Separarse después de 50 años juntos para entrar en una residencia: "Me rompe por la mitad"
El ingreso en un centro para personas mayores es un golpe emocional para los residentes, pero también para familiares cuidadores
Cerdanyola del VallèsSon las seis de la tarde de un domingo y Paco vuelve hacia la residencia de ancianos después de haber comido en casa con su familia. Nada más salir por la puerta con la silla de ruedas, Antonia, su mujer, cae rendida sobre el sillón. "A mí esto me rompe por la mitad", dice, y no puede evitar que las lágrimas le empiecen a deslizar por las mejillas. Un bajón reciente en la salud de Paco le ha obligado a ingresar en un centro para recibir atención mientras ella aún vive en casa. Antonia ha cuidado a su marido durante años, incluso a costa de su propia salud, y aunque la situación ya no era sostenible, intentaban aplazar el ingreso en la residencia al máximo para no tener que separarse.
Como ellos, muchos matrimonios mayores se ven obligados a dejar de convivir después de toda una vida juntos. Aunque a menudo vivir en un centro es la decisión más lógica por el momento vital, dar el paso comporta dificultades emocionales. Paco vive este cambio con cierta angustia, porque dice que muchos señores mueren en el centro y que a él le gustaría estar rodeado de la familia en sus últimos días. "Los centros muchas veces son la estación final; por tanto, ingresar puede llevar esta soledad más existencial de pensar que nunca se ha estado tan cerca de la muerte", reconocen Laura Coll-Planas, doctora de la Sociedad Catalana de Geriatría, de la Academia de Ciencias Médicas de Catalunya, y Dolors Fitó, vocal de residencias de la misma.
Más de 50 años juntos
Desde hace décadas, la salud de Paco ha sido un cóctel imposible. A sus 57 años sufrió una retinopatía diabética derivada de un infarto que le dejó con un alto grado de ceguera, lo que supuso un gran descalabro para él, que tuvo que cambiar su manera de vivir. Desde entonces ha sufrido tres infartos, una caída que le afectó a la movilidad y le diagnosticaron un Alzheimer que, por suerte, avanza con lentitud. Hasta ahora su cuidadora había sido Antonia.
La pareja se conoció en 1972. "Él ya hacía tiempo que quería pedirme para salir, pero no se atrevía", bromea la mujer. Celebraron durante tres años hasta que decidieron casarse, y desde entonces no han pasado ni un día separados. Tras construir una vida juntos, la mujer admite sentirse culpable a raíz del ingreso de su marido en la residencia. "Ahora es cuando más me necesita, pero ha llegado un momento en que mi cuerpo no puede más", lamenta.
Coll-Planas explica que cada entorno cultural da un valor diferente a los cuidados. "Aquí tenemos integrado que la familia debe hacerse cargo, y no una institución. Por eso se genera una culpa social", describe y explica que esto no ayuda a que la persona que se queda en casa acepte esta nueva realidad. De hecho, históricamente las mujeres han tenido una gran sobrecarga a la hora de cuidar a sus familiares. Cuando delegan los cuidados en una u otra institución, "deben superar también esa presión social que les hace sentir que están fallando a su marido y que no hacen lo que se espera de ellos", añade la doctora.
Un duelo en vida
Según Coll-Planas, el ingreso en la residencia comporta un proceso de duelo para ambos miembros de la pareja. La persona que se queda en casa debe "resignificar su propósito diario y encontrar una nueva identidad que vaya más allá de ser cuidadora", y añade que esto puede provocar "un síndrome del nido vacío que puede conducir a una soledad no deseada".
En cuanto a la persona que pasa a vivir en un centro, "hay una crisis del envejecimiento en la que se detecta un duelo de la autonomía y también de la identidad. Ya no pueden hacer lo que hacían y se han convertido en una persona que vive en una residencia", explica la gerontóloga. De hecho, una de las cosas que Paco afronta con mayor dificultad es la pérdida de intimidad derivada de su dependencia: "Ya no puedo ir solo al lavabo; incluso en esto tengo que pedir ayuda a las trabajadoras, y para mí es duro", lamenta.
Fitó advierte que cuando se llega a la tercera edad "el cuidado emocional queda en un plano secundario, pero es muy importante que en las residencias se tenga presente la pérdida que comporta el envejecimiento". Además, comenta que las actividades en familia en el centro también pueden combatir el sentimiento de abandono de los residentes, y que es positivo incluir en la dinámica de la residencia al miembro de la pareja que no vive, "para que si tiene la necesidad de cuidar, pueda seguir haciéndolo".
Antònia cree que son afortunados porque su marido ha podido ingresar en una residencia cercana. Ellos viven en Cerdanyola del Vallès y el centro está en Bellaterra. Como Paco no estaba en ninguna lista de espera por una plaza pública, uno de los miedos de la mujer era que le ingresaran lejos de casa y no poder ir a visitarlo tan a menudo. Sin embargo, la mensualidad de la residencia supone un gran esfuerzo económico para ellos: "De momento estamos estirando nuestros ahorros, pero si hay que estar mucho tiempo, no sé cómo lo haremos", comenta.
La salud de Paco, sin embargo, ha mejorado mucho desde que está en la residencia. Cuando vivía en casa estaba deprimido y se negaba a moverse o seguir una dieta que le ayudara con la diabetes. "Ahora noto que la rutina hace que esté más controlado y tenga más fuerzas para andar, y eso me anima a seguir así para encontrarme bien", comenta el hombre. Antonia admite que todo le hace estar más tranquila. "Aunque le echo mucho de menos, sé que allí está muy cuidado" celebra.