán estaciones de metro durante 24 horas y cortarán docenas de calles en el centro de la ciudad, ocasionando un montón de molestias a una ciudadanía que, como su mayoría es educada, dará la bienvenida a un visitante ilustre por el cual sienten respeto, pero que no inspira simpatía extraordinaria, según el sondeo de la misma Generalitat, y aún inspirará menos después de tantas restricciones, prohibiciones y molestias. ¿O quizá tanto control policial no es tanto para garantizar la seguridad del Papa como para evitar protestas contra otros dos visitantes ilustres: Felipe VI (independentistas) y Pedro Sánchez (ultraderechistas)? Con tantos aleluyas y hosannas nacionalcatólicos, algunos han perdido el oremus.