"Me guardé batería del móvil por si necesitaba despedirme": los vecinos de Oliva inician la reconstrucción después de una noche "eterna"
Coches lanzados a perder y muebles y electrodomésticos inservibles se suman al balance de un temporal que acumula tres víctimas en el País Valenciano
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OlivaSon las once de la mañana y bajo un sol casi veraniego y un cálido viento de poniente, Irene Miralles y Salvador Morató hacen un breve descanso. Aprovechan la buena temperatura, que ya supera los veinte grados, para tomar un poco de aire y fumar unos cigarrillos después de una mañana frenética y agotadora. Hace horas que no paran de sacar muebles y electrodomésticos estropeados por el aguacero que, entre la noche del domingo y la madrugada del lunes, anegó diversas comarcas valencianas, especialmente la Safor y la Marina Alta. El temporal ha causado cuatro víctimas, una en Sagunto, dos en Oliva, y la última en Pego, un labrador encontrado este martes, la muerte del cual todavía se investiga si fue originada por los fuertes aguaceros. "Tuvimos mucho miedo. Es la tercera inundación que vivo y hasta ahora el agua nunca había entrado en casa. No estamos preparados para lo que nos viene", se lamenta Salvador.
Para sentarse, ambos aprovechan lo que hasta el domingo era un bonito y confortable sofá blanco, y que ahora solo espera a que los operarios del ayuntamiento pasen a recogerlo para llevarlo al vertedero. Están vaciando la casa de Amalia Marí, la madre de Salvador, que fue rescatada con un kayak por unos vecinos de la conocida popularmente como "la playa de Oliva", que se encuentra al lado del antiguo núcleo de pescadores del municipio y a solo dos kilómetros del corazón de la localidad. La mujer, de 82 años, se lo mira confusa. No quiere que los hijos lo tiren todo, pero estos le explican que ya nada sirve, que todo está estropeado o podrido, incluidos dos coches y una motocicleta. "Fue horrible y angustiante, todavía tengo el miedo en el cuerpo", recuerda Salvador, que vive en la población próxima de Pedreguer, y que pasó toda la noche y la madrugada telefoneando a su madre para saber cómo se encontraba consumido por la impotencia de no poder acercarse, ya que todos los caminos estaban inundados.
Con todo, la que más sufrió fue Cristina, su hermana, que justo ahora llega a la casa acompañada de su hija. "Pensábamos que a la madre la sacaríamos muerta, ella se despertó cuando el agua le empezó a bañar el colchón", admite crudamente. "Y fíjate que yo vivo en la casa de enfrente, pero no podía cruzar. El agua tenía mucha fuerza. Imagínate la frustración que sentí", enfatiza, mientras explica que ella no corría ningún riesgo porque su casa, a diferencia de la de su madre, tiene dos plantas y está construida en alto. Eso sí, ha perdido el coche y muchos objetos y ahora no sabe cómo irá a trabajar.
La angustia que tuvo Amalia también la tuvo Hortensia Aguilera, otra vecina de la zona. "Cuando empezó a entrar el agua me subí encima de la mesa. Después, al ver que se incrementaba el nivel [que superó el medio metro], coloqué una silla encima de la mesa y allí me quedé. Lo vi tan negro que dejé de hablar por teléfono para guardarme un poco de batería del móvil por si tenía que despedirme de la familia". Hortensia nos explica su sufrimiento acompañada de sus dos hijas que, ayudadas por dos amigas, vacían la humilde vivienda mientras esperan que vuelva el agua y así poder empezar a limpiar. Como Salvador e Irene, tampoco podían acceder a la zona para salvar a su madre y no paraban de llamar al 112 por si los helicópteros, que entonces rescataban a otras personas, podían acudir enseguida. De nuevo, la solución llegó de los mismos jóvenes que auxiliaron a Amalia y que sacaron de casa a Hortensia con un kayak en unas imágenes que ya se han hecho virales, como la protagonista nos muestra orgullosa con el móvil. "Tuve mucho miedo. Todo el que tengo y más", admite.
Mirar hacia el futuro
Superada la pesadilla de una noche y una madrugada "eternas", las dudas aparecen cuando Amalia u Hortensia miran al futuro. Saben que los episodios torrenciales son cada vez más frecuentes, y que no hará falta esperar cuarenta años –en la zona el último temporal equivalente se registró en el año 1987– para que vuelva a llover tanto. "Ahora me toca irme a la casa de mi hija en l'Alqueria de la Comtessa, pero tengo claro que cuando vuelva a vivir aquí no esperaré tanto. En el momento en que caigan cuatro gotas me refugiaré en los pisos de mis hijas", resume. Quien no sabe qué hará es Rosa Morell, otra vecina del barrio que se queja de la falta de gestión urbanística. "Se ha dejado construir donde antes había marjal u huerta. Y lo que era ilegal, se ha legalizado. Esto tiene difícil solución", resume angustiada.
Antes de marcharnos volvemos a visitar a Amalia, que seca con un trapo sus viejos utensilios de costura. Quizás es lo que menos valor económico tiene de la casa, pero es lo que esta modista jubilada más aprecia. Las tijeras y los dedales los deposita sobre el sofá donde antes descansaban su cuñada y su hijo. Los hilos y las cintas los cuelga en una rejilla para que el sol los seque. "No nos queda otra, volver a empezar y mirar al cielo para que no vuelva a llover de esta forma. Tocaremos madera", concluye.