CRÓNICA

"Hemos salido vivos del infierno"

El relato en primera persona de Ignasi Aragay sobre cómo él y su familia sobrevivieron al brutal temporal de Roses en barco

RosesCuando ya estábamos salvados, exhaustos, todavía temblorosos, el capitán del barco de Salvamento Marítimo nos confirmó la bestialidad de lo que habíamos vivido: "En la bahía de Roses nunca habíamos visto un temporal así". El viento llegó a 75 nudos (unos 140 km/h). Fueron 25 minutos infernales de olas, granizo y oscuridad. No veíamos nada, no sabíamos donde estábamos, mandaban las olas enloquecidas. Como los versos de Ausiàs March que canta Raimon: "Bullirà el mar com la cassola en forn" ('Hervirá el mar como la cazuela en el horno'). 

Todo pasó de golpe. Era un día de tramontana floja. En Roses, si te lo conoces, la tramontana no es problema para salir a navegar, te viene de nuca. Tienes que ir muy agarrado a la costa. Así lo hicimos, como tantas otras veces. El día se despertó encapotado, pero ya sabíamos que en las calas, entre la punta Falconera y el cabo Norfeu, acabaría saliendo el sol, como así fue. Nos amarramos en un rincón que conocemos bien, del todo a cobijo. Tuvimos un baño precioso y relajante.

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Este verano estábamos muy tranquilos: tenemos motor nuevo, un Solé Diesel de 50 caballos. La barca, la Perla, una mallorquina de ocho metros con palo, ha estado fuera del agua todo el invierno y la hemos renovado de arriba abajo. El verano anterior habíamos tenido unos cuantos incidentes y no queríamos sufrir más. 

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A bordo éramos cinco: Mariona, que tiene el título de patrón; Benet, que también lo tiene; sus amigos Martí y Joan, y yo. Mariona hace 50 años que navega por estos mares y se conoce todos los vientos y los rincones. Yo hace 30 y Benet, 26, desde que era un bebé. Algunas veces hemos pasado trances, sobre todo por los ábregos fuertes de gran oleaje.

Pasadas las 18.00 horas, cuando el cielo se cubrió de nuevo de nubarrones, decidimos volver. Seguía haciendo una tramontana moderada. "Si san Pere [de Rodes] no lleva capucha, aquí no llueve", iba diciendo Mariona. El viento del norte impide que lleguen los temporales de poniente que vienen de la Garrotxa. En Figueres y Castelló d'Empúries debía de estar lloviendo. Pasado el puerto de Roses, cuando ya estábamos a pocos minutos de la bocana de los canales de Santa Margarida, donde tenemos el amarre, pasó una cosa inédita: la tramontana paró en seco y empezaron a caer cuatro gotas. Asumimos que llegaríamos a puerto empapados de agua dulce. Pero en un abrir y cerrar de ojos aquello se había convertido en un diluvio, primero de agua y después de piedra. Sin tener tiempo de reaccionar, estábamos en medio de un temporal infernal de olas, viento y oscuridad. La barca se había vuelto ingobernable.

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Me agarré a la caña del timón, navegando proa viento, intentando mantener la estabilidad. No pensaba en nada, solo en seguir, resistir, mantener la calma. "Lo estamos haciendo bien", iba diciendo, a pesar de que por dentro pensaba que quizás había llegado nuestra hora. Pero como dice La cançó del soldadet de Manel, "arrapeu-vos a la vida amb les ungles i amb les dents" ('aferraos a la vida con uñas y dientes'). Tuvimos un par de zarandeos de aquellos que crees que tumbarán el bote. A la tercera nos quedamos atravesados y Benet, que un momento antes había avisado por el móvil de nuestra desesperada situación, tuvo la intuición de aprovechar el instante para tratar de ponernos de popa al oleaje. Así lo hice con un golpe de timón. Ahora, a pesar de que no veíamos nada, debíamos de navegar en dirección a Roses, a la playa o al puerto, no lo sabíamos. El mar seguía embravecido, desatado. A pesar de ir de popa, hacía con nosotros lo que quería. Nos pusimos como pudimos los chalecos salvavidas. Si aquello duraba muy más, acabaríamos todos en el agua.

Entonces, de la nada, apareció una gran Zodiac que se nos echaba encima. No estuvimos a tiempo, ni ellos ni nosotros, de evitar el choque casi frontal. Espero que a ellos no les pasara nada grave. Nosotros seguimos nuestro rumbo incierto. ¿Qué más podía pasar? Instantes después un pequeño barco de pesca, también descontrolado, nos pasó muy cerca. A continuación vimos una pequeña luz de un faro, debía de ser el del puerto de Roses. En aquellas condiciones era temerario intentar entrar. Mi pánico era ir a parar al rompeolas o contra las rocas. Si hubiéramos estado más mar adentro, habría sido igual de terrible, pero menos peligroso.

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La playa de los Palangrers

Pasado el faro de la bocana, identificamos donde estábamos: debíamos de estar delante de la playa de los Palangrers, popularmente conocida en Roses como del Pipí. Decidimos intentar embarrancar en la arena, a pesar de que en diferentes puntos de esta pequeña playita hay bajos de rocas. La prioridad eran nuestras vidas, no el barco. En menos de dos minutos, en efecto, el mar nos había arrastrado a la playa: apagamos apresuradamente el motor, los chicos saltaron primero, después Mariona y yo el último. La barca quedó medio equilibrada en la arena, de lado. El temporal llegaba a su fin. Temblorosos, empapados, agotados, nos abrazamos. "¡Hemos salido vivos del infierno!" Benet, que cuando nos pilló la granizada todavía iba sin camiseta, tenía todo el cuerpo marcado de impactos.

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Todavía bajo la lluvia, vimos a un niño vestido de negro, plantado en la arena, que nos miraba fijamente. No se movía. Nosotros intentábamos fijar más la barca para que no marchara. El chico era allí, inmóvil, serio. Pensé si era un ángel que nos había guiado o si, al contrario, era la Muerte que nos había perdonado. Cuando al cabo de un rato me volví a girar, había desaparecido. Entonces, de la garita del vigilante de la playa salieron unos jóvenes que nos acogieron con mantas y calor. También bajaron de los apartamentos un par de hombres a ayudar. Los de Salvamento Marítimo por teléfono nos preguntaron si había alguna pérdida de vida humana: "No, somos cinco y todos sanos y salvos". Y nos anunciaron que todavía tardarían en venir porque había casos más urgentes y graves. 

Mariona hoy llevará una vela a la Virgen de Carmen. Los chicos supongo que celebrarán la vida como toca y yo solo he sabido escribir estas líneas para exorcizar el miedo que todavía llevo dentro.