Independencia en una Europa federal (2 de 3)
Si se acepta que el pueblo catalán tiene derecho a decidir, la siguiente cuestión es práctica: ¿por qué se quiere la independencia? La independencia de un pueblo es para sí mismo, no contra ningún otro. En el fondo, nada más natural que querer decidir para uno mismo.
Sin embargo, en el mundo global la soberanía no es nunca completa, sino en parte compartida. Todos los estados de la Unión Europea han cedido competencias en ámbitos esenciales, y tanto el estado actual de las cosas como el futuro que se vislumbra indican que tendrán que ceder aún más. Ningún estado europeo es nadie en el mostrador global, mientras que la Unión Europea, con más de 450 millones de habitantes y casi 20 billones de euros de PIB anual –sexta parte del total mundial–, es una potencia económica de primer orden y, sobre todo, una potencia social, con el modelo de sociedad globalmente más equilibrado y justo del planeta.
De hecho, la independencia que espero para Cataluña va ligada a la progresiva superación de los estados ya la inserción plena en una Unión Europea organizada federalmente, con una cesión explícita y voluntaria de parte de la soberanía hacia un gobierno europeo democráticamente legitimado. En la práctica, esto significaría el mantenimiento íntegro de todas las competencias que ya ejerce Cataluña, pero sin limitaciones externas, al tiempo que una Europa capaz de actuar unida en política exterior, fiscalidad básica, defensa de los derechos fundamentales, seguridad e integridad territorial, con un único ejército europeo.
Desde esta perspectiva, la independencia es una herramienta para decidir mejor en los ámbitos más cercanos al ciudadano –salud, educación, infraestructuras, políticas sociales– y, a la vez, para contribuir a un proyecto europeo compartido, imprescindible en el mundo actual.