Y así es como un pueblo pequeño se hace grande: Prades luce por el eclipse
Campesinos cediendo terrenos para la observación, asociaciones trabajando por el pueblo y bomberos voluntarios
PradesCon un presupuesto discreto –el que tiene un pueblo de montaña de solo 644 habitantes–, organizar la llegada de miles de visitantes para ver el eclipse no era nada fácil. Pero Prades (Baix Camp) lo consiguió. La Generalitat se había comprometido a ayudar solo a los municipios escogidos como puntos de observación que, entre otros requisitos, debían tener más de 3.000 habitantes y más de 55 segundos de eclipse total. Prades, que goza de la acreditación de uno de los mejores cielos de Cataluña, quedaba fuera. Ni un euro. "No nos ha ayudado nadie", lamentaba este jueves la alcaldesa, Lídia Bargas.
Pero a falta de dinero, los vecinos de Prades han puesto voluntad y así ha sido como este pequeño pueblo se ha convertido esta semana en uno de los epicentros para poder ver el eclipse: japoneses, norteamericanos, franceses y catalanes pudieron ver cómo la Luna tapaba completamente el Sol desde los miradores adaptados por el Ayuntamiento. Concretamente, lo pudieron ver desde los terrenos de la familia Guilleno y los de Antonio, que cedieron sus campos gratuitamente para la ocasión. "Pedimos a los agricultores si nos podían dejar sus terrenos y todos nos dijeron que sí", explica la alcaldesa. En total, dos terrenos que suman unas tres hectáreas para ver el eclipse y cuatro más para poder habilitar un millar de plazas de aparcamiento.
"Nosotros lo que queremos es el bien para el pueblo", explica Ramón Guilleno que, de acuerdo con su hermano, cedieron casi una hectárea para que los visitantes tuvieran suficiente espacio para ver el eclipse. En estos terrenos, la familia Guilleno planta un año patatas y otro año mostaza, que ayuda a mejorar la tierra y a que no proliferen las plagas. Este año tocaba plantar la mostaza, pero como cedieron el terreno no lo han podido hacer y justo comenzarán a plantar estos días. A pesar de la generosidad, Guilleno se quita mérito: "En realidad es muy fácil: solo hay que querer hacerlo... y si hay que agradecer, también hay que tener en cuenta a todos los voluntarios del pueblo y a todos los visitantes, que han sido muy cívicos", dice. Ramón recuerda que su padre ya cedía este espacio para que se celebrara el Senglar Rock.
Al lado de su terreno está el de Antonio Sosa y su mujer, Marta Alabart, que también lo cedieron al Ayuntamiento para que los visitantes miraran el cielo. "Y claro que no hemos cobrado nada. Para nosotros es suficiente saber que estamos haciendo un bien por el pueblo", explica Antonio, que estuvo todo el miércoles en su campo ayudando a los turistas. Cuando no los rociaba con la manguera porque hacía demasiado calor, repartía banquillos para que tuvieran dónde sentarse. Llegó a dar una cincuentena. Incluso consoló a algunos asistentes cuando poco antes del eclipse una nube se plantó en medio del cielo y empezó a llover: "No os preocupéis, que ahora viene la brisa marina y se la lleva". Y así fue.
Las que tampoco han descansado estos días han sido las integrantes de la Asociación de Mujeres l'Abellera de Prades, que además de organizar talleres de ganchillo y macramé durante el festival organizado por el Parque Astronómico Montañas de Prades, estuvieron vendiendo bocadillos y bebidas hasta las once de la noche. "Faltaban restaurantes para atender a tanta gente, de manera que el Ayuntamiento nos cedió el Centro Cívico para que vendiéramos bocadillos", explica Judit Serral, presidenta de la asociación. "Este es un pueblo de 640 habitantes y tiene una veintena de asociaciones... y la nuestra siempre intenta participar en todo lo que pasa en el pueblo", añade. Como casi cada año, ha destinado sus vacaciones a hacer cosas para la asociación y para el pueblo.
"Sin todos ellos, no lo habríamos podido hacer", concluye la alcaldesa, que también destaca el papel de los bomberos voluntarios. Bargas reconoce que tenían cierto miedo a que pasara algo o a que se produjeran episodios de incivismo, pero celebra que todo fuera sobre ruedas. "Incluso se marcharon escalonadamente", dice. Antes de marcharse, cada uno de los visitantes le devolvieron las torretas que Antonio les había dejado.