Peregrinar entre semana

A la altura de la Gran Vía atravieso la manifestación de los maestros, que me recargan un tipo de fe en el colectivo que no tengo claro si rima con la fe protagonista del día o si chirría. Enfilo hacia la catedral, la temperatura es la que corresponde a la época del año, y el Barrio Gótico de Barcelona está tan lleno como siempre de turistas y tiendas absurdas.

La pista más fiable para saber que te acercas a León XIV es una compresión de los colores de la ropa en los viandantes: cuando llego a la plaza, se confirma el triunfo absoluto del blanco, el azul cielo y el beige, un Pantone angelical propio de la gente que valora encajar en el conjunto y una cierta idea de armonía. La bandera del Vaticano es la capa que predomina, y los presentes son conscientes de que no hay previsto ningún contacto directo con el Santo Padre y que a duras penas verán pasar un coche oficial, pero, a pesar de todo, les vale la pena saberse físicamente cerca de León XIV.

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Lo primero que debería entender el descreído que solo conoce muestras de efusión masiva de tipo político, futbolístico o musical es que la congregación de fieles al Papa desprende una alegría colectiva muy intensa y a la vez muy respetuosa. La burbuja emocional tiene la cualidad absolutamente inusual de los que están dispuestos a dar sin esperar nada a cambio.

Hablo con asistentes de todo tipo, en busca de una teoría unificada del Papa. Belén y Fernando, madre e hijo adolescente, me dicen que les hace mucha ilusión verlo aunque sea de refilón, que para los católicos como ellos (de la parroquia de Santa Agnes, en Sant Gervasi) “el Papa es como el padre de la familia”, y que lo que les gusta de León XIV es que “es muy cercano y dice las cosas claras”. Esta celebración de la normalidad será el hilo conductor de mi encuesta, en la que, después de “cercano”, el ganador absoluto, se repiten adjetivos como “diplomático”, “abierto” y un recordatorio del hecho de que “se ha arremangado haciendo de misionero”.

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Quique, que pertenece a un grupo de cordobeses que reclaman la santidad de una conciudadana muerta en 2005 que afirmaba comunicarse directamente con Dios, me explica que vienen de Madrid y que seguirán al pontífice hasta Canarias con el objetivo de hacerle llegar las palabras y obras de la profeta aún no reconocida. Mariel está de visita en Barcelona con su familia, son todos de Venezuela. Están muy contentos de haberse encontrado con el Papa, y dan las gracias por la coincidencia, naturalmente, a Dios.

Cuando el Papa León XIV llega hay incertidumbre, gritos, aplausos, y los que se encuentran sobre los hombros de un ser querido se aseguran de devolver el favor grabándolo bien con el móvil. El coche pasa y la plaza se vacía con mucha diligencia y nada de resignación: por la tarde veré en las redes que el Papa ha roto el protocolo y ha hablado con los que se han quedado esperando en la plaza, lo que quizás es una parábola sobre la recompensa del sacrificio.

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Por la tarde me acerco a la plaza España hacia el acto grande: una gran vigilia de oración con música en directo, testimonios y una adoración eucarística, pensada sobre todo para jóvenes. Una riada constante y ordenada sube hacia Montjuïc, y se activan las resonancias con un tema tan importante para los católicos como la ascensión a la montaña. De nuevo, el ambiente es excepcionalmente feliz y pulcro a la vez.

Dado que ha habido la polémica sobre el uso del catalán, refino mis dotes de observación nacional y constato que, efectivamente, la bandera más numerosa después de la vaticana es la española, y los pocos gritos que se intentan iniciar son siempre en castellano: “¡Viva el Papa!” y “Esta es la juventud del Papa”.

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Sin embargo, si hablo con la gente oigo mucho catalán. Y tan pronto como detecto un grupo de jóvenes que llevan la senyera a la espalda, me lanzo. Pau y Mar, de los Salesianos de Navas, me dicen que la catalanidad es un factor esencial de su religiosidad, y que han venido con muchas ganas de escuchar el discurso del Papa tranquilamente, pero que también quieren “contribuir a contrarrestar el españolismo” que suele apoderarse de los eventos cristianos en Cataluña. Están muy contentos de que se haya reivindicado la lengua, y a la vez vienen a disfrutar de una experiencia espiritual con el mínimo de interferencias posible: más que indignación, transmiten la fatiga de tener que luchar por lo que debería ser perfectamente normal.

En la entrada al estadio todo es muy ordenado, e incluso los que han venido de lejos sin saber que hacía falta entrada se lo toman con filosofía. Me fijo en la camiseta de los voluntarios. El lema es “Alza la mirada”, y contiene las siguientes instrucciones: 1) Apaga la pantalla; 2) Piensa unos segundos; 3) Inclina la cabeza 45º; 4) Alza la mirada.

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Fiel a un pasado en el que participé de otras formas de fe, cuando una multitud de gente genuinamente entusiasmada con camisetas de colores me pide algo, no puedo evitar creer. Desde Montjuïc, alzo la mirada hacia el cielo.