Educación

Un día en la escuela inclusiva: "Abandono al más espabilado y me olvido del que no habla"

L'ARA relata una jornada en una escuela pública donde faltan recursos para cumplir el decreto de inclusión

04/10/2026 - 16:33 h.

Barcelona"Antes de nada que quede claro: nosotros estamos a favor de la escuela inclusiva, pero en estas condiciones es imposible". Lo explica Martina, tutora de 2º de primaria de una escuela pública de la provincia de Barcelona. Han accedido a dejar que el ARA pase un día con ellos para comprobar cómo funciona la escuela inclusiva desde dentro. Sin filtros. Piden, sin embargo, el anonimato. Por eso todos los nombres de este reportaje son ficticios.

Pasan pocos minutos de las ocho y media de la mañana y la clase de Martina está tranquila. Tiene 20 alumnos de entre siete y ocho años. Entre esta veintena de niños está Hafsa, una niña con síndrome de Down y con problemas auditivos graves. A priori, ella debería estar atendida en el SIEI –el Soporte Intensivo para la Escolarización Inclusiva–, un recurso que ofrecen algunos centros a los alumnos con necesidades especiales. Pero, como está colapsada porque la escuela tiene catorce alumnos con trastorno del espectro autista (TEA) profundo, Hafsa va al aula ordinaria. "Es duro decirlo, pero como es silenciosa y tranquila, ella es la que sí que viene a clase", explica Martina.

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Además, en este grupo también están Joe y Marc, que tienen rasgos autistas. Y Jun, que tiene un trastorno del lenguaje y un 49% de discapacidad. "Casi no habla y además no me entiende, pero no se considera que necesite ningún apoyo extra", explica Martina mientras acaricia la cabeza del niño con delicadeza. En 2º de primaria también están Rafa y Kerem. Ellos sí que van al SIEI, dentro de la misma escuela, pero con una cuidadora que está con ellos. "Tenemos suerte de que hay un equipo directivo muy cañero que ha luchado mucho para que tengamos más recursos. Pero seguimos desbordados", describe la maestra.

Es miércoles y hoy toca hacer rincones de catalán. Se reparten en grupos de cinco: comprensión lectora, vocabulario, ortografía... Hoy todos los rincones tienen a una profesional porque, como Hafsa no ha venido, su cuidadora, Laia, echa una mano en el aula coordinando uno de los rincones. También viene Marta, profesional de educación especial. Otros días son solo dos maestras o, directamente Martina sola, que va rotando. "Por favor, necesito que activéis el botón del catalán, si no, no os entiendo", advierte Martina antes de empezar. De hecho, el "por favor, en catalán" se repetirá decenas de veces a lo largo de la mañana, ya que para la mayoría de alumnos no es su primera lengua y tienen tendencia a cambiar al castellano constantemente.

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En el rincón de ortografía les dan un par de imágenes y tienen que escribir una frase corta. A Jun le ha tocado un tiburón y hace cinco minutos que se lo mira. A su lado, Mei-Ling y Maeve van escribiendo frases en la pizarrita que tienen cada una y se las enseñan. Llaman la atención de Martina, pero Marc ha pegado a Jai y ella tiene que intervenir. Una vez puesta paz se centra en Jun. "Tiburón empieza con T de tren –insiste–, coge bien el boli, T, T, T," repite, intentando que Jun relacione el sonido con la letra. Mei-Ling le enseña que lleva tres frases. "Está perfecto, muy bien, pero piensa que aquí no va una mayúscula", le dice Martina y le choca la mano.

Jun juega con la silla inclinándose sobre dos patas. Marc tiene una imagen de un gato. "Empieza con la G de rana, tienes que hacer como si hicieras una A y después bajas hacia abajo", le dice la maestra. Jun continúa sin haber escrito nada. Mei-Ling va por la séptima oración, pero se encalla con las "ch" de mochila. Hace un rato que levanta el dedo para llamar la atención de Martina con timidez, pero ella tiene que estar por Marc y Jun, que todavía no han escrito ni una sola frase. Maeve también estira la camiseta a la docente para pedirle atención mientras levanta la pizarrita contenta llena de frases. "T, T, T", continúa probándolo la maestra con Jun. Llega la hora del patio y toca recoger.

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"La frustración es constante"

Durante la hora del patio, Martina pide a una compañera que la cubra. Mientras se come el bocadillo explica cómo es el día a día. Es la primera vez en tres horas que se sienta. "Yo creo en la escuela pública, pero lo hacemos todo con precariedad crónica... Esto no es inclusión. No tienen conciencia de lo que vivimos en las aulas", lamenta. Y advierte: "No somos solo nosotros, los alumnos también sufren. La frustración es constante. Siento que abandono al más espabilado y me olvido del que no habla... Solo salvas los días".

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Esta maestra explica que muchos días llega a casa y piensa en todo lo que no ha llegado a hacer. "Recuerdas: ostras, aquel estaba sentado sin hacer nada y me he olvidado, el otro se ha dado un golpe y ni me he enterado", describe la docente. Asegura que no se ha cogido la baja por responsabilidad. "Pero en cuanto a la sobrecarga emocional, estamos jodidos", insiste. "Este curso tenemos que acabar multiplicando y haciendo restas un poco más complejas... Y no sé si llegaremos", admite.

No hay tiempo para más. Se acaba el patio y todos vuelven. Toca plástica, una de las pocas asignaturas en las que también intentan que participen los alumnos con necesidades especiales que normalmente están en el SIEI. Llega Rafa, que tiene TEA profundo, y Laia, la cuidadora, hoy puede estar al 100% por él porque Hafsa –la niña con síndrome de Down y con problemas auditivos graves– no ha venido. Rafa no habla. Solo hace algunos sonidos y las docentes se comunican con él a través de pictogramas. Lo único que puede tener en el aula para estar tranquilo son dos coches de juguete. Cuando la maestra se acerca para saludarlo se pone nervioso porque piensa que le quitará el almuerzo. "No te lo quito, no sufras", intenta hacerle entender ella. Celebran con la cuidadora que hace poco han conseguido que Kerem, que también tiene un TEA profundo, avise cuando tiene que ir al lavabo.

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Interrupciones constantes

Martina comienza a explicar la actividad que harán: como llega el otoño, pintarán unas hojas de colores y encima pegarán una fotografía de las piernas de cada uno, después de recortarlas. "Lo haremos con acuarela", intenta explicar Martina. Pero Kerem ha pegado a un compañero y Maeve llora porque se ha discutido en el patio. Rafa se pone nervioso porque hay mucho ruido, se levanta y sale corriendo del aula. La cuidadora le persigue. Martina lleva diez minutos intentando explicar la actividad, pero finalmente se ponen a ello y parece que funciona. "Es un poco difícil recortar esto para niños de 2º, pero se están apañando", comenta con otra de las maestras.

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En la clase de al lado, que también es de 2º de primaria, hacen el mismo taller, pero se oye mucho alboroto. Hay tres mesas tranquilas, pero en la cuarta está Manel, que normalmente está en el SIEI. Él ha cogido las hojas de una de sus compañeras y las ha arrugado. Su cuidador interviene para quitárselas e intentar explicarle que no lo ha hecho bien, pero Manel se pone nervioso y acaba tirando el agua de las acuarelas sobre el trabajo de Daisy, que se lo mira sin decir nada. El cuidador saca a Manel fuera de la clase, lo limpia todo y se ponen de nuevo a ello. Daisy sigue pintando, pero al cabo de muy pocos minutos Manel vuelve a tirar el agua y deja empapadas las hojas que ha pintado ella. Se repite la secuencia: sacar a Manel del aula, calmarlo, secar las hojas y la mesa y volver a empezar. Aún vuelve a pasar una tercera vez. A pesar de esto, Daisy no se cambia de mesa y esta vez es ella misma la que se levanta a buscar papel de cocina para secarlo todo.

"Es verdad que esta situación está sacando cosas buenas, como que todos los alumnos aprenden a aceptarse y a ser respetuosos con todo el mundo. También a ser responsables y a cuidarse. Siempre están atentos y nos ayudan si ven que alguno de los compañeros no está o si tienen que ayudarle a bajar al comedor", explica Martina. "Por eso te decía al principio que yo creo en la escuela inclusiva, pero necesitamos hacerlo bien y, por eso, nos hacen falta unos recursos que no están llegando", lamenta al terminar. Han sido quince minutos de auténtica odisea para recogerlo todo.