Los humanos no venimos de los monos, sino de... ¿las rocas?
El antepasado común de todos los organismos quizás ni siquiera estaba del todo vivo
¿Cómo comenzó la vida en la Tierra? Esta es una pregunta que nos hemos hecho desde hace siglos y, a pesar de que tenemos unas cuantas ideas formadas, a las teorías más aceptadas todavía les quedan bastantes huecos por llenar. La exploración de cometas que últimamente han pasado cerca ha dado alas a la hipótesis que sugiere que los elementos básicos para construir seres vivos podrían haber llegado del espacio exterior. Efectivamente, parece que los cometas pueden contener algunos de estos elementos clave, y quizás en el pasado los hicieron llegar a nuestro planeta, quién sabe desde dónde.
Pero avancemos un poco y centrémonos en el paso siguiente. Independientemente del origen de estos componentes básicos, ¿qué pasó después? ¿Cómo apareció el primer ser vivo? Este habitante original de la Tierra, del cual habrían derivado todas las formas de vida que han ido surgiendo con el tiempo, ha recibido un nombre: LUCA, las iniciales de last universal common ancestor [el último ancestro universal común].
Los científicos hace años que se preguntan cómo debía ser este LUCA, y gracias sobre todo a los avances en genética, que nos permiten rastrear la historia de los genomas hasta prácticamente su origen, empezamos a hacernos una imagen clara. Pero, a pesar de esto, se ha recibido con bastante sorpresa el trabajo dirigido por el doctor William Martin, biólogo evolutivo de la Universidad Heinrich Heine de Düsseldorf, en Alemania, publicado hace unas semanas en la revista Scientific Advances, donde sugiere que LUCA quizás ni siquiera estaba vivo, tal como entendemos la vida actualmente.
Más parecido a una roca
Después de siglos de estudios y discusiones, hemos acabado concluyendo que el árbol de la vida tiene tres ramas (o dominios): la de las bacterias, la de los arqueas (microbios con ciertas características peculiares) y la de los eucariotas (donde figuramos nosotros, junto con todos los animales, plantas, hongos y algunos microorganismos, y que habría aparecido más tarde). Los tres dominios no surgieron independientemente, sino que evolucionaron de manera separada a partir de un tronco común, un organismo primitivo que es el que hemos llamado LUCA. Este organismo tendría solo una célula y la capacidad de reproducirse y morir, seguramente con algún tipo de material genético rudimentario, y estaría alimentado por alguna forma de metabolismo básico que le proporcionaba la energía necesaria.
Aquí es donde el grupo del doctor Martin hace su propuesta radical: el metabolismo de esta célula primigenia no se parecería al que ahora compartimos, en un grado u otro, todos los seres vivos, sino que serían una serie de reacciones químicas que no tienen nada de orgánicas. LUCA seguramente nació hace más de cuatro mil millones de años en las condiciones extremas del fondo marino, donde había una mezcla variada de compuestos químicos en un entorno de actividad volcánica, y en lugar de utilizar algo parecido a las enzimas que tenemos ahora para obtener energía, simplemente aprovechaba las reacciones químicas en los metales que tenía en el entorno, porque la poca información genética que poseía no le permitía fabricar estas enzimas. Dicho de otra manera, en algunas cosas LUCA se parecería más a una roca que a un ser vivo.
La idea es bastante revolucionaria y, naturalmente, no compartida todavía por todos los expertos. Pero si se confirmara, querría decir que la vida comenzó de una manera híbrida, con la formación de una entidad que ciertamente ya tenía algunos elementos biológicos, pero que todavía dependía de reacciones químicas básicas propias del mundo mineral. Podríamos considerar, de alguna manera, que nuestro primer antecesor no estaba vivo del todo, lo cual no deja de ser una paradoja filosóficamente interesante y, a la vez, un buen baño de humildad. Cómo LUCA encontró la manera de terminar de definir la vida como la entendemos ahora es otro de los misterios que nos quedan por resolver.
Vida en otros planetas
Posiblemente nunca sabremos del todo qué hizo que este planeta perdido en un rincón discreto de la Vía Láctea terminara llenándose de una variedad tan espectacular de formas de vida. Ir tan atrás en el tiempo y pretender encontrar respuestas concluyentes es una tarea prácticamente imposible, incluso con las herramientas fantásticas que la ciencia tiene al alcance hoy en día. Pero, de todas formas, las piezas del rompecabezas que vamos encontrando comienzan a formar una imagen que, aunque incompleta, es de lo más fascinante. Y quizás algún día nos acerque un poco más a tener una respuesta para la otra gran pregunta que viene después: ¿estamos solos en este Universo? ¿Tiene que haber por fuerza vida en otros planetas o somos fruto de una afortunada cadena de casualidades demasiado remotas para repetirse en otros lugares?
Si entendemos cuán fácil o difícil es que aparezca espontáneamente un LUCA, e incluso qué tipo de formas puede tomar, estaremos en mejor disposición de calcular cuán probable es que se den todas las condiciones necesarias para esta chispa inicial. De momento, todo parece indicar que la Tierra no debería ser una excepción y, pocos o muchos, debería haber otros planetas afortunados, sobre todo considerando cuán grande –¡infinito, quizás!– es el Universo. Otra cosa es que coincidamos en el tiempo (y en un espacio relativamente cercano) con una civilización que haya sobrevivido hasta ser lo suficientemente avanzada para comunicarse o –aún más difícil– viajar entre las estrellas, hecho que, a pesar de lo que nos gusta ver y leer en obras de ficción, parece estadísticamente imposible. Conformémonos, de momento, con pensar que seguramente hay –o ha habido– otros LUCA campando por las galaxias, y esperemos que hayan tenido tanta suerte como el nuestro.