La estrategia fracasada de Alberto Núñez Feijóo
MadridEl PP aprovecha todas las palancas de poder que tiene a su alcance para desgastar al gobierno español. El Senado, que tradicionalmente se ha comportado como una cámara de segunda lectura, se ha convertido en un auténtico contrapoder del Congreso donde la mayoría absoluta popular juega con sus herramientas para situar contra las cuerdas a los ministros del PSOE. Allí está una buena representación de dirigentes del ala dura del PP, con la presencia, por ejemplo, de la mano derecha de Isabel Díaz Ayuso, Alfonso Serrano. Con las autonomías Alberto Núñez Feijóo pretendía hacer lo mismo: aprovechar que gobierna en 11 de las 17 comunidades para reforzar su estrategia a nivel estatal y reclamar a Pedro Sánchez que se marche y convoque elecciones ante la incapacidad de aprobar presupuestos y de tener una mayoría parlamentaria sólida. Por eso, tanto María Guardiola en Extremadura como Jorge Azcón en Aragón avanzaron comicios ante la imposibilidad de aprobar las cuentas con Vox.
El esquema de Feijóo era teóricamente sencillo: encadenar elecciones autonómicas desde Extremadura hasta Andalucía, pasando por Aragón y Castilla y León, para iniciar una especie de tsunami democrático en contra del PSOE y hacer que Pedro Sánchez desistiera de seguir al gobierno español. Situándonos ya en el ecuador de esta estrategia –con las citas de Extremadura y Aragón completadas–, puede decirse que el plan de Feijóo ha fracasado. Sí ha logrado poner de relieve la mala salud del PSOE en el territorio y la falta de apoyo electoral que despiertan ahora mismo los socialistas en las autonomías, pero también ha evidenciado la debilidad del PP ante un Vox cada vez más fuerte.
Tanto Guardiola como Azcón querían quitarse la extrema derecha de encima y visualizar un gobierno del PP en solitario, pero la realidad del resultado lo hace imposible: ambos tendrán que pasar por las condiciones de Santiago Abascal para poder ser investidos de nueve presidentes. Y lo que es peor: no es Feijóo quien domina el tempo de esa negociación, sino Vox –como se está demostrando con el bloqueo que existe Extremadura desde las elecciones de diciembre–, y puede utilizarlo a conveniencia para las elecciones del 15 de marzo en Castilla y León y después en Andalucía. De hecho, a raíz del resultado en las urnas, ya se ha reabierto de nuevo el debate en el PP sobre cuál es la mejor estrategia para contrarrestar a la extrema derecha. Endurecer el discurso -Azcón cerró la campaña con el agitador ultra Vito Quiles- parece que no les está siendo efectivo.
Efecto boomerang
El propio Jorge Azcón admitía este lunes que le ha perjudicado la estatalización de la campaña electoral. Es decir, que el debate aragonés haya emulado a la política madrileña. Seguramente tiene razón y el clima polarizante de Madrid sólo contribuye al desencanto de la política, lo que beneficia directamente a la extrema derecha. Ahora bien, quienes han contribuido a que esto fuera así no han sido sólo Santiago Abascal –que se ha volcado en la campaña como si fuera él el candidato– o la socialista Pilar Alegría, hasta hace poco cara visible del gobierno español, sino sobre todo Feijóo, poniendo al servicio de Génova sus gobiernos autonómicos.
Y, mientras, Pedro Sánchez, lejos de hacer autocrítica por el bajón de su partido, no se moverá de su estrategia de resistir al búnker de la Moncloa e intentará aprovechar el auge de Vox y la confrontación con Donald Trump y los tecnooligarcas para atizar el miedo a la extrema derecha e intentar movilizar al electorado de cara a las elecciones españolas del 2027.