Los datos (y no las declaraciones de los científicos) son la madre de la ciencia

“El diablo ya está aquí”, dijo hace unos días el médico experto en enfermedades infecciosas Charles Chiu, de la Universidad de California en San Francisco. Y lo hizo en declaraciones a Los Angeles Times, el segundo periódico más leído en los Estados Unidos después del New York Times. Esta apreciación se refería a la variante del coronavirus descubierta en California. Según explicaba Chiu, la variante es más contagiosa, más mortal, y se escapa con más facilidad de los anticuerpos generados por la infección natural y las vacunas. “Me gustaría que fuera diferente, pero la ciencia es la ciencia”, añadía. ¿A qué ciencia se refería? Veámoslo.

Entre los meses de septiembre y enero, Chiu y su equipo analizaron 2.172 genomas virales y vieron que la variante había doblado su presencia cada 18 días para pasar de ser anecdótica a predominante. También estudiaron 324 pacientes que habían requerido atención hospitalaria y encontraron que los infectados por la variante tenían una probabilidad cinco veces más alta de ingresar en la UCI y once veces más alta de morir. Además, observaron que la gente infectada tenía el doble de carga viral y que en estudios de laboratorio la variante era cuatro veces menos susceptible a los anticuerpos de personas que habían pasado la enfermedad y dos veces menos susceptible a los anticuerpos generados por las vacunas de Pfizer/BioNTech y Moderna. Todos estos estudios todavía no han sido revisados ni publicados.

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A pesar de que estos datos, en caso de que se confirmen y se amplíen, sugieren que la variante californiana puede ser más contagiosa, no se puede descartar la posibilidad que predomine como consecuencia de algún acontecimiento de supercontagio o del simple azar. En cualquier caso, también indican que sería menos contagiosa que la llamada variante británica, que se doblaba cada diez días cuando llegó a los Estados Unidos. Esta última variante ha causado estragos en muchos países, pero se ha podido controlar endureciendo las restricciones y, en lugares como el Reino Unido o Israel, vacunando a la población. En cuanto a la gravedad de la enfermedad y la probabilidad de morir, del grupo estudiado solo ingresaron quince pacientes en la UCI y doce murieron. Estas cifras son bajas y podría ser que, si se ampliara la muestra, las diferencias entre los afectados por la variante y el resto fueran poco significativas.

Anticuerpos y linfocitos T

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Por otro lado, hay varios estudios que muestran que, a pesar de que los anticuerpos neutralizan menos las nuevas variantes, el cuerpo tiene otro sistema de protección que no falla: los linfocitos T. El problema es que estudiar los anticuerpos es fácil y rápido, mientras que estudiar los linfocitos es lento y complicado. Por lo tanto, las conclusiones sobre inmunidad extraídas a partir de estudios con anticuerpos se tendrían que poner en cuarentena hasta que no se confirmen con los estudios de linfocitos.

En un trabajo publicado hace un mes en la revista Cell Reports Medicine, investigadores de La Jolla Institute for Immunology, la institución norteamericana de referencia mundial en inmunología, demostraban que los linfocitos T generados después de una infección natural son capaces de destruir las células infectadas por el virus de una manera que es efectiva contra las nuevas variantes.

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Un nuevo estudio de los mismos investigadores, todavía no publicado en ninguna revista, muestra ahora que los linfocitos T que el cuerpo genera después de recibir las vacunas de Pfizer/BioNTech y Moderna son capaces de actuar contra las llamadas variantes británica y sudafricana, y también contra las del Brasil y California. En resumen, tanto la infección natural como estas vacunas protegen de las nuevas variantes. Las reinfecciones, si se producen, tendrían que ser mayoritariamente más leves. Tal como explica el director de inmunología del Hospital Clínic de Barcelona, Manel Juan, “los linfocitos T son la protección más importante que tenemos contra los virus”.

A la luz de estos datos, la variante de California es, con lo que se sabe hoy, menos diabólica que la británica. Esto no quiere decir que no se tenga que seguir la evolución, ni que, evidentemente, se desatiendan las medidas o se relaje la vacunación. Continúa siendo el mismo virus causante de una epidemia global. En el contexto actual, sin embargo, calificarla de diablo quizás resulta excesivamente alarmista.

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Una de las cosas que la pandemia deja cada vez más clara es que, ahora más que nunca, hay que poner en entredicho el criterio de autoridad. Es decir, no nos tendríamos que dejar deslumbrar por quien dice las cosas y tendríamos que fijarnos más en qué dice y en qué pruebas aporta. Los datos son más importantes que los titulares o las declaraciones virales.