De la vulgaridad en política

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Donald Trump y Javier Milei en Nueva York el 23 de septiembre de 2025.
28/10/2026 - 18:02 h
Filósofo

"Estamos ante una masiva falta de respeto, de amabilidad, de tacto", escribía la semana pasada Ignasi Aragay al referirse a la última obra del filósofo Byung-Chul Han. Poco después escuché las agrias y vulgares declaraciones de Javier Milei en el contexto de su tournée española. Posperonismo antiperonista: están atrapados en ese bucle, algunos argentinos (el papel de pos-Evita lo hace su hermana Karina). El bagaje político de Milei, y también el de Trump, tomó forma en el seno de tertulias histéricas y otros subproductos mediáticos parecidos. No es una mera anécdota biográfica, sino la clave que explica su manera de entender y ejercer sus respectivos cargos presidenciales. El entorno televisivo de la telerrealidad funciona bajo unas reglas muy concretas: la aceleración, la dramatización innecesaria de los conflictos, el impacto inmediato y cuanto más truculento mejor, etc. En estos ambientes enrarecidos, malsanos, vulgarísimos, la deliberación serena y el matiz no tienen cabida porque no generan audiencia: es así de sencillo. El lenguaje debe ser visceral, provocador y, sobre todo, desprovisto de los filtros que aconsejan la estética, el sentido común y la buena educación. Para mucha gente –cada vez más, si nos hacemos eco de determinados resultados electorales– los mencionados filtros se identifican directamente con la hipocresía. Mal asunto, pues...

Todo ello conecta con la cultura de la pseudoautenticidad, del culto a la espontaneidad emocional así como de la vulgaridad entendida como proximidad. Se ha consolidado la idea de que todo aquello que se dice sin filtrar, impulsivamente, representa el verdadero yo del individuo, mientras que la contención, la diplomacia, el protocolo o la búsqueda de un mínimo consenso son interpretados como señales de falsedad o fingimiento. Bajo este paradigma, la conducta del político ya no se mide por el rigor o por la coherencia de los argumentos, sino por la intensidad de la emoción que se quiere expresar. Para muchos adolescentes, tirarse un pedo o un eructo en público es una demostración de noble audacia, no una falta de respeto y una muestra de inmadurez. Conozco personas que, sin ser en absoluto adolescentes, todavía ven las cosas así; suelen ser de risa fácil.

Al trasladar estas dinámicas a la política, la figura del líder sin filtro se convierte en la máxima manifestación de esta supuesta franqueza. Cuando un político grita, insulta, muestra rabia o utiliza un lenguaje vulgar, hay una parte del electorado que, impregnado de esta cultura emocional, no ve en ello una falta de urbanidad o de preparación, sino la prueba irrefutable de que lo que dice es lo que realmente piensa. "¡No está sometido a los dictados de la corrección política ni a los intereses de las élites!", aseguran con admiración. En el caso de Trump, la experiencia del reality show le enseñó a capitalizar este efecto: el personaje más valorado por la audiencia suele ser aquel que busca el choque frontal.

La fusión entre el formato de la telerrealidad y el paradigma de la espontaneidad ha acabado transformando el debate público. El espacio para la negociación o el análisis complejo de problemas estructurales se ha convertido en esta narrativa aceitosa de buenos y malos que explicaba el otro día Ignasi Aragay. Fidelidades pasionales, adhesiones sobreactuadas, aquella amenazante sierra mecánica... Como esto –no nos engañemos– suele funcionar, la provocación constante se convierte en una estrategia de comunicación eficaz que mantiene la atención del público a la vez que anula cualquier intento de discusión racional. Las ideas nunca acostumbran a presentarse como propuestas sujetas a revisión o debate: son verdades como puños, indiscutibles, que exigen una adhesión o un rechazo viscerales. Nada de medias tintas, nada de dudas. Los aspirantes a políticos van tomando nota.

La irrupción de figuras de una vulgaridad extrema como Trump y Milei revela una crisis muy profunda de los canales tradicionales de mediación política y periodística. Acostumbrada a consumir interacciones sociales inmediatas unfiltered a través de las redes y la televisión, la sociedad parece pedir que sus representantes actúen con la misma lógica. La mirada fija e inquietante del presidente de la República Argentina no es, pues, un fenómeno aislado o estrambótico, sino el resultado lógico de cruzar la gramática sórdida de ciertos productos mediáticos con una época que, como describió hace unos años un ensayo de Michel Lacroix que les recomiendo, El culto a la emoción, se ha vuelto adicta a los estímulos subidos de tono, sean en un parque de atracciones, en un mitin o en programas televisivos infra dignitatem.

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