El mercado que ordena la ciudad

Cuando salimos a dar vueltas por el mundo, lo que ahora llaman viajar, todo el mundo recomienda ir a los mercados de donde vayamos a parar. Estos mercados, algunos adulterados, como algunos del Cabo y Casal, u otros más famosos y populares, como los dominicales de algunos puntos de la geografía mundial, son retratos, escaneos y muestras de lo que les rodea. En las paradas, en el orden –o el desorden– de los productos, en las voces que resuenan y en los olores que se mezclan, se puede leer una manera de vivir, de producir y de relacionarse con la comida.

Los mercados, más que ningún otro espacio, explican la relación de una comunidad con su alimentación. Dicen lo que se cultiva, lo que se caza, lo que se compra, lo que se valora y lo que se descarta. Y también dicen cómo se ha decidido poner orden a todo ello. Porque un mercado no es sólo un espacio de provisión: es una decisión política, urbana y cultural.

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En Reus, esta decisión tomó forma en el Mercado Central. Su construcción responde a la voluntad de concentrar y regular una actividad que, hasta entonces, se esparcía por el centro de la ciudad. Puestos al aire libre, venta ambulante y comercio disperso convivían en un espacio que ya no podía asumir el crecimiento urbano ni las nuevas exigencias sanitarias. Ordenar el mercado era en el fondo ordenar la ciudad.

El proyecto del Mercado Central, redactado en los años treinta por el arquitecto municipal Antoni Sardà i Moltó y culminado con la inauguración del edificio en 1949, se inscribe plenamente en esta lógica. No se trata de una arquitectura que busque el espectáculo ni la representación simbólica, sino de un edificio pensado para su funcionamiento. Su clara volumetría, la racionalidad de la planta y la organización interior responden a criterios de eficiencia, control e higiene, pero también de permanencia.

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Dentro del mercado, la comida deja de ser un elemento caótico para convertirse en sistema. Las paradas se ordenan, los recorridos son previsibles, y la luz y la ventilación garantizan unas condiciones óptimas para la conservación de los alimentos. Pero ese orden no anula la vida: la canaliza. El mercado sigue siendo un espacio de conversación, de recomendación, de transmisión de conocimiento culinario. Aquí se aprende a elegir un pez, a reconocer una fruta madura, a cocinar según la temporada.

El Mercado Central de Reus es también un mapa del territorio. Los productos que llegan explican una relación histórica con el Camp de Tarragona: el aceite, los frutos secos, las hortalizas, el vino. El mercado se convierte así en un punto de contacto entre el mundo rural y la ciudad, entre quien produce y quien consume. Esta cercanía, hoy tan reivindicada, ha sido durante décadas una práctica cotidiana.

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Con el paso del tiempo, los hábitos han cambiado. La competencia de otros formatos comerciales, la transformación de los horarios y la forma de cocinar han obligado al mercado a adaptarse. Sin embargo, a pesar de estas transformaciones, el Mercado Central mantiene una función esencial: recordar que la alimentación no es sólo una cuestión de precio o de rapidez, sino de relación, de conocimiento y de territorio.

Cuando hoy visitamos mercados en todo el mundo buscando autenticidad, a menudo olvidamos mirar a los propios. Por eso, con este primer artículo dedicado al Mercado Central de Reus, abrimos una serie dedicada a nuestros mercados municipales, para descubrirnos y reconocernos en la parada del mercado y en nuestra mesa.