El secreto de la corredora Núria Picas para superar las dificultades de la vida

El deportista recuerda la mejor noche de verano de su vida y las lecciones que extrajo de ella

16/08/2026 - 20:01 h.

Núria Picas recordará siempre la noche de Sant Joan del 2016: “Me puse el reto de correr las dos grandes travesías del Pirineo catalán, Cavalls del Vent y Carros de Foc, en veinticuatro horas, de una tirada”. En total, más de 150 kilómetros que pusieron a prueba la resistencia física, y sobre todo la mental, de la corredora catalana. “Fue una noche muy especial. Empecé por Cavalls del Vent y salí al atardecer desde el Refugio Estasen. Corrí 83 kilómetros durante toda la noche, acompañada por algunos de mis mejores amigos, que se iban repartiendo por tramos. Cuando ya llevaba diez horas corriendo, un helicóptero me llevó al inicio de la travesía de Carros de Foc y seguí corriendo. Nunca me quedé sola, fue muy bonito”, rememora Picas.

Una noche como esta, explica la corredora, necesita mucha preparación. “Diría que solo el 25% de la preparación es física, lo más importante es el trabajo mental y la nutrición”. “Para aguantar una paliza de estas características tienes que saber gestionar muy bien el sufrimiento, tienes que saber que tendrás momentos muy bajos y que tendrás que abrazarlos y continuar adelante. Las carreras de larga distancia son como la vida misma, habrá momentos muy buenos y muy malos. Estos últimos también tienen que estar, en los momentos malos es cuando crecemos de verdad como personas y como deportistas”, reflexiona.

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En estos momentos, dice Picas, la clave del éxito está “en la capacidad de adaptación”, que para ella tiene mucho que ver con “no resistirse a lo que nos está pasando y no dejar que nos hunda”. También, claro, saber que “todo pasa”. “Justo antes de llegar al último refugio cayó una tormenta muy fuerte con rayos y truenos que me dejó agotada, me había desgarrado el tobillo izquierdo y fue una lucha feroz contra los elementos y contra mí misma, pero lo conseguí y valió la pena. Fue la noche más mágica de mi vida, por el paisaje, por los amigos, por el calor de la gente que vino a animarme… después del sufrimiento hay una recompensa infinita”, dice.

Diez años después de aquella hazaña todavía recuerda el rocío sobre la hierba cuando amanecía y los olores que le acompañaban todo el camino: “Los olores de la montaña cobran más fuerza cuando pasas de la noche al día: el olor a rocío, el olor del ganado –hay gente a quien le molesta pero a mí me encanta–, el olor a pino negro y de Alto Pirineo… Lo más fácil siempre es abandonar, pero en la vida y en el deporte nos debemos dar la oportunidad de aguantar. Después miras atrás y dices: menos mal que no me rendí”.