Zapatero, ante un 'match ball'

MadridJunto con las noticias sobre la causa abierta en la Audiencia Nacional, estos días me ha resultado imposible no recordar la estrecha relación que mantuve con José Luis Rodríguez Zapatero hace un cuarto de siglo, cuando decidió presentarse como candidato a la secretaría general del PSOE. Era junio del 2000, y aquel diputado de 40 años casi desconocido no tenía todas las garantías de que ganaría. Indirectamente, recibió la ayuda de Alfonso Guerra, que impulsó la presentación de la exministra Matilde Fernández para dividir el voto y dificultar la victoria de José Bono, expresidente de Castilla-La Mancha. La cuarta candidata era Rosa Díez, que más tarde fundaría otro partido, ya desaparecido: Unión, Progreso y Democracia (UPyD).

Cuando los delegados del XXXV Congreso Federal del PSOE estaban votando me sonó el móvil. Era el padre de Zapatero. Quería saber si ya había comenzado el recuento de votos. Le expliqué que seguro que habría un resultado ajustado, pero que no me atreví a decir quién conseguiría la victoria. La lucha estaba entre Zapatero y Bono. Hubo unos segundos de silencio, y finalmente me hizo otra pregunta. “Pero vosotros, los catalanes, ¿nos dais apoyo, ¿verdad?”. Sonaba tenso, y para rebajar esa sensación le contesté: “Hombre, todos no lo sé; tú ya sabes que yo no voto”. Insistí en que no estaba seguro del resultado, que posiblemente su hijo sí que recibiría un apoyo mayoritario de los delegados del PSC, aunque quizás no unánime.

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Finalmente, Zapatero ganó por una diferencia de nueve votos. Bono le felicitó inmediatamente. Y, más tarde, incluso formó parte del gobierno, una vez el PSOE recuperó el poder, después de los ocho años del ciclo de Aznar. En la etapa posterior al congreso socialista, la pregunta de Zapatero padre cobró todo el sentido. El nuevo líder socialista no siempre estuvo de acuerdo con Pasqual Maragall, a pesar del compromiso –que el PP le reprochó siempre– que adquirió de dar apoyo a la reforma del Estatut que se propusiera desde Cataluña. El otro día, escuchando a Gabriel Rufián en el hemiciclo del Congreso, lo volví a recordar, sobre todo cuando el portavoz de Esquerra atribuyó a Zapatero la salida de la prisión, una vez concedidos los indultos, de “cinco de los nuestros”.

Contra Maragall

La operación del nuevo Estatuto no salió bien, sobre todo por la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010. Pero tampoco había ido muy bien en las Cortes, donde ya se recortó. Sin embargo, Zapatero siempre trabajó por el entendimiento, a pesar de que no quería ir tan rápido como Maragall. En cierta ocasión, este le recordó en un comité federal del PSOE que le debía mucho, al PSC. Zapatero le contestó amablemente, pero aquella misma tarde empezó a llamar a varios dirigentes del partido para pedirles que se prepararan para frenar a Maragall.

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Esto pasaba después de que Bono dudase si incorporarse o no al gobierno. Como yo también tenía buena relación con él, me llamó un buen día para preguntarme cómo se interpretaría su entrada en el ejecutivo. Le preocupaba, precisamente, que Zapatero estuviese dispuesto a ceder demasiado ante las reivindicaciones de Cataluña. Bono, en sus memorias, explica bastante bien aquella conversación. Le respondí que si lo que quería era que no lo considerasen proclive a aquellas hipotéticas concesiones, lo que debía hacer era precisamente entrar en el gobierno para participar en el debate. Y lo hizo: aceptó la cartera de Defensa, y no la de Interior, la primera opción que Zapatero le puso sobre la mesa.

Conociendo las interioridades de aquella etapa, no me extrañó en absoluto que Pedro Sánchez utilizase, años más tarde, la colaboración de Zapatero, para reconectar con el mundo nacionalista catalán, entonces ya reconvertido al independentismo. El actual líder del PSOE era contrario a la amnistía. Este giro de 180 grados suponía una maniobra peligrosa, que debía empezar por el primer paso: el indulto. Es comprensible que los socialistas consideren una catástrofe haber perdido primero a Santos Cerdán para las negociaciones con Puigdemont, y que ahora también se quede por el camino Zapatero. La oposición se burla del supuesto “faro moral” que el expresidente del gobierno representa para el PSOE. Pero su papel principal era el de trabajar por la movilización electoral y hacer de puente con el independentismo. Teniendo en cuenta el rol hipercrítico que Felipe González había adoptado en este terreno, Zapatero se había situado en una estrategia de contrapeso, muy útil para Sánchez.

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Es totalmente lógico –y no solo por esta razón– que el PSOE quiera confiar en el hecho de que Zapatero podrá explicar que no ha sido el jefe de una organización criminal dedicada al tráfico de influencias. El hecho, en todo caso, es que el expresidente del gobierno afrontará un auténtico match point el próximo martes 2 de junio, día en que a partir de las nueve de la mañana comparecerá en la Audiencia Nacional ante el juez que lo ha imputado, José Luis Calama. Su futuro personal inmediato depende de cómo vaya la declaración, de si puede convencer al magistrado de que su conducta no ha tenido nada que ver con el liderazgo de una trama de corrupción. Ciertamente, no lo tiene fácil. El instructor lo acusa de haberse beneficiado de dos millones de euros, con participación de sus dos hijas, por medio del tráfico de influencias, especialmente en relación al rescate de la compañía aérea Plus Ultra, una operación que inicialmente costó 53 millones de euros en forma de préstamo, de los cuales se han recuperado 12 millones.

Habrá que ver qué hace la Fiscalía Anticorrupción, pero es muy probable que entre las diferentes acusaciones populares haya alguna que pida su ingreso en prisión. La otra posibilidad es que alguna de las partes solicite la retirada del pasaporte y comparecencias periódicas en la Audiencia para reducir un hipotético riesgo de fuga. La defensa, obviamente, dedicará la estrategia a conseguir el archivo de la causa, hoy altamente improbable. El juez Calama tendrá que moverse con este margen –muy amplio– de actuación. Con la particularidad de que, para decidir si toma alguna medida cautelar, debe dictar una interlocutoria en la que debe exponer los motivos de su decisión, en este caso con un detalle especial por la obvia relevancia del asunto y teniendo en cuenta el interés con que la opinión pública sigue la evolución de esta causa. La pelota está en el aire, pero parece que el match point que ya está decidido.