"No se atrevía a decirle a mi padre que debería devolver el dinero poco a poco"
Las deudas que las familias asumen para pagar los viajes de los hijos que emigran solos se convierten en una mochila para los menores
VallesEmigrar es siempre una experiencia difícil, pero aún se complica más si no conoces a nadie en el país al que vas, si el idioma y las costumbres son diferentes y si sólo tienes quince años y el viaje es en patera y no sabes nadar. Pero eso no es todo: cuando llegas a destino descubres que nada era tan fácil como parecía y que devolver el dinero que te ha dejado para hacer el viaje será casi imposible.
La deuda para buscar un futuro mejor es una de las mochilas más pesadas que deben cargar los jóvenes migrantes de África que atraviesan el estrecho para buscarse un futuro. "Debía unos 4.000 euros y aún me quedan mil por volver", lamenta Lachen, un joven de veintitrés años que llegó a España en el 2018, con sólo quince años. Entró en España por Andalucía, de allí le enviaron a Tortosa y después a Reus. Ahora vive y trabaja en Valls y tiene el apoyo de la Fundació Ginac. "Mi familia creía que, una vez aquí, sería fácil conseguir la documentación y encontrar trabajo y un lugar donde vivir. Pero cuando llegas aquí ves que todo es mucho más difícil", lamenta.
Según explica Lachen, esta idea de que la vida aquí es coser y botellas se amplifica mucho desde las redes sociales, expertas en presentar una realidad inexistente. El padre de Lachen vendió todos los terrenos que tenía para reunir dinero suficiente para que su hijo pudiera dejar atrás la pobreza de su pueblo. Pero ese dinero debe devolverse.
Quien conoce esta realidad muy bien es Soulaymane, un chico que también llegó al Estado siendo menor de edad y que ahora trabaja para la Fundación Ginac como educador en un piso donde hay otros migrantes que fueron menores tutelados. "Normalmente, son los mismos chicos los que ven que si no se marchan no tendrán ningún futuro. Los padres en un principio se oponen, pero después acaban aceptando. Todo el mundo conoce algún caso similar y todo el mundo sabe que la Unión Europea protege a los niños. Sin embargo, para los padres es un duelo porque saben que su hijo todavía es muy vulnerado.
Implicar a los padres
La culpabilidad por no poder devolver el dinero de toda la familia se hace cada vez más pesada y se convierte en una auténtica pesadilla. Conscientes de esta realidad, los educadores buscaron a los padres de los chicos con los que trabajan y, después de pedirles permiso, se pusieron en contacto con ellos para explicarles la realidad de los menores migrantes en Catalunya y, sobre todo, para hacer vínculo. A menudo, cuando la familia renuncia a la tutela del hijo se enfría el contacto y eso, evidentemente, complica aún más la vida del menor. "No sólo se trata de liberarlos de la presión económica, sino que también es necesario hacerles partícipes y buscar su implicación", explica Andreu Porta, responsable del proyecto Camins d'Inserció, de la Fundació.
"No se atrevía a decirle a mi padre que debería devolver el dinero poco a poco", reconoce Lachen. Gracias a la mediación del Soulaymane pudo decirle, pero aún no se ha quitado todo el peso de encima. "Cada vez que hablamos debemos volver a contarle", dice. Cada tres meses le devuelve 500 euros y, si cumple su compromiso, en medio año ya habrá devuelto todo el dinero del viaje.
Durante la llamada, los educadores explican a los padres que el chico se está sacando un título y que está buscando trabajo estable, pero que las cosas no son fáciles. "Cuando les explicamos que se están formando, las familias se quedan más tranquilas", dice Soulaymane, quien también explica que algunas familias no necesitan que los chicos les devuelvan el dinero o, al menos, que no hace falta que lo hagan inmediatamente.
Éste es el caso del Mustafa, un chico marroquí de diecinueve años. "Hablo con mis padres una vez a la semana y me dicen que respete a los referentes que tengo aquí, que me forme y que trabaje". Sobre el tema del dinero, los padres le dicen que no hay prisa por devolverlo, ya que son conscientes –gracias a la información que ahora tienen– que cuesta ganarse la vida en Europa. Todos ellos saben que es necesario formarse para tener un mínimo de estabilidad, porque el permiso de residencia es de dos años y, a partir de ahí, si no tienes trabajo durante tres meses, pierdes la residencia y hay que volver a empezar, tal y como fija la ley de extranjería española.
Gracias a un acuerdo con la dirección general de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DGAIA), la Fundación Ginac tiene una vivienda donde conviven diez chicos migrantes que ya son mayores de edad y se están formando para salir adelante. Al tener pocas plazas, el mal comportamiento o no cumplir las normas implican quedarse fuera y perder ese recurso que, para ellos, es fundamental. Conscientes de la ayuda que están recibiendo, la decena de chicos que conviven en un piso de la Fundación Ginac también forman parte del proyecto T'ho Torno, que consiste en realizar trabajos de voluntariado para ayudar a otras personas.