Yo lo hago. ¿Y usted?

Todo el que pulsa el botón de la puerta del tren, para entrar o salir, hace lo mismo, sin excepción. En el tren, en el avión, no tanto en el autobús o en el metro, todos nosotros estamos atareados. Nos pueden decir, como ahora, todavía en el vagón, que cuando bajemos en Sant Vicenç de Calders, los que sigamos hacia Vila-seca tendremos que cambiar de tren, en la vía 4, porque hay obras. Podemos ver este tren desde el vagón, sí, en la vía 4, y saber que somos muchos los que bajaremos y lo cogeremos, y saber, pues, que nos esperará. Pero llegamos a la estación y todos, todos los que estamos delante de la puerta, manifestamos el mismo comportamiento: una impaciencia del todo estéril a la hora de pulsar el botón. Lo pulsamos muchos segundos antes de que toque hacerlo. El tren todavía se está parando. La mayoría de nosotros cogemos trenes cada día, más de una vez. Sabemos perfectamente que hay que esperarse unos segundos, hasta que se haya parado. Pero no lo podemos evitar. Pulsamos el botón. Y nuestros compañeros de viaje, los que no han alargado el brazo para pulsar el botón, haciendo un esfuerzo mastodóntico de contención, nos miran preocupados, con el corazón encogido, por si hoy es el día que, por culpa nuestra, el tren se va con nosotros dentro.

No pasa nada que el tren finalice el recorrido allí, en Sant Vicenç, esta población que oímos siempre por la megafonía y que invariablemente imaginamos repletísima de trenes que han ido a parar allí o vacía del todo porque no ha llegado ni uno. Damos un golpe, dos golpes, tres golpes, cuatro golpes. Y al final, no por nuestra fuerza percutora, sino porque el tiempo reglamentario ha pasado, la puerta se abre. Mañana todos nosotros haremos lo mismo, sin poderlo evitar, con el corazón agitado, con la furia y la alerta de los perplejos permanentes.