Las narcolanchas pilotadas por kamikazes ya llevan cocaína

Las autoridades advierten del ascenso de la ruta africana y ponen el foco en nuevos desembarcos en Huelva y en Cataluña

Algeciras / BarcelonaSobrevolan el agua a más de 110 km/h, surfeando sobre las olas, con la proa dando brincos juguetones. Desde los años 90 eran las encargadas de introducir el hachís proveniente de Marruecos. Ahora las narcolanchas llevan también cocaína que llega a la península Ibérica a través de África. La Policía Nacional y la Guardia Civil han intervenido ya alguna de estas embarcaciones. Los agentes se pensaban que había hachís, y los fardos, en realidad, llevaban polvo blanco. "Cada vez las gomas están trayendo más cocaína", admite Lisardo Capote, responsable del Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA) en el Campo de Gibraltar.

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Tradicionalmente, la cocaína se ha movido en contenedores marítimos porque así se puede transportar más cantidad y su elevado precio permitía pagar los costes derivados, como sobornar a empleados del puerto o del barco o contratar transportistas. Además, el hecho de que venga de Sudamérica descarta la posibilidad de cruzar todo el océano Atlántico con una narcolancha, algo que sí es viable con el hachís proveniente de Marruecos. Pero los tiempos están cambiando: según datos del World Drugs Report 2025, la producción de cocaína se disparó un 34% en 2023 y llegó a superar las 3.708 toneladas. En 2019 se contabilizaron la mitad, 1.784 toneladas. 

La droga funciona como un mercado normal y corriente –cuanto más excedente hay de un producto, más baja el precio– y esto ha hecho que el coste de la cocaína en grandes cantidades haya caído casi a la mitad: de 50.000 euros el kilogramo a 25.000. Este descenso ha abierto la posibilidad, según fuentes policiales, de que el hachís sea ya una moneda de cambio de la cocaína. Es decir, los cárteles sudamericanos consiguen hachís (que allí no producen) y los marroquíes, cocaína. Este es uno de los motivos, según fuentes policiales, que ha llevado a ver narcolanchas transportando polvo blanco.

El aumento de la demanda de cocaína también ha incorporado una subida de la actividad en la llamada ruta africana. Según un informe reciente de las Naciones Unidas, la ruta africana se ha consolidado como un eje estratégico que conecta los centros de producción de Bolivia, Colombia y Perú con la alta demanda de Europa, aprovechando la proximidad geográfica entre Brasil y el litoral comprendido entre Senegal y Guinea-Bissau. Una vez la mercancía llega a la costa de África Occidental, el tráfico se ramifica en tres ramas principales: una vía marítima que sube por el continente, una ruta aérea que utiliza aeropuertos como los de Bamako (Mali), y una creciente ruta terrestre que se adentra en el Sahel atravesando Mauritania, Mali y Níger hasta llegar a Argelia y Libia. Este trasvase de droga ha vivido un incremento masivo de las incautaciones pasando de apenas 13 kg anuales a 1.466 kg en 2022. Cuando la droga llega a la costa del Mediterráneo, las narcolanchas entran en juego.

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Las mafias

Las mafias que introducen droga en España con narcolanchas están asentadas a ambos lados del Estrecho de Gibraltar y la gran mayoría de sus miembros son marroquíes. También las que operan en Cataluña. Históricamente, eran narcotraficantes españoles los que iban a Marruecos a buscar hachís y llevarlo a España. Pero durante los últimos años el negocio se ha diversificado, a menudo añadiendo cargamentos de cocaína, y al mismo tiempo lo han prácticamente monopolizado los ciudadanos de origen magrebí.

–encargados de vigilar la zona por si viene la policía–; los Sobre la narcolancha suelen haber 3 o 4 personas –el conductor, un par de miembros más y, a veces, el seguro, un miembro de la banda que hace de garantía–; pero a ellos se suman los puntos –encargados de vigilar la zona por si viene la policía–; los petaqueros –responsables de suministrar gasolina–, los que custodian la droga en las guarderías –los locales donde se guarda la mercancía–, los que descargan a toda velocidad los fardos... En un viaje pueden llegar a llevar entre 2.000 y 4.000 kg de droga y, a menudo, pueden pasarse días en el mar esperando el momento para hacer el desembarco.

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Lo más buscado en este negocio son los conductores de las narcolanchas. Pueden llegar a ganar mucho dinero por un solo viaje. Paco Mena, la voz más visible de la lucha contra el narcotráfico en el Campo de Gibraltar desde la asociación Alternativas, relata la historia de un lanchero que acabó en su entidad: "Era el mejor. Cobró 60.000 euros en un viaje y se lo gastó todo en un fin de semana con prostitutas y drogas. Cuando dejó de tener dinero, dejó de tener amigos. Acabó marchándose de la zona porque lo perdió todo. Unos años más tarde, me confesó que trabajaba de carpintero, que ganaba 1.800 euros al mes, pero vivía por fin tranquilo".

Los puntos acostumbran a ser chicos jóvenes de los pueblos costeros donde llega la mercancía y los petaqueros forman parte de un segundo escalafón. Hace pocas semanas, la Policía Nacional desarticuló una red de abastecimiento de gasolina y víveres a las narcolanchas que esperan en alta mar para introducirse en la península Ibérica. En total, se intervinieron 800 bidones que contenían 20.000 litros de combustible, con un valor aproximado de 160.000 euros. La droga da trabajo a mucha gente.

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Además, la policía también está muy preocupada por el aumento de la violencia. En alta mar –basta ver los accidentes marítimos, algunos de ellos mortales, que han tenido embarcaciones de la Guardia Civil–, pero también en tierra firme. Esta semana, de hecho, unos narcotraficantes que estaban haciendo un desembarco de hachís en Huelva –una de las zonas con más tránsito de narcolanchas en los últimos meses– recibieron a tiros a la Guardia Civil. Fuentes policiales explican que cada vez hay más narcoasaltos o vuelcos –cuando un grupo criminal roba la droga a otro clan– y los ladrones a menudo se hacen pasar por policías. Esto hace que a veces los narcotraficantes abran fuego sin saber si son ladrones o policías.

El origen

Las primeras narcolanchas, mucho más rudimentarias que las actuales, se construyeron en los años 80 en Galicia, en los astilleros de municipios costeros como O Grove o Vilagarcía de Arousa. Servían para el contrabando de tabaco, aunque en poco tiempo los contrabandistas gallegos vieron la oportunidad de ganar mucho dinero y empezaron a introducir cocaína, convirtiéndose en narcotraficantes. Las mercancías se descargaban de los barcos procedentes de Sudamérica y se introducían con las narcolanchas a través de las rías gallegas. A finales de los años 90, la presión policial y mediática hizo que los astilleros se desplazaran hacia el interior y se empezaran a utilizar naves industriales en polígonos de provincias de interior como Ourense o Lugo. El siguiente paso fue el salto de país: entró en escena Portugal.

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Los constructores de las también llamadas gomas se desplazaron unos kilómetros hasta cruzar la frontera. Sobre todo a partir de 2018, cuando el gobierno socialista, de la mano del ministro de Interior Fernando Grande-Marlaska, endureció la presión policial en la zona del Estrecho de Gibraltar y promovió un cambio en la ley: se prohibió el uso, fabricación y tenencia de las narcolanchas de más de 8 metros o más de 300 caballos de potencia. Como la legislación era más laxa en Portugal, la fabricación se concentró en localidades lusitanas cercanas a Galicia como Valença do Minho, Caminha, Vila Nova de Cerveira y también en los alrededores de Oporto. Se construían en el norte de Portugal, se bajaban en camiones al sur del país, en la zona del Algarve, o en Huelva y Cádiz, y allí se les añadían los potentes motores –que pueden costar 40.000 euros– y se introducían en el agua.

Por el volumen de negocio que mueven estas organizaciones las narcolanchas no son caras. Por 200.000 euros puedes tener una totalmente equipada, con los tres motores que permitirán superar los 100 km/h y el equipo de radares vía satélite necesario. "Cuando las revientan, las abandonan. Después de una buena tormenta te encuentras unas cuantas a lo largo del litoral, embarrancadas en la playa", explica Lisardo. Para el responsable del Servicio de Vigilancia Aduanera del Campo de Gibraltar la problemática en la lucha contra las narcolanchas no es localizarlas –que eso lo tienen resuelto gracias al SIVE (Sistema Integrado de Vigilancia Exterior), los radares y los medios aéreos–, sino detenerlas.

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Por eso ha habido en los últimos años accidentes en los que han perdido la vida agentes de la Guardia Civil. Estas embarcaciones son máquinas voladoras, muchas veces conducidas por kamikazes. "Ellos tienen el derecho legítimo a fugarse. En España no puedes utilizar la fuerza si no es para reprimir una agresión. No puedes hacer como en Estados Unidos que hacen boom y ya está, se ha acabado la tontería. Se ponen a gran velocidad con toda la carga, y nosotros podemos llegar a su altura, pero el problema es detenerlos", argumenta Lisardo.

Un policía andaluz recuerda cómo en un operativo cerca de la Línea de la Concepción (Cádiz) tenían localizadas con el helicóptero hasta 7 narcolanchas. ¿A cuál seguían? ¿Cómo podían detenerlas? ¿Cuál llevaba la mercancía? Sea en aguas españolas o internacionales, los estados están obligados a perseguirlas porque son embarcaciones piratas, sin bandera ni nombre ni registro oficial. Precisamente, en mayo, España recibió una buena noticia en su política contra el narcotráfico: Portugal ha prohibido también las narcolanchas, equiparando su ley a la española.

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Cataluña, zona de paso

Cataluña también es ahora mismo una zona de paso de las narcolanchas. El inspector Antoni Salleras, jefe del Área Central de Crimen Organizado de la División de Investigación Criminal (DIC) de los Mossos d'Esquadra, explica que en los años 2000 ya había un ritmo alto de desembarcos de hachís. Incluso detectaron narcolanchas en la desembocadura del Llobregat. Aquellos años, el transporte de la droga lo hacían principalmente personas españolas, clanes nativos que se nutrían del tráfico con Marruecos. Ahora, en cambio, las mafias del hachís ya tienen sus lugartenientes en Cataluña.

A partir del 2010, los desembarcos bajaron, pero a raíz de la presión policial en el estrecho de Gibraltar las narcolanchas volvieron a subir hacia Cataluña después de la pandemia. De hecho, al sur, esta presión en el Estrecho también ha hecho que los narcotraficantes se dirijan más hacia la zona de Huelva, la desembocadura del Guadalquivir y pueblos costeros como Chiclana. A diferencia de Andalucía, en Cataluña aún no se han detectado narcolanchas que lleven cocaína, pero los Mossos tienen constancia y están analizando el fenómeno. El año pasado se detectaron unas seis o siete narcolanchas en Cataluña buscando calas donde poder desembarcar la droga. En toda España fueron hasta 600.

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A la hora de la verdad, sin embargo, cualquier lugar es bueno para los narcotraficantes: desde la playa más oculta del cabo de Creus hasta el puerto de Mataró, donde encontraron 5.000 kilos de hachís. Incluso, han detectado narcolanchas en Lérida: era el 2023 y los cuerpos policiales encontraron dos embarcaciones para llevar hachís a Torre-serona, a casi 100 kilómetros del mar. Lérida era el lugar donde guardaban las embarcaciones que después debían hacer la ruta de Marruecos.