Manuel Martín-Loeches: "Nos cuadra más 'Homo ludens': siempre estamos jugando"
Catedrático de psicobiología
Los vio venir corriendo hacia él un día en Roma. Manuel Martín-Loeches estaba fotografiando una iglesia cuando un grupo le pidió una fotografía. Lo habían reconocido de la tele, que es también donde aparece en su foto de perfil. “Se siente uno orgulloso”, asegura. Es una de las emociones sociales, tan humanas, que ha estudiado el catedrático de Psicobiología de la UCM y es autor, entre otros, de ¿De qué nos sirve ser tan listos? (Destino, 2023), un libro sobre nuestros cerebro, emociones e inteligencia.
¿Inteligencia?
— Una definición que me gusta mucho es la del psicólogo Carl Bereiter: es lo que usas cuando no sabes qué tienes que hacer. Aplicamos la inteligencia cuando ocurre algo nuevo, inesperado; lo demás es memoria.
¿Y los otros animales?
— Se basan en instintos o en conductas que aprendieron de jóvenes, y luego siempre hacen lo mismo. La inteligencia es lo que nos hace mucho más flexibles.
Se dice que los tontos son más felices.
— Se juntan varias cosas. Primero, que casi nadie se siente feliz, porque la felicidad es un concepto ambiguo: en el día a día, como mucho, nos sentimos satisfechos. Y segundo, el sesgo, muy humano por otra parte, de creernos más listos que la media.
¿Entonces?
— Si no soy feliz, será porque yo soy muy listo y veo las cosas como son. Así que la felicidad debe de ser cosa del resto, qie tontos. Pero la evidencia muestra que es al revés: las personas más inteligentes tienen mayores índices de bienestar.
¿Y el científico con un cociente intelectual altísimo pero sin amigos?
— Es otro tópico. He conocido gente brillantísima y amabilísima. Los que tenemos en la cabeza y llaman la atención del público son cuatro, quizá con algún rasgo del espectro autista, pero no son la mayoría.
Muchos siguen hablando de inteligencias, en plural.
— La idea de que existen inteligencias múltiples —una lingüística, una musical, una interpersonal— nos satisface: si no destaco en una cosa, siempre podré encontrar otra en la que sí. Pero se ha demostrado que estas inteligencias no son independientes: quien destaca en una suele destacar en las otras.
Y el científico que inventó la teoría, Howard Gardner, sigue en sus trece. ¿Qué nos dice esto de nuestra naturaleza?
— Que los científicos somos seres humanos. Gardner lanzó un modelo que encajaba con sus intuiciones y con las de mucha gente dispuesta a escucharle. Y la evidencia de miles de estudios en contra no sirvió. Pasó lo mismo con Paul Ekman y sus emociones básicas.
¿Las de Inside Out?
— La película se basa en su modelo, que es muy simple y que maneja todo el mundo. Pero con el tiempo se vio que hubo mucha laxitud en los controles científicos, y hace veinte años que hay modelos mejores. Aun así, Ekman se agarró al suyo hasta que murió.
¿Es tozudez?
— Es muy humano: esa teoría es nuestra y a nosotros nos ha funcionado. Pero en la ciencia no importa quién diga las cosas, por muy arriba que esté en la jerarquía académica. Importa la evidencia que se va acumulando, y eso es imparable.
Dicho así, la ciencia parece contra natura.
— Es muy contraintuitiva. Los humanos tendemos a sacar conclusiones con el mínimo esfuerzo y a agarrarnos a ellas para siempre. La ciencia hace lo contrario: aunque algo parezca claro, hay que darle otra vuelta.
¿Y cuando la respuesta es “no sé”?
— Le resulta muy incómoda a nuestro cerebro. Por eso surgen muchas veces las religiones: historias que dan explicaciones a las cosas que no sabemos y que además reúnen a mucha gente. Que al principio de todo haya alguien parecido a nosotros, que tiene planes, propósitos y hasta ganas de descansar, nos tranquiliza.
¿Somos animalitos hedonistas?
— Sí, como cualquier otro animal, buscamos lo positivo y evitamos lo negativo. La diferencia es que lo que a nosotros nos resulta agradable o desagradable tiene muchísimo que ver con las emociones sociales. Queremos sentirnos orgullosos, importantes, valorados. Y evitar la culpa y la vergüenza.
¿Siempre somos conscientes de ello?
— No. Creemos que hacemos las cosas por las causas más aparentes, cuando puede haber muchas otras ocultas. Es como el sexo: su función biológica es la reproducción, pero lo que buscamos es el placer. La evolución lo hizo agradable para que lo buscáramos; si no, no habría tanta descendencia.
También es más agradable pensar que hay vida después de la muerte.
— Somos la única especie que sabe que va a morir, y ese miedo ha movido montañas. Cuando entres en una catedral, piénsalo.
Si la inteligencia es tan esclava de las emociones, ¿no nos sobra el sapiens?
— Creo que nos pega más Homo ludens: siempre estamos jugando. ¿Por qué llevamos un estilo de ropa y no otro? El uniforme del policía, la bata del médico; todo son disfraces.
Y la toga del juez. No dejamos que un conductor conduzca borracho, ¿por qué sí que un juez juzgue con hambre?
— Por el respeto que se les tiene. Cuando empezaba la tesis, sobre el alzhéimer, vino al laboratorio un hombre que había sido juez. Tenía un deterioro cognitivo relativamente avanzado y había trabajado hasta pocas semanas antes.
¿Cuál es la lección colectiva?
— Sabiendo que los condicionantes existen —biológicos, sociales, de todo tipo— podemos analizar qué hace que algunas decisiones se tomen peor y tenerlo controlado. Así las decisiones que tomamos acabarán siendo mejores.
¿No es un poco de listillo dedicarse a estudiar la inteligencia?
— Al contrario. A veces estudiamos aquello de lo que creemos carecer. Estudiar la inteligencia puede ser un reflejo de que creemos no tener tanta.