Tráfico de drogas

Cada año "tres chicos de cada clase" sucumben a la "fascinación" del narcotráfico

Barbate es uno de los epicentros de las mafias en el sur de España

Barbate / Chiclana de la Frontera (Cádiz)Las olas virulentas golpean el espigón. Es noche cerrada. Una noche lluviosa y fría de invierno. En el Bar del Chechu, en la entrada del puerto de Barbate, jóvenes y veteranos desafían el temporal fumando y apurando la cerveza. La mayoría ya no vive del mar, pero el mar les llama. Un coche de la Guardia Civil pasa lentamente por delante del bar. Miradas de desconfianza de unos y otros. Pocas horas después, al alba, la policía volverá al recinto portuario. Una narcolancha se ha refugiado allí para evitar el zarandeo rabioso del agua. Las gomas de los narcotraficantes buscan refugio en los puertos de la zona mientras esperan su momento.

Jesús es uno de los pocos de entre la clientela del Bar del Chechu que tiene barco propio, una pequeña embarcación deportiva para pescar calamar. Le va mejor que a su compañero de tertulia, Tomás, un pescador a punto de jubilarse que ha sufrido en propia carne la decadencia del sector pesquero local. Ambos han convivido toda la vida con los narcotraficantes que introducen hachís desde Marruecos a través de las playas gaditanas. Barbate es, conjuntamente con la costa de Huelva y con Sanlúcar de Barrameda y Chipiona –ambos también en Cádiz–, el epicentro de la actividad del narcotráfico en el sur de España. Jesús rememora el día que se le acercó una narcolancha en alta mar. "Pensaba que me pegarían un tiro", asegura entre risas. En realidad, le pidieron un cargador de móvil. Demasiadas horas de espera. "Las gomas pueden estar semanas en alta mar esperando", explican.

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Las semirrígidas de los narcotraficantes forman parte del paisaje que María conoce desde 2020, cuando llegó a España desde Brasil. Cuando el mar se enfada, las embarcaciones buscan cobijo cerca del puerto, con la proa mirando al horizonte por si la policía sale a perseguirlas. "Pueden estar tres o cuatro días", señala María mientras pasea a su perro Pietro por el paseo marítimo. No es un fenómeno nuevo. Antonio lleva seis años jubilado después de toda una vida combatiendo el crimen organizado como policía local de Barbate. En la misma playa donde ahora camina sin prisa, aprovechando la tregua que ha ofrecido el temporal, se pasó muchas horas vigilando el movimiento de los narcotraficantes, incluso persiguiendo una descarga de hachís en pleno paseo marítimo. Hace una década no era nada extraño que los narcotraficantes descargaran los fardos sobre la arena llena de bañistas. Se sentían impunes.

En la misma playa desde donde unas horas antes se contemplaba la narcolancha, un grupo de adolescentes juega con un balón de rugby. Son alumnos del IES Torre del Tajo y hacen educación física sobre el inmenso patio que es la playa de Barbate. Iván es su profesor, lleva 26 años dedicándose a la educación y habla sin tapujos sobre el narcotráfico delante de los alumnos. Cada año "dos o tres de cada clase" sucumben a la "fascinación" del narcotráfico. Cuando les interpela, algunos se lo niegan, avergonzados. Otros, en cambio, lo aceptan resignados. "¿Qué quieres que haga?", le confiesan al profesor. Para algunos es lo que han visto siempre. Para otros es la única salida posible.

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"El compañero de clase lleva un iPhone, va en moto y tiene una cadena de oro, y las chicas le van detrás. Cuando ganas dinero fácil y vives al límite, acabas enganchado", relata Paco Mena, la voz más visible de la lucha contra el narcotráfico en el Campo de Gibraltar desde la asociación Alternativas. Carmen y Alicia tienen conocidos de su edad –24 años– que se dedican al negocio: "Son los que tienen motos, han comprado terrenos y casas siendo muy jóvenes. Son los más chulos y algunos lo van explicando sin complejos", dicen. Ambas coinciden con las estadísticas de Iván. En cada promoción "tres o cuatro" chicos caen y abandonan los estudios. "Les llamamos «picapuertas», porque un día u otro la policía llama a su puerta", relatan las dos amigas.

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Todos acaban en la prisión porque una vez "entras en el mundo de la droga, ya tienes cadena perpetua", sentencia Tomás Pacheco, uno de los pocos armadores de Barbate que resisten. Fran ha conocido a muchos. Tiene una empresa de pescado y suministra a la prisión de Puerto III, donde a menudo pasa un rato hablando con los que eran sus vecinos y han acabado entre rejas. "Son pobres chavales, y la mayoría se arrepienten; el problema es que esta juventud no tiene oportunidades", denuncia con indignación, muy molesto con el papel que juegan las administraciones.

De hecho, hace treinta años que pasa. En los años 90 Barbate era un municipio rico que vivía de la pesca. Entonces había más de 200 barcos surcando el mar, mientras que ahora son solo una veintena. Mucha gente se quedó sin trabajo y las mafias –que ya utilizaban algunos barcos para introducir el hachís desde Marruecos– lo aprovecharon ofreciendo "dinero fácil" a los marineros, porque conocían muy bien las dificultades de aquellas familias, ya que muchas eran vecinas suyas. "La gente no tenía estudios, ¿qué les era más fácil? El narcotráfico", argumenta Pacheco, para quien Barbate se ha convertido en un municipio "abandonado".

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El paro estructural de finales de los 90 y la falta de recursos de la administración pública para combatir el tráfico de drogas abonaron el terreno para que las mafias se hicieran fuertes. "La dejadez hacía que la policía no estuviera ni equipada, no cobraban ni las nóminas", denuncia el alcalde, Miguel Molina. Pacheco va más allá. No hay voluntad política por lo que representa este negocio para muchas familias: "No se erradica porque las autoridades no lo quieren, es una economía sumergida muy importante". Y es que mucha gente vive directa o indirectamente de la droga. "Las organizaciones son de aquí, es su zona de confort. En muchos pueblos o barrios tienen el apoyo de la gente, porque son los benefactores del barrio", argumenta Mena. Uno de los ejemplos históricos fue Antón Vázquez, el gran narcotraficante de Barbate durante los años 90, de quien la leyenda narra que se paseaba por el municipio acompañado de una cría de león. "Gracias a mí la gente no pasa hambre", decía Vázquez, desaparecido hace años y a quien la policía sitúa en Marruecos.

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Entonces la droga era cosa de españoles. Las organizaciones locales iban a Marruecos a buscar el hachís y lo transportaban hasta la Península. Hasta que los productores entendieron que les era más rentable completar ellos mismos el circuito. De esta manera, las organizaciones marroquíes instaladas a ambas orillas del estrecho de Gibraltar cobran por kilogramo pasado y se quedan con el "valor añadido" que implica llevar la droga a la costa gaditana. Es mucho más dinero. Cientos de miles de euros.

El estigma

La presión policial en el Campo de Gibraltar provocó que el narcotráfico orientara su actividad hacia la costa oeste gaditana y Huelva. El 9 de febrero de 2024 el foco se situó sobre Barbate después de que una narcolancha embistiera una embarcación de la Guardia Civil y matara a dos agentes. Esto hizo crecer el estigma que el municipio arrastra desde hace años. Las historias no se acaban. Niños que con 14 años recogían los fardos de hachís con quads en la playa, o los pescadores que recogían paquetes flotando en alta mar pensando que nadie se enteraría y los narcotraficantes acabaron llamando a la puerta de su casa. La vigilante portuaria que alertó sobre la presencia de la narcolancha a primera hora del alba lo confiesa: "A mis hijos no los llevaría a vivir a Barbate porque no sabrían qué hacer y podrían acabar en este mundo". Los habitantes de Barbate, que esperan que en el futuro el turismo reviva el pueblo, conviven con esta lacra: la sombra de la droga siempre planea sobre el municipio. Aun así, reivindican su tierra con orgullo y también a su gente. Iván se niega a claudicar. "Aquí también tenemos ingenieros, gente incluso trabajando en la NASA", pregona el docente.

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A principios de 2007, la policía hizo un operativo importante contra el narcotráfico que operaba en Barbate. Se detuvo a una cincuentena de personas y el caso lo asumió el juzgado mixto de Barbate, el único que hay, que lleva tanto temas penales como civiles. Dieciséis años más tarde, el caso se archivaba por prescripción. La maquinaria judicial se había colapsado, incapaz de dar respuesta a la magnitud de la causa. Los abogados de los narcotraficantes, de manera organizada, bombardean los juzgados con recursos y escritos para enterrar a los jueces en papeleo y ralentizar el proceso. Esto ha convertido Barbate en un destino poco agradable para los magistrados. Nadie quiere trabajar allí.

Además, tal como explica Mena, los criminales han conseguido que los eslabones más bajos de la estructura asuman las penas cuando los atrapan. "Cuando los cogen con 5.000 kg, dicen: «Es mío». Saben que si lo hacen, la organización los protegerá: tanto a la familia, que no les faltará nada, como a ellos, que tendrán las mejores defensas. Y cuando salgan de la cárcel con el tercer grado, tendrán una oferta de trabajo", relata Mena, que plantea otro elemento importante en la lucha contra el crimen organizado: las bajas condenas que fija la legislación española. "A Gibraltar no entra ni una embarcación con droga, porque las penas son altísimas. En España son laxas. Si una persona gana 35.000 euros trabajando y un narcotraficante le dice «Yo en una noche me llevo 180.000 euros, y si me encierran en la cárcel, este dinero seguirá siendo mío», el hombre se puede preguntar si vale la pena probarlo", argumenta el presidente de Alternativas.

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Una escena común

Lo que pasa en Barbate y sus 25 kilómetros de costa se repite en muchos puntos de la geografía sur de España. En el poblado de Sancti Petri, en Chiclana, Andrés y Francisco observan una narcolancha atrapada en la playa. Está abandonada. Como tantas otras que acaban arrastradas por el furioso oleaje hasta la costa. Hace semanas que está varada en la arena. "Cuando la cosa se complica, renuncian a la narcolancha", relatan ambos, inmunes ante las fuertes rachas de viento que castigan la zona. Viven junto al mar y el narcotráfico está presente en su día a día. Cuando salen a la mar para pescar, se cruzan con las semirrígidas que esperan pacientes el momento de acercarse a la costa para descargar la mercancía. También se han encontrado fardos de hachís en la playa. "Mejor ni acercarse", advierte Andrés. "Esos de allí son petaqueros", dicen con discreción mientras señalan a un grupo de jóvenes. Los petaqueros son los que suministran gasolina a las narcolanchas. La droga ha destrozado a muchos de sus amigos. Algunos están en la cárcel, otros han muerto. "Un amigo ganó mucho dinero dedicándose al narcotráfico, pero se lo gastaba todo en drogas y prostitutas, y murió", relatan con naturalidad. La vida en Chiclana y Barbate, en Sanlúcar y Chipiona, no se entiende sin el ruído de fondo de las narcolanchas y el dinero tentador del narcotráfico.