Un hotel cerrado con fantasmas felices
El mítico Belvédère de Cervera de la Marenda, con una arquitectura que simula un transatlántico y con una historia cargada de glamour, lucha por evitar el naufragio
Cervera de la MarendaSiguiendo la carretera de la Costa Bermeja que serpentea junto al mar entre Portbou y Cerbère, sorprende, al llegar a esta villa, la más meridional del estado francés, la silueta de un enorme barco de cemento anclado en el acantilado, sobre una cornisa triangular encajada entre la vía del ferrocarril y la fachada marítima.
En el ángulo del edificio que simula la proa del transatlántico, unas grandes letras indican que se trata de un hotel. No es un hotel cualquiera. Es el mítico hotel Belvédère du Rayon Vert, uno de los primeros edificios del mundo construidos con cemento armado, considerado un preciado ejemplo de art déco, y con una historia cargada de glamur, lujo y celebraciones con grandes estrellas de cine internacionales. Hoy, sin embargo, vislumbra un futuro incierto después de que este agosto el Ayuntamiento de Cerbère y la Prefectura de los Pirineos Orientales obligaran a los actuales propietarios del establecimiento, Jean-Charles Sin, de 79 años, y Paquita Verdaguer Sin, de 67 años, a clausurar los 9 apartamentos que acoge actualmente el Belvédère, frecuentados sobre todo por clientes que buscan reposo en un lugar de impresionantes puestas de sol en el horizonte marítimo y un paisaje único, con calas de ensueño y acantilados que se elevan repentinamente desde el mar hasta los 1000 metros de altitud.
El rayo que abre el corazón
Esta situación privilegiada del hotel explica el añadido “du Rayon Vert” (rayo verde) que aparece en el rótulo del Belvédère. Hace alusión al raro fenómeno óptico que puede aparecer durante unos instantes cuando el último rayo de sol desaparece por el horizonte del mar y que inspiró a Jules Verne para la novela Le Rayon vert (1882), en la que una joven escocesa emprende un viaje para contemplarlo, convencida de que quien consigue verlo es capaz de descubrir los sentimientos más profundos del corazón. La novela contribuyó a popularizar este fenómeno, que también da nombre a una película de Éric Rohmer. Los viajes para contemplar el rayo lo hicieron muy popular, hasta el punto de que "Le Rayon Vert" se convirtió en un nombre recurrente de hoteles y establecimientos de la costa francesa.
Una campaña para salvarlo
La clausura forzada ha dejado perplejos a Jean-Charles Sin y Paquita Verdaguer, quienes a su avanzada edad y sin herederos dispuestos a tomarles el relevo, se ven incapaces de afrontar los costes de las obras que les exige el Ayuntamiento para reabrir el Belvédère a fin de que el edificio cumpla la normativa antiincendios. En 2011 ya hicieron reformas y, posteriormente, actuaciones diversas para adaptar el histórico edificio a las normativas actuales, pero esto no ha sido suficiente para evitar la orden municipal de clausura.
Ven una rendija de esperanza para evitar el naufragio del Belvédère en la campaña que se ha impulsado desde la vecina localidad de Portbou, que recoge firmas en la plataforma Change.org en favor de la reapertura. La campaña se ha titulado “Para que no muera el Belvédère, el hotel emblemático de Cervera” y pide que la administración dé “un trato de excepción adaptado a las características de este edificio que lo hacen diferente y digno de ser admirado y estudiado”. Los defensores del hotel afirman: “Somos de la opinión de que un pueblo no puede prescindir de los lugares que lo definen, en este caso un edificio de los años treinta levantado por encima de las vías del tren y que a la vez es también el espacio donde se hacen actos culturales todo el año”. Y añaden: “Si no nos ponemos pronto, los pueblos perderán el patrimonio que los hace singulares y dan vida al paisaje”.
Un paseo por el establecimiento guiado por su propietaria abre la imaginación a los visitantes. El tiempo parece que se detiene, o que incluso retrocede al glamur y bullicio de las fiestas, al restaurante de cocina selecta, a la escalinata señorial de mármol, a la sorprendente sala de cine, al balcón sobre el mar que simula la cubierta de un barco y que a cada puesta de sol ofrece la remota posibilidad de un rayo verde. Las fotografías y los carteles que cuelgan en salones y pasillos rememoran el paso por el Belvédère de artistas de cine como Orson Welles, Gérard Depardieu, Brigitte Bardot, Fernandel, Maurice Chevalier, Jeane Bourgeois o Carmen Amaya, entre otros. También se recuerda que en este hotel se han rodado diversas películas, como L'étalon, de Jean-Pierre Mocky, el año 1969.
No es como el hotel de El resplandor
"El 30 de julio recibimos la carta donde se nos ordenaba el cierre. Es terrible. Ha sido un golpe muy duro para nosotros. Mi marido ya había pedido permisos de obras y había dado incluso una paga y señal para empezar a hacer las actuaciones exigidas, pero, aun así, nos han hecho cerrar", lamenta Paquita. Ya con las puertas cerradas como hotel, el Belvédère recibe esporádicamente visitas de personas interesadas en descubrir la singular decoración y la historia que se esconde dentro de este barco de piedra. Paquita y su marido guían a los visitantes por los 4.200 metros cuadrados del Belvédère con una cierta nostalgia por un pasado glorioso que no quieren que quede en el olvido. Sin clientes, ellos continúan viviendo en este hotel mastodóntico y solitario. Mientras se pasea por sus pasillos desolados, los visitantes no pueden evitar pensar, con un escalofrío, en el hotel del filme El resplandor, de Stanley Kubrick. "La gente nos pregunta si nos da miedo vivir aquí, pero yo siempre respondo que no, que los fantasmas aquí son felices, porque siempre se han vivido historias bonitas y alegres".
Paquita explica que la construcción del Belvédère se debe al bisabuelo de su marido, un emprendedor originario de la población vasca de Hendaya, que "se enteró de que había posibilidades de abrir establecimientos en Cerbère”, localidad concurrida por artistas y gente del mundo de la cultura y donde había una importante estación de ferrocarril, La Gare. En 1906, el antepasado de los actuales propietarios del Belvédère se hizo cargo del bufé de la estación de Cerbère. Era la época de los trenes con vagones cama, y de mucha actividad en las villas fronterizas como Cerbère, donde los viajeros europeos que querían entrar en el Estado Español debían esperar cuatro o cinco días en la población mientras les preparaban el visado. Él vio claro que hacía falta un hotel para esta gente, para que pudieran estar en Cerbère durante estos días y encontraran no solo alojamiento, sino también distracción.
Los señores miraban al tren; las criadas, al mar
"Compró una parcela triangular al lado de la vía del tren, que aparentemente no daba nada de juego para hacer nada", explica Paquita. "Eran los años de los grandes transatlánticos, los "paquebots", y él tuvo la idea de construir un edificio inspirado en estos grandes barcos: hizo construir un hotel que, como los cruceros, además de 38 confortables habitaciones, un gran comedor y acogedoras salas de estar, dispone también de un cine con 500 butacas, biblioteca, salones de juego, un garaje para 100 vehículos, una balconada que simula la cubierta de la embarcación, una gran azotea donde antiguamente se había llegado a jugar al tenis... y vistas espléndidas sobre el mar. Pero sobre todo, con la vía del tren muy cerca. "¡Entonces se apreciaba más el ferrocarril que el mar!", exclama Paquita. "La vía era sinónimo de progreso", añade, y desde la “proa” del Belvédère, nos señala un antiguo edificio de aduanas cercano donde, recuerda, "las habitaciones que daban a la vía del tren eran para los señores, mientras que las que tenían vistas al mar eran para las criadas".
Fue gracias al tren que se llevaron a Cervera los materiales para la construcción del Belvédère, entre los años 1928 y 1932. El arquitecto en quien se confió la obra, Léon Baille, proyectó un edificio que supuso una auténtica revolución arquitectónica, con una decoración interior en la que predominan los rombos, obsesión de Baille, y que sería catalogado como monumento histórico por el Estado francés. Para simular un barco, fue ampliando la superficie a medida que se levantaba una nueva planta y el efecto óptico que consiguió impresiona: el edificio es un auténtico “transatlántico” de cemento anclado en tierra.
Un cine reformado
Una vez construido, el Belvédère atrajo enseguida clientela a sus eventos selectos, tal como había soñado su fundador. Allí se celebraban los grandes eventos, entre los cuales un festival de cine que se hacía en la amplia sala de proyecciones. “Aquí se empezó a hacer cine en blanco y negro, con una pianola y una orquestina”, explica Paquita. "En aquellos años los trenes iban con máquina de vapor, y como la vía está justo al lado de la sala de cine, cuando los trenes se detenían y pedían vía para continuar el trayecto se sentía un gran estruendo y todo se llenaba de humareda negra. Entonces detenían la película, esperaban a que el tren volviera a arrancar, y se reanudaba la película", añade.
El esplendor del Belvédère se truncó durante la Guerra Civil primero, y después, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando fue ocupado por las fuerzas armadas del III Reich. En los años sesenta, con el auge del turismo, vio crecer la actividad como hotel y se hicieron reformas, pero los herederos del fundador, que se hacían cargo entonces, lo acabaron cerrando. Su sobrino, Jean-Charles Sin, lo compró y desde entonces lo gestiona con su mujer, Paquita. Compraron muebles y vajilla, y todo tipo de objetos de valor que los antepasados se habían llevado. "Ahora que ya lo tenemos bonito, nos hacen cerrar", lamenta Paquita. "Siempre hemos ido haciendo las actuaciones que se nos han pedido, pero nunca hemos recibido de este ayuntamiento el apoyo ni la complicidad que necesitamos para mantener el hotel y que en otros tiempos sí habíamos tenido", asegura, mientras muestra un cartel de un acto festivo celebrado en el Belvédère en el año 1943, en el que el alcalde de la época anunciaba que, a pesar del toque de queda que había en vigor, "las autoridades ocupantes" les habían autorizado a celebrar aquel evento.