Medio Ambiente

Gobernar el bosque: el reto de un modelo forestal privado falto de recursos

En Cataluña hay 237.000 propietarios forestales, pero la mayoría de bosques no se explotan porque la actividad no es rentable

11/07/2026

BarcelonaMás de la mitad de Cataluña es bosque. Son zonas forestales que durante el último siglo han crecido allí donde antes había campos, cultivos y actividad agraria que, con el tiempo, se ha abandonado. Y la naturaleza ha recuperado el terreno. Se trata de bosques jóvenes y densos que han ocupado el espacio dejado por el éxodo rural y el abandono agrario, que durante el último siglo han empujado a la población de los pueblos hacia las ciudades.

Cataluña tiene ahora el doble de superficie forestal que en los años 50. En los últimos 70 años, el bosque ha pasado del 35% del territorio al 64% actual, según los últimos datos del Plan General de Política Forestal. Tenemos más bosque que nunca –que ha crecido bastante descontroladamente– y también un clima más extremo, con olas de incendios como la de la semana pasada, que a menudo superan la capacidad de extinción de los Bomberos de la Generalitat, uno de los cuerpos mejor preparados del mundo, según los expertos.

Pero Cataluña también dispone de más conocimiento científico y tecnológico que nunca. Esta es una de las grandes paradojas: si sabemos qué hay que hacer y tenemos los mejores equipos, ¿por qué cuesta tanto aplicarlo? ARA ha reunido a expertos del sector para entender cómo es el bosque, a quién pertenece, cómo se debe trabajar y qué barreras impiden gestionarlo mejor.

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Gestionar una superficie forestal quiere decir intervenir en ella: hacer claros, talas selectivas –incluso árbol a árbol–, desbroces y podas; introducir otras especies; recuperar la ganadería extensiva para que limpie la maleza, o crear ejes y franjas de protección alrededor de las urbanizaciones para que los Bomberos puedan trabajar en las extinciones. Estas son algunas de las actuaciones que hacen que los bosques sean más resilientes al fuego. Hay planes gubernamentales, centros de investigación y mucha ciencia y tecnología disponibles. Aun así, poco más del 30% de los bosques –públicos y privados– están gestionados, es decir, tienen un plan técnico y una hoja de ruta que se aplica regularmente.

El motivo? El centro de investigación público CREAF apunta tres causas principales, más allá de décadas de abandono: la falta de estímulos económicos, las trabas administrativas y la poca aceptación social. Es una tesis compartida por el Centre de Ciència i Tecnologia Forestal de Catalunya (CTFC) y por el conjunto del sector. "El punto de gravedad de la sociedad, de la economía, no está en el territorio, está en las ciudades", sentencia Antoni Trasobares, director del CTFC y ex director general de Medi Natural de la Generalitat (2013-2016). "Cuando empezaron a llegar soluciones basadas en el petróleo se dejó de hacer carbón, de madera... Y la vegetación no se detiene: ha cogido terreno, y ahora tenemos un mapa de paisajes con una continuidad de combustibles que, cuando llegan dos o tres semanas a 35 grados, como las de ahora, generan la tormenta perfecta", continúa Trasobares, que admite que el cambio climático nos ha “atropellado”.

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El experto forestal y socio de Bosquerols Marc Garfella coincide. "En los años cincuenta teníamos campos, pastos y dehesas, una estructura que, para prevenir incendios, era maravillosa", apunta. Ahora, dice, tenemos bosques "jóvenes y densos", extremadamente sensibles a la sequía, las plagas y los incendios. Alerta de que hemos pasado de un paisaje fragmentado, que paraba el fuego, a un paisaje forestal continuo que actúa como un gran depósito de combustible.

Un bosque dividido y que "no compensa"

¿Y de quién son estos bosques? El 76% son de propiedad privada y el 24% son de propiedad pública. De los poco más de 2 millones de hectáreas de masa forestal de Cataluña, 1,5 millones están en manos de particulares. Predominan pinares de pino blanco, pino rojo y pinaza, pero también encinares, robledales, alcornocales, castañares y bosques mixtos, según el Observatorio Forestal.

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El presidente del Consorci Forestal de Catalunya –que agrupa 1.500 propietarios de bosques–, Rosendo Castelló, aporta más datos sobre esta fragmentación. "Se habla mucho de fincas atomizadas, y eso tampoco es del todo verdad", matiza. "En Catalunya hay 237.000 propietarios forestales. Pues bien, el 10%, es decir, unos 23.000, tienen el 90% de la superficie forestal", detalla. "Supongamos que, de estos, hay 7.000, 8.000 o 10.000 que son realmente activos, silvicultores implicados y motivados. Ya no son tantos, ¿no? ¿Y por qué los tenemos tan abandonados?", lamenta.

Castelló defiende que la imagen del "gran terrateniente" está muy alejada de la realidad. "Una gran finca de estas vale menos que un piso en el Eixample de Barcelona. Antes sí que vivían bien, porque se explotaba mucho la madera, el corcho, el carbón... Pero ahora estas fincas no valen nada; valen lo que vale la casa que hay dentro, si la hay", añade. El portavoz de los propietarios pone cifras. Asegura que una hectárea de bosque cuesta 1.200 euros, mientras que gestionarla cuesta entre 1.500 y 2.500: "La tierra ya no lo vale", resume. El CREAF también concluye que faltan estímulos económicos, porque el coste de las actuaciones preventivas a menudo supera el valor del producto que se extrae o incluso el de la misma tierra.

Hay ayudas europeas, inversión pública –la Generalitat quiere destinar 75 millones a la gestión forestal en cinco años– y algunos incentivos. Pero el sector reclama más: beneficios fiscales, reducciones del IVA, créditos fiscales para los silvicultores que contribuyen a reducir emisiones y generar más agua o biodiversidad, seguros forestales, más valor para los productos forestales, fomento de la madera local y sellos de calidad.

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Se trata de medidas que no solo reclaman los propietarios, sino que también generan consenso en el sector. "Tenemos que abocar dinero, porque no tenemos un bosque del cual se pueda sacar un rendimiento", resume Helena Ballart, responsable del área de paisajes y sociedades resilientes de la Fundació Pau Costa, entidad dedicada a la gestión del riesgo de incendios forestales. "Aquí no tenemos bosques como los del norte de Europa, que son mucho más productivos, y esto es un hándicap total", valora.

El estudio del CREAF también identifica la burocracia como otra gran barrera. Las trabas administrativas son el segundo gran obstáculo, y la percepción de bloqueo en Cataluña es superior a la media de las regiones europeas analizadas. "Necesitamos una ventanilla única, porque ahora mismo los departamentos están muy divididos y no resuelven; se pasan la pelota", dice Garfella, que batalla a diario con la burocracia. "Nos hemos encontrado casos tan contradictorios como que un ayuntamiento diga que solo emitirá una licencia favorable a la gestión si tiene un informe del parque natural y que el parque natural diga que solo emitirá su informe si tiene la licencia del ayuntamiento", continúa. Castelló también denuncia la hiperregulación. "No podemos limpiar ni talar un árbol si no tenemos un permiso. No hay ninguna actividad económica, ni la metalúrgica, ni el sector agroalimentario, ni la construcción, que esté tan vigilada como el tema forestal", señala.

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El debate abre otra pregunta: ¿quién debe ser el responsable de mantener los paisajes forestales? Hace unos meses el Parlament retiró a los propietarios la obligación de gestionar los bosques. "Yo pienso que la responsabilidad debe ser conjunta. Hay unas obligaciones mínimas [para los propietarios], pero al mismo tiempo se debe ayudar realmente y se debe retribuir a los agricultores, los propietarios forestales y la gente que está ayudando a tener este mosaico, porque esto no es solo para ellos, es para todos", valora Trasobares.

Incomprensión social

Otro aspecto que preocupa al sector es la incomprensión social. Los profesionales forestales aseguran que hay "una parte de la población" que aún es reticente a las talas. Una hostilidad que el estudio del CREAF también identifica como un escollo para gestionar el territorio. "Nos ha pasado de estar trabajando cerca de zonas urbanas y que nos hayan tildado de arboricidas, es decir, de homicidas de árboles –explica Garfella–. O de estar trabajando y que gente de la gran ciudad nos haya pinchado las ruedas de los vehículos. Esto pasa: son una minoría, pero hacen mucho ruido". El experto forestal mantiene que, después de estas actuaciones, la biodiversidad mejora. Castelló también recuerda el caso de una vecina que le recriminó que talase unos árboles porque "le quitaba la sombra". "Eran unos árboles que había plantado mi propio abuelo, hacía 60 años, pero había entrado una plaga y había que talarlos", argumenta.

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Los expertos subrayan que las clareadas y las talas selectivas continúan siendo necesarias, pero recuerdan que también hay que introducir otras especies, recuperar la ganadería extensiva para limpiar el sotobosque y retirar correctamente el material extraído. Esta gestión, aseguran, también contribuye a mantener un paisaje más bien valorado por los visitantes de la montaña.

Pero mantenerlo todo "es imposible", por eso hay que centrar los esfuerzos. Ballart, de la Fundació Pau Costa, pone el énfasis en los "ejes de confinamiento", es decir, las zonas situadas entre el bosque y los campos y las urbanizaciones, que evitan que un gran incendio "salte" de un macizo a otro. "Se trata de invertir el dinero de la manera más eficiente, y es muy importante invertir pensando que el mosaico agroforestal no propague el fuego", explica. Desde el Centre de Ciència i Tecnologia Forestal, Trasobares también cree que "no hace falta gestionar el 100%", pero considera que "habría que llegar al 60% o 70% de la superficie forestal" para garantizar que las zonas más sensibles queden protegidas.

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El fuego como aliado

En este sentido, también cobra fuerza una visión más naturalista: la llamada ecología del fuego. El investigador del CSIC-CREAF Lluís Brotons propone valorar las llamas como cómplices. Es un cambio de paradigma en nuestra relación con el fuego, dice. Brotons plantea que la sociedad debe aprender a "convivir con el fuego" –un elemento natural de los paisajes mediterráneos, recuerda– igual que convive con otros procesos naturales, como las precipitaciones.

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Así, Brotons propone que, en lugar de intentar eliminarlo, hay que aprender a dirigir el fuego para sacar "la parte positiva". "Sabemos que si un bosque que no es muy maduro se quema, durante muchos años esa zona tiene menos riesgo de incendio, tiene más riqueza en biodiversidad y genera un mosaico", dice el investigador, que sostiene que el fuego es otra manera de gestionar el territorio y que querer esquivarlo es eliminar una parte central de su funcionamiento.

Con todo, el sector concluye que gobernar el bosque es un juego de equilibrios que se juega a dos velocidades: una naturaleza que crece lentamente y un cambio climático que acelera muchos procesos. En este escenario, la intervención humana exige sumar esfuerzos, eliminar trabas y repensar –como pasa en muchos otros sectores– qué modelo productivo tenemos y hacia dónde nos lleva.