De Tintín a Shakespeare: los eclipses solares, entre ciencia, mito y superstición
Estos fenómenos astronómicos han sido leídos como presagios divinos, armas políticas y pruebas científicas. Su historia es también la del paso del mito al conocimiento
Tintín, el profesor Tornasol y el capitán Haddock se encuentran sobre la pira, esperando que los incas la enciendan con una gran lupa para concentrar la luz del sol. Pero Tintín se dirige al astro rey y le pide que se cubra con un velo si no desea su muerte. El sol se oscurece por completo, y esto causa pánico entre los incas. Tintín pide al sol que vuelva a brillar. La estrella se ilumina y los tres son liberados.
Es uno de los pasajes de El templo del Sol. Tintín había leído que aquel día y a aquella hora habría un eclipse total y había previsto que podría impresionar a los incas. Es bien curioso que una religión basada en el culto al Sol no supiera predecir un eclipse. Muy diferente es lo que ocurre en un cuento del escritor guatemalteco —nacido en Honduras— Augusto Monterroso: El eclipse. Fray Bartolomé Arrazola está a punto de ser sacrificado en un altar en Guatemala, por lo tanto, en territorio maya. Sabiendo que aquel día habría un eclipse total, intenta impresionar a los indígenas diciéndoles que puede hacer oscurecer el sol. Poco después, la sangre del corazón del religioso manaba sobre el altar mientras uno de los indígenas recitaba las fechas en que se producirían eclipses solares y lunares y que los astrónomos mayas habían previsto.
La realidad está mucho más cerca del cuento de Monterroso que de la aventura de Hergé. Hacía mucho tiempo que algunos pueblos sabían predecir los eclipses. Todo se basaba en siglos de observaciones del cielo y en el análisis de patrones. Hacia el siglo VII antes de nuestra era, los caldeos habían establecido un período llamado Saros. Habían medido el tiempo que pasaba entre dos eclipses. Eran 6.585,3211 días, tiempo en el que volvían a coincidir tres ciclos lunares: el período orbital, su fase y el período nodal —los momentos en que su órbita atraviesa la eclíptica. Pero también tenían en cuenta factores de corrección, como la anomalía verdadera —el ángulo del satélite respecto al perigeo, el momento en que la Luna se encuentra más cerca de la Tierra y la anomalía media, la fracción recorrida desde su último paso por el perigeo.
El griego Tales de Mileto usó, entre los siglos VII y VI a.C., un método para calcular fechas de eclipses. No se sabe cómo lo hacía, pero se cree que se basaba en sistemas descritos por babilonios y egipcios. Unos tres siglos más tarde, Aristóteles no predijo eclipses, pero sí que los utilizó como prueba de que la Tierra era esférica. Lo deducía de la sombra que la Tierra proyecta sobre el satélite durante un eclipse lunar.
También los mayas, por desgracia de Fray Bartolomé, sabían predecir eclipses. En un estudio publicado en octubre del año pasado en Science Advances, los arqueólogos John Justeson y Justin Lowry, de la Universidad Estatal de Nueva York, proponían que los mayas habían desarrollado un modelo matemático que les servía de calendario lunar, pero que después les permitió predecir con gran exactitud estos fenómenos.
Los autores analizaron detalladamente el Códice Dresde, un manuscrito jeroglífico que data del siglo XI o XII y que es uno de los cuatro libros mayas precolombinos que se conservan y el más antiguo, copia de otro libro escrito tres o cuatro siglos antes. Abarca 405 meses. Aparte de calendarios rituales, instrucciones ceremoniales, representaciones de deidades y descripción de enfermedades y curas, contiene unas tablas astronómicas extraordinariamente precisas. Gracias al análisis de una tabla de predicción con 69 fechas de luna nueva, los autores han concluido que permitía predecir eclipses solares sucedidos durante más de siete siglos.
"...todo el sol cubrió la luna y podía verse bien siete estrellas en el cielo", podemos leer en El llibre del fets, del rey Jaime I, en referencia a un eclipse que se observó en Montpellier. Los cálculos informáticos han permitido verificar que el eclipse se produjo el viernes 3 de junio de 1239, como explican detalladamente Francisco Pavía Alemany y Marcelino Álvarez Villarroya en el número de primavera de la revista de divulgación científica Daualdeu, que edita la Associació Meridià Zero en la comarca de la Marina Alta.En la Corona de Aragón, diversos monarcas sentían interés por los eclipses y por la astronomía y la astrología en general. En la década de 1290, bajo el reinado de Jaime II, se elaboraron predicciones de eclipses y el mismo rey tenía un Liber de eclipsi en latín, que se hacía eco de la supuesta repetición cíclica de los hechos históricos. En el siglo XIV, Pedro el Ceremonioso encargó a sus astrólogos Pedro Engilbert y Dalmau Sesplanes que elaboraran unas tablas nuevas, calculadas a partir de las coordenadas de Barcelona.Posteriormente, aparecieron otros cálculos detallados, como las Tablas de Perpiñán de 1361, obra del astrólogo judío perpiñanense Jacob ben David Bonjom. Permitían determinar con precisión los eclipses solares y lunares. Fueron escritas originalmente en hebreo y después traducidas al latín, al catalán, al griego y al castellano. Un siglo después, en 1485, el médico valenciano Joan de Bònia elaboró una tabla de eclipses de Sol y de Luna para la escribanía municipal de Valencia.Los calendarios derivados de la observación continuada del firmamento también se aplicaban a la medicina. Los lunarios servían a la llamada medicina astrológica, basada en la creencia de que la salud estaba influida por los movimientos celestes y las posiciones de los astros. Poco a poco, esta parte de la medicina tradicional quedó eclipsada por una práctica científica que se sustentaba en los nuevos conocimientos en anatomía y en el papel de algunos fármacos.
El eclipse que detuvo una guerra
Los mayas llamaban a los eclipses Pa’al K’in, sol roto. Tanto ellos como los aztecas los consideraban predicciones de catástrofes o de hechos muy negativos, como en muchas otras culturas —probablemente la mayoría. Pero en una ocasión un eclipse promovió la paz. Fue en el año 585 a.C., durante un enfrentamiento brutal entre los ejércitos del rey Aliates de Lidia, en la actual Turquía, y el rey Cíaxares de Media, en la actual Irán. En un cruel enfrentamiento en el río Halis —actualmente río Kizilimark—, en Anatolia, se produjo un eclipse total de sol. Ambos bandos pensaron que era un mensaje de los dioses, disgustados por la guerra, y detuvieron súbitamente la lucha. Esto forzó a los dos monarcas a elaborar y firmar un tratado de paz.
La visión de los eclipses como anuncio de desastres atraviesa los siglos y diversas obras de William Shakespeare lo corroboran. El autor inglés habla a menudo de astrología y en el acto 4 de El Rey Lear el conde de Kent afirma que “las estrellas que están sobre nosotros gobiernan nuestras condiciones”. Lo mismo piensa el conde de Gloucester, que en el primer acto considera que “estos últimos eclipses del Sol y de la Luna no son presagio de nada bueno”. El contraste lo ofrece su hijo ilegítimo Edmund, que representa el pensamiento racional. También en el primer acto tilda la idea de estupidez y de excusa y dice que “hacemos culpables de nuestros desastres al Sol, la Luna y las estrellas”, como si fuéramos “borrachos, mentirosos y adúlteros por una obediencia forzada de la influencia planetaria”. La misma idea expresa de forma contundente Cayo en el acto primero de Julio César: “La culpa, estimado Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros mismos”.
En una tablilla de barro con escritura cuneiforme, datada hacia el siglo VII aC, el astrólogo de la corte explica que el rey Asurbanipal le ha pedido que prediga un posible eclipse y extraiga las posibles consecuencias que este fenómeno tendría para el reino.Un poema escrito en un papiro por el griego Arquíloco de Paros describe un eclipse, datado por los investigadores el 6 de abril del 647 aC, cuando Zeus “de un mediodía hizo noche, ocultando la luz del Sol brillante” y añade que desde entonces, “cualquier cosa resulta creíble y esperable/ a los humanos”.En 1926, el artista alemán George Grosz pintaba un cuadro sobre un eclipse total de Sol, con el signo del dólar encima del disco de la estrella. Quería criticar el drama de la Primera Guerra Mundial y las exigencias del Tratado de Versalles de 1919, con los intereses económicos que había detrás, que favorecían nuevamente a los ricos.Son tres de los más de un centenar de elementos culturales de todo el mundo y todas las épocas que recoge el mapa digital “Un mundo de eclipses”, elaborado por la Sociedad Española de Astronomía (https://sea-mundoeclipses.es). Historia, ciencia, literatura y arte aparecen en este atractivo muestrario que ofrece testimonios de los intentos más o menos científicos de explicar el fenómeno, de las creencias que generaba e incluso de su uso metafórico para criticar la sociedad del momento.
El dragón que devoraba el Sol
La vida de Shakespeare prácticamente coincidió con la época isabelina. Los eclipses todavía eran vistos como anuncios de destrucción o actos de poderes malévolos. En Macbeth se explica que uno de los componentes principales de las pociones de las brujas son ramitas de tejo recogidas durante un eclipse de Luna. Pero en los siglos XVI y XVII se fue imponiendo el modelo copernicano y la ciencia en general y la astronomía en particular progresaron para intentar eliminar estas supersticiones. El astrónomo y matemático Thomas Digges y el peculiar John Dee, que también era ocultista, demostraron la posibilidad de predecir con exactitud cuándo se producirían eclipses de Sol o de Luna.
Después de Newton, los cálculos astronómicos ganaron precisión y hoy los ordenadores permiten saber año, día, hora, duración y lugares donde será visible un eclipse con muchos años de antelación. Así, ni se puede usar la predicción para salvarse de la pira o del altar de sacrificios ni a los astrónomos les pasará como a Hsi y Ho. Está documentado que en octubre del año 2137 a.C. se produjo un eclipse en China. En aquella época, los chinos pensaban que el culpable era un dragón que estaba devorando el Sol. Entonces, la gente hacía mucho ruido para ahuyentarlo. Se ve que el sistema siempre funcionaba, porque el eclipse acababa en unos segundos o a lo sumo en unos minutos. Pero al emperador Chung K'ang no le gustó nada que sus dos astrónomos no lo hubieran predicho y los hizo ajustar cuentas. Claro que saber predecirlo tampoco sirvió de nada al Fra Bartolomeo del cuento de Monterroso.