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Los cambios esperanzadores contra el Alzheimer se quieren replicar con el Parkinson

Los primeros tratamientos y las nuevas herramientas de diagnóstico son la primera piedra de un cambio de paradigma en el tratamiento de las neurodegenerativas

BarcelonaNo es lo mismo recibir un diagnóstico de cáncer ahora que hace tres décadas. El pronóstico de los enfermos es radicalmente mejor y su calidad de vida también. El del Alzheimer y el Parkinson, en cambio, es casi calcado ahora que 30 años atrás: las enfermedades neurodegenerativas, por desgracia, aún son irreversibles y no tienen ninguna cura disponible. Ahora bien, la aparición de los primeros medicamentos aprobados contra el Alzheimer, que se resisten a llegar a España, son modificadores de la enfermedad, retrasan su avance y son la primera piedra de un cambio de paradigma, ya que hasta ahora los enfermos no tenían ninguna terapia disponible. También se han desarrollado nuevas y mejores herramientas diagnósticas, capaces de anticipar los síntomas y la evolución que tendrán. Esto impulsa a los profesionales en el inicio de una revolución contra estas enfermedades, que tienen suficientes paralelismos para pensar estrategias conjuntas en un futuro.

Para entender el funcionamiento de estos nuevos fármacos hay que comprender cómo actúa la enfermedad. El Alzheimer se caracteriza por la acumulación inusual dentro y fuera de las neuronas de un péptido (un fragmento de proteína) llamado beta amiloide y de la proteína conocida como tau. No se sabe por qué ocurre, pero muy probablemente esto es lo que hace que las células se estropeen y el cerebro se atrofie poco a poco. Los fármacos, aprobados en Europa –pero no aún en el Estado, que está negociando el precio con las farmacéuticas–, se llaman Leqembi y Kinsula y utilizan anticuerpos para atacar las placas de beta amiloide y ralentizar el deterioro cognitivo de las personas que tienen síntomas tempranos de la enfermedad. Hay otras enfermedades neurodegenerativas que también se caracterizan por la acumulación de estas proteínas en el cerebro, por lo que los expertos confían en que podrán usar una estrategia similar a la del Alzheimer en un futuro.

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"Estos tratamientos contra el Alzheimer se podrían usar contra otras enfermedades neurodegenerativas", asegura Carlos Cruchaga, el investigador líder del grupo de neurogenómica e informática de la Universidad de Washington, que explica a el ARA que el 80% de las proteínas asociadas con la enfermedad están asociadas con todas las enfermedades neurodegenerativas, si bien después cada una tiene procesos únicos. La demencia de cuerpos de Lewy y un 30% de los casos de Parkinson que acaban desarrollando demencia también tienen acumulación de beta amiloide, por lo que ya hay estudios que evalúan la eficacia del lecanemab y el donanemab, las dos propiedades que utilizan el Leqembi y el Kisunla respectivamente, para atender este tipo de pacientes.

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La agregación inusual en las neuronas de una proteína llamada alfa-sinucleína es una característica del Parkinson, pero también de un 30% de los pacientes con Alzheimer, y ya se están estudiando tratamientos dirigidos contra esta proteína. Esto hace pensar a Cruchaga que en un futuro se podrá prescribir un tratamiento combinado que ataque diferentes acumulaciones de proteínas a la vez, como por ejemplo beta amiloide y alfa-sinucleína. "Hay muchos estudios clínicos para el Alzheimer, el Parkinson o la demencia frontotemporal que usan diferentes enfoques para ver si funcionan. Yo creo que muchos de estos se aprobarán. Algunos funcionarán y los veremos de aquí a poco", dice esperanzado el experto, que ha sido uno de los ponentes de la XIV Conferencia Bienal Barcelona Pittsburgh, organizada por el Ace Alzheimer Center esta semana en Barcelona.

Diagnosticar 20 años antes de los síntomas

La capital catalana ha sido la capital mundial de la lucha contra el Alzheimer con investigadores de todo el mundo, que han compartido su trabajo en el abordaje de la demencia, futuros tratamientos y nuevas herramientas de diagnóstico. En este sentido, Cruchaga explica que las proteínas también son clave para el desarrollo de pruebas diagnósticas, especialmente al inicio de la enfermedad, cuando es difícil diferenciarlas porque los síntomas son similares. Él y su equipo han utilizado inteligencia artificial para desarrollar una prueba que pueda identificar las proteínas que diferencian cada enfermedad, pero también para cuantificar si una persona tiene más de una porque, en estos casos, el pronóstico de los pacientes es muy diferente.

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La acumulación de estas proteínas, que Nikolaos Scarmeas –profesor de neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional y Kapodistríaca de Atenas– describe como las "escombres" del cerebro, comienza entre 15 y 20 años antes de que aparezcan los primeros síntomas, que generalmente comienzan con la pérdida de memoria. Las herramientas diagnósticas, con un simple análisis de sangre, ya permiten detectar la enfermedad cuando comienza esta agregación de beta amiloide y tau y los fármacos que se están desarrollando buscan atacar esta "ventana" de 20 años antes de los síntomas. De momento, sin embargo, todavía se están probando y los fármacos disponibles se administran a personas que ya tienen cuadros leves de enfermedad.

Esto plantea un dilema a Scarmeas, ya que el diagnóstico está más avanzado que el tratamiento y supone un agravio para los pacientes. "Si identificamos a alguien con un alto riesgo de padecer la enfermedad de aquí a 20 años, pero que ahora está sano, ¿qué le decimos? ¿Hasta qué punto es útil comunicarlo? Puedes causar mucho estrés y ansiedad. Pero, por otra parte, si detectamos cambios en el cerebro tiene derecho a saberlo", se cuestiona el experto. Ante la ausencia de cura, Scarmeas ha centrado su investigación en cómo un estilo de vida activo permite crear un "tipo de red de seguridad" que hace que el cerebro sea más resiliente y ralentiza la aparición de síntomas. Se llama reserva cognitiva y está relacionada con hábitos de vida saludables.

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"El estilo de vida no parece que pueda combatir la enfermedad directamente, pero sí que mejora tu resistencia", insiste. Por eso a consulta recomiendan tener una vida social activa, hacer ejercicio, comer sano, leer, dormir bien y evitar elementos como el tabaco y el alcohol. "No resuelven el problema, pero actúan como un colchón para que los síntomas tarden más en salir", sostiene. Con todo, y a la espera de que –tal como ha pasado con el cáncer en los últimos 30 años– haya una revolución terapéutica contra el Alzheimer, los expertos sostienen que estos pequeños cambios son una de las mejores estrategias para ralentizar el progreso de la enfermedad.