Vox amenaza con averiar el sistema de la Transición

El sistema político español tiene plomo en las alas. Se enfrenta a una amenaza muy seria. No es la primera vez que ocurre, pero ahora presenta un potencial más amenazante. Durante la Transición, los herederos del franquismo y los representantes de las fuerzas democráticas construyeron codo con codo un modelo que favorecía la alternancia entre dos grandes partidos. Este modelo, que evoca el esquema de turnos decimonónico, buscaba preservar la estabilidad, la principal preocupación en aquellos años inciertos. Habría, planearon, una gran opción de centroderecha y otra de centroizquierda. El primer partido acabó siendo el actual PP —después de que la UCD saltara por los aires—; el segundo, el PSOE. Por este motivo, a ojos de algunos, la Transición culmina precisamente con la victoria de Felipe González en 1982. Se ha llamado a este sistema "bipartidismo imperfecto".

El primer episodio de disfunción —menor, si quieren— se dio al final de la etapa de González, cuando la Izquierda Unida de Julio Anguita se alió con José María Aznar para abatir al socialista. Por último, este último no pudo seguir aguantando el peso del caso GAL, ni de la montaña de casos de corrupción ni, tampoco, la acción constante, coordinada y destructiva de la extraña pareja de baile.

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El segundo antecedente se produce bastante después. Llega con la emergencia de Podemos, primero, y de Ciutadans, después. Podemos obtiene sus mejores resultados en los comicios de 2015 y 2016 (en esta última convocatoria queda sólo a 14 diputados de los socialistas). En cuanto a Ciudadanos, su momentum se produce en el 2019, con 57 escaños, 9 menos que el PP. Unos y otros estuvieron cerca de conseguir su sorpasso, que habría dado la vuelta al sistema. Luego, sin embargo, la marea retrocedió, y los llamados equívocamente partidos de Estado recuperaron sus posiciones hegemónicas.

Lo que vivimos ahora es el tercero de estos momentos de tambaleo. Lo que está en juego nuevamente es la estabilidad, o sea, lo que tanto preocupaba durante la Transición. Pero también la funcionalidad del sistema, la utilidad de la herramienta, puede verse dañada. Puede haber una grave avería. Porque se está produciendo al mismo tiempo un gran desequilibrio entre hemisferios políticos -el derecho y la izquierda- y también dentro de estos mismos hemisferios. En 1982, con el triunfo abrumador de González, el PSOE (con el PSC) alcanza los 202 diputados (la mayoría absoluta son 176). En los próximos comicios, este año o el próximo año, la derecha españolista —el PP y su corriente radical escindida, Vox— podrían llegar a superar el récord de González. Incluso -se especula- alcanzar los 210 escaños (la cifra es relevante, ya que con dos tercios del Congreso se pueden imponer determinados cambios constitucionales y nombramientos clave en el ámbito de la justicia). El PSOE, por su parte, se encontraría hoy algo por encima del centenar de escaños, mientras que Sumar y Podemos sumarían unos 14. En el escenario que dibujan las encuestas, el tándem PP-Vox alcanza un poder nunca visto.

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Pero no es sólo el desequilibrio derecha-izquierda. Es que dentro de cada bando las proporciones son muy distintas. Mientras Vox pesa mucho a la derecha –se encontraría cerca de los 70 diputados–, a la izquierda del PSOE, sus aliados tradicionales –Podemos y la antigua Sumar– se han encogido hasta dimensiones mínimas. La fuerza de los radicales de la derecha es infinitamente superior a la de los radicales de la izquierda, si me permiten expresarlo así. Y hay que añadir que Vox engorda un poco más cada día.

La hegemonía abrumadora de la derecha y, dentro de la derecha, de Vox dibuja un panorama inédito. Y, según se mire, brutal. Estamos hablando de algo que va mucho más allá de una alternancia en el poder. Las fuerzas a la izquierda del PSOE lo ven, a lo que responden los movimientos para tratar de abrir un paraguas conjunto que pueda parar (un poco) la tormenta. Hace tiempo que también se ha dado cuenta Núñez Feijóo —más aún con los resultados de Extremadura y Aragón en mano—, quien asumió que su futuro depende ineludiblemente de Abascal. Un Abascal que, a su vez, sueña -como en su día Albert Ribera- con avanzar y desplazar al PP de Núñez Feijóo.

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¿Y el PSOE? Sánchez, a pesar de su sobrehumana capacidad de resistencia, esta vez no parece tener escapatoria. El viento del mundo, y de Europa, sopla además con mucha fuerza a favor de la derecha. Probablemente —permítanme la especulación—, la carrera de Sánchez habrá terminado una vez perdidas las elecciones. Deberá iniciarse entonces un convulso y doloroso proceso de refundación en el PSOE. Y resultará inevitable, entre los socialistas, la difícil y trascendental discusión sobre si, por responsabilidad, para salvar el sistema, es necesario facilitar un gobierno del PP sin Vox.