Corrupción

La corrupción que el electorado perdona: ¿por qué la derecha tiene menos que perder?

El electorado progresista castiga más los escándalos de corrupción, mientras que el votante conservador es más fiel a su partido

Barcelona"La izquierda no puede robar", dijo hace un año Gabriel Rufián, diputado de Esquerra en el Congreso, a la bancada del PSOE. Esa advertencia resonó con fuerza ante un PSOE al que, con el caso Koldo y Cerdán y las investigaciones a Begoña Gómez y David Sánchez –mujer y hermano del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez–, aún se debían sumar los casos de Leire Díez y de el expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero. La percepción en el debate público, sin embargo, es clara: el electorado progresista no perdona el enriquecimiento ilícito, como sí lo hace el conservador. Pero realmente, ¿la corrupción castiga más a las izquierdas que a las derechas? Lejos de ser un mito, la evidencia demuestra que es una realidad con mecanismos estudiados.

El comportamiento varía según el sesgo ideológico cuando estalla un escándalo. Como explica, en conversación con el ARA, el catedrático emérito de la Universitat Autònoma de Barcelona, Joan Botella, la izquierda se ha presentado como "más purista, más defensora de las manos limpias". La derecha, en cambio, "no predica la corrupción, pero para ellos no es un tema tan trascendente". Toni Rodon, politólogo de la Universitat Pompeu Fabra, consultado por el ARA, coincide con esta tesis: "En los últimos años la izquierda se ha basado mucho en cuestiones morales y, [...] obviamente, la corrupción, aunque sea material, también tiene un importante componente moral". Hacer bandera de esta narrativa exigente provoca que los propios votantes te lo recuerden "y te penalicen", añade.

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¿Cuál es, pues, la reacción instintiva del votante desencantado? De entrada, la abstención. Botella detalla que a la gente de izquierdas "se les hace muy fácil una actitud absentista" y, por tanto, dejar de votar. El votante conservador, en cambio, es más pragmático: "Son mucho más militantes. Ellos quieren que ganen los suyos", apunta Botella. Una fidelidad que les lleva a pasar por alto la corrupción: "Si hace falta, nos taparemos la nariz y votaremos a los nuestros", añade.

Más allá de quedarse en casa, el castigo también se canaliza cambiando de lista. Históricamente, subraya Rodon, "la izquierda tenía una alternativa de voto" donde el ciudadano decepcionado podía elegir "otra opción a la izquierda que tampoco era una alternativa muy complicada". Esto no pasaba en la derecha, que concentraba el voto en unas siglas. Ahora bien, Rodon plantea un interrogante de futuro: con la extrema derecha "habrá que ver si esto también pasa en la derecha" y si un votante del PP optará por huir hacia Vox para castigar a su partido.

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"Roban, pero hacen"

A pesar de la ideología, no toda corrupción genera las mismas ondas sísmicas. Rodon diferencia dos fenómenos: la "corrupción privativa", cuando un dirigente "pone la mano en la caja y se queda el dinero", y otra tipología de irregularidades donde "también se beneficia otra gente". Esta última praxis, que reparte proyectos de los cuales "se beneficia otra gente como los constructores, los albañiles, o aquellos que están en la obra", acostumbra a "tener una penalización electoral mucho más baja que la primera". Es la cristalización sociológica del "roban, pero hacen".

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Esta asimetría quedó validada en el estudio de Pablo Fernández-Vázquez, Pablo Barberá y Gonzalo Rivero del año 2015. Los expertos, analizando las elecciones municipales españolas del 2011, dividieron los escándalos entre los que merman el bienestar colectivo y los ligados a la especulación, que comportaban claros beneficios económicos a corto plazo para la población local. Los resultados eran claros. Los alcaldes implicados en corrupción sin ningún beneficio comunitario perdieron una media de un 4,2% de votos, mientras que "los que participaron en acciones que proporcionaban rentas a los ciudadanos sobrevivieron completamente ilesos". La investigación evidencia, pues, que "los votantes ignoran la corrupción cuando hay beneficios colaterales" y el castigo solo se recibe "en aquellos casos en que no reciben compensación". Si el alcalde corrupto fomentaba la economía, la recompensa "compensó completamente la represalia que los votantes habrían infligido".