Olga Gavaldà: "Hay quien piensa que, por donar órganos, te devuelven el cadáver desfigurado"
Enfermera quirúrgica supervisora de trasplantes del Vall d'Hebron
La fotografía del WhatsApp engaña: Olga Gavaldà nunca cuelga la bata, es decir, nunca apaga el móvil de trabajo. Cuando tenía 11 años sufrió un accidente de coche y pasó mucho tiempo ingresada. Allí tuvo clarísimo que la enfermería sería su vocación. Lo que no sabía es que ejercería toda la carrera en el hospital donde nació por cesárea. Hace 35 años que forma parte del equipo de trasplantes de la Vall d'Hebron, el centro líder en Cataluña con 387 intervenciones en 2025 y un referente en el Estado. Se ocupa de coordinar un engranaje trepidante.
Eres directora de orquesta. ¿Quiénes son los músicos?
— Las enfermeras y los cirujanos que participan en los trasplantes, y todos los servicios complementarios: UCI, hospitalización, mantenimiento, tecnología médica, farmacia hospitalaria... ¡Y hostelería, porque necesitaremos beber y comer durante tantas horas...!
Pues comencemos la intervención: "Tenemos donante". ¿A quién llamas?
— Llamo al anestesiólogo, enfermería quirúrgica, enfermería de anestesia, al auxiliar de enfermería y al celador que participarán en la extracción. Deben dejar lo que estén haciendo y tienen menos de dos horas: una para venir y otra para preparar el quirófano y subir al donante. En función de la evaluación de los órganos del paciente, también se preparan los quirófanos adyacentes para implantar lo que podamos: un hígado, un pulmón, unos riñones... Paralelamente, el cirujano llama al receptor o receptores y también se les pide que vengan lo más rápido posible. Se les hacen analíticas y placas de tórax y se preparan para la operación.
Ya tengo nervios. ¿Cuánto tiempo tenéis para actuar?
— El tiempo de isquemia depende del órgano. Los pulmones hasta 6 u 8 horas. Para el hígado no se recomiendan más de 10 horas. Los riñones hasta 12. El corazón se debe trasplantar de inmediato, como mucho tenemos 4 horas. Los órganos se mantienen a cuatro grados y se conservan en neveras portátiles, embolsados con un líquido de preservación, tanto si nos lo quedamos nosotros como si se van a otro hospital en ambulancia o avión.
¿Cuánta gente hay trabajando a la vez?
— Puede haber hasta cuatro quirófanos coordinados: más de cincuenta personas implicadas.
En mi cabeza, las familias del donante y los receptores están poéticamente cerca, en el hospital.
— No. En España está prohibido que se conozcan. Cuando se realiza la intervención, la familia del donante ya está en casa.
¿Cómo lo hacéis para conseguir los órganos? ¿Cómo se hace para que, en un momento de máximo dolor, una familia acepte que su familiar sea donante?
— Los médicos de coordinación de trasplantes cada día pasan por la UCI para ver si hay potenciales donantes, y desde las unidades de críticos también se comunica cuando alguien ha caído en muerte encefálica o en un estado irreversible. Los médicos son los que hacen la entrevista con la familia. Se explica que es una situación catastrófica y definitiva, y se les da la oportunidad de donar. La mayoría de las veces dicen que sí.
La legislación dice que todos los ciudadanos del Estado somos donantes si no decimos lo contrario, pero la realidad es que siempre se consulta a la familia. ¿Qué puedo hacer para asegurarme?
— O bien lo especificas en el testamento vital o bien entras en La Meva Salut y marcas la opción de hacerte donante. Si lo tienes marcado, esto prevalece. No nos hemos encontrado nunca con que una familia se oponga si el paciente quería donar. Es muy fácil, es hacer un clic. Con la donación de órganos puedes salvar la vida a siete personas.
¿Por qué hay gente que dice que no?
— Sobre todo por cuestiones religiosas y culturales. La preservación de la integridad es una barrera, aunque cada vez haya más incineraciones. Hay gente que piensa que, por donar órganos, te devuelven el cadáver desfigurado y eso no es verdad. O que se retrasará el entierro, y tampoco es así: necesitamos entre cuatro y seis horas como máximo desde el momento del fallecimiento. Después lo recoge la funeraria, se lo lleva al tanatorio y la familia decide qué hace con el cuerpo.
Si hay comunidades que, por conciencia, no son donantes, ¿pueden ser receptores?
— Sí, lo son.
Si no se consigue que la familia lo vea claro, ¿lo vivís como un fracaso?
— Se intenta de todas maneras, pero cuando la familia dice que no, se respeta con un sentimiento de pena. Yo sé cuántos pacientes tengo en lista de espera. El año pasado, solo en el Vall d’Hebron trasplantamos 195 riñones, y aun así tenemos lista de espera, porque cada vez tenemos una población más grande, con insuficiencia renal, y no damos abasto con los riñones que tenemos.
¿Ser una figura intermedia entre la vida y la muerte te hace sentir un cierto poder o, al contrario, mucha fragilidad?
— Te hace vivir la vida de otra manera. Todos nos preocupamos por tonterías, pero te hace más consciente de que tienes que vivir el momento. Sobre todo cuando tienes donantes pediátricos, esto afecta mucho a todo el mundo, y piensas: tienes que disfrutar de los hijos, tienes que disfrutar de lo que tienes porque en cualquier momento dejas de tenerlo. Qué suerte, tener a la familia sana.
Cuando ves cada día que la vida depende de estos órganos, debe ser más difícil creer en Dios que en la sanidad pública.
— Yo soy creyente, a mi manera, pero sobre todo creo en la sanidad pública. También te digo una cosa: las familias que son muy creyentes lo llevan de otra manera. Sí que creo que existe alguna cosa espiritual.
¿Todavía se te acelera el corazón cuando tienes trasplantes? ¿Cuál es el momento más delicado?
— Sí. Cuando dan la viabilidad del órgano desde un hospital y se nos echa el tiempo encima para preparar al receptor. Es el momento clave: tenemos que tener al paciente abierto y a punto para implantar el órgano. Vamos a contrarreloj.
¿Y cuándo dices "Lo tenemos"?
— Cuando se retiran las pinzas y la sangre comienza a circular por el órgano. Un corazón que empieza a latir de nuevo, un pulmón que se infla, un hígado que pasa de marrón a rosado... es fantástico, como un milagro. Significa que aquello va bien y la tensión se rebaja.
¿Cómo condiciona tu vida, este trabajo?
— Cuando estás de guardia, tienes que calcular que solo puedes ir de Castelldefels a Mataró, y no puedes ir al cine o al teatro. Mi familia se ha adaptado a mí. En los años 90 íbamos con busca y mi hija sabía que, cuando aquello hacía piiip, mamá se marchaba diez o doce horas.