El 'greenwashing' político: aeropuertos verdes y circuitos de carreras sostenibles

Los gobiernos recurren al lenguaje ecológico para presentar sus proyectos

BarcelonaCalentamiento global a partir de los años 70, cambio climático en la década de los 2000, para pasar ahora a crisis climática. Es el mismo concepto descrito de formas diferentes. La comunidad científica argumenta que los cambios terminológicos responden a una intensificación de los efectos en el planeta (cada vez más graves e irreversibles y no solo vinculados a la temperatura). Pero hay otras variables que han ayudado a hacer que estos conceptos hayan hecho fortuna. Entre ellos, la implicación de las administraciones públicas.

Que el gobierno de los Estados Unidos hable de crisis climática ayuda a entender la dimensión del problema –y más teniendo en cuenta el negacionismo del anterior presidente– pero, por ejemplo, también fue la Casa Blanca la que contribuyó decididamente a acabar con el término calentamiento global. “Cambio climático sugiere un reto más controlable y menos emocional mientras que calentamiento global tiene asociadas connotaciones catastróficas”, escribió en 2002 el consultor del Partido Republicano Frank Luntz (se arrepintió ahora hace un par de años).

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Así que la administración Bush pasó a ignorar el calentamiento global para centrarse en un cambio climático del que cuestionaba que el ser humano fuera responsable (el último informe de la ONU desmiente categóricamente esta opinión). Algunos apuntan a que fue personalmente el vicepresidente Dick Cheney quien diseñó la estrategia.

Más rápidos o más lentos, los gobiernos de todo el mundo han ido incorporando la lucha contra el cambio climático a su corpus dogmático. A pocos se les ocurriría hoy defender abiertamente proyectos contaminantes, pero, como pasa con el greenwashing de las empresas (la estrategia para vender como ecológicos productos que no lo son), los discursos políticos también visten de conceptos positivos para el medio ambiente propuestas que, a priori, no lo tendrían que ser.

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Lenguaje polémico

Un ejemplo reciente es el del “aeropuerto más verde de Europa” que pronunció el vicepresidente de la Generalitat, Jordi Puigneró, para defender la ampliación de El Prat. En el pacto de gobierno entre ERC y Junts, también hay una referencia impensable al greenwashing ahora hace unos años, cuando se habla de convertir el Circuit de Catalunya en un espacio de “movilidad sostenible”. Verde y sostenible son, de hecho, dos de las palabras preferidas de los políticos, sea para plantear el crecimiento del turismo –aquí, además, se añade el término de calidad–, la renovación de las licencias de las nucleares –Bruselas está dividida sobre si considerarla una energía verde o no–, los Juegos Olímpicos de Invierno o justificar la inversión pública en una planta de automoción.

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“Yo no diría greenwashing, sino el intento de controlar cómo aparecen estos temas en la agenda. Intentan enfocarlos de una manera agradable, amable y positiva para sus intereses”, explica Toni Aira, profesor de comunicación política de la UPF-BSM. En el tema del aeropuerto, Puigneró explicó que la mejora de los combustibles y de los aviones los harán menos contaminantes de lo que son ahora. Las asociaciones ecologistas, sin embargo, reclaman reducir el tráfico aéreo y el volumen de los aeropuertos.

“Las administraciones se han apuntado al greenwashing que antes hacían las empresas”, opina el activista ecologista Jordi Bigues, uno de los fundadores de Greenpeace en el Estado. Él celebra que la lucha contra la crisis climática sea un tema lo suficientemente relevante como para que los gobiernos tengan que ir con pies de plomo, pero critica el uso “retórico” que hacen algunos. “Todo es muy verde y al final el engaño se convierte en una estrategia de marketing que pretende reventar las auténticas mejoras que se quieren llevar a cabo”, lamenta. La campaña “residuo cero” del Ayuntamiento de Barcelona es un ejemplo reciente de ello, a su parecer.

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Negacionistas del cambio climático cada vez quedan menos, a pesar de que muchos han tardado décadas en caer del burro, escribía ayer en el New York Times el premio Nobel de economía Paul Krugman, que analizaba cómo el largoplacismo del calentamiento global favoreció que los sectores conservadores persistieran en el error, a diferencia de lo que pasará con los que todavía hoy niegan la pandemia del covid-19.