Eva y Alberto encontraron el amor en Gràcia y, trece años después, han construido allí una casa abierta a los vecinos

El Fino Bar es de aquellos de toda la vida, donde puedes ir a tomar algo y comer un poco alargando la conversación

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Alberto Ibañez y Eva Monge en la sala del restaurante Fino Bar.
  • Dirección: calle Torrent de les flors, 113, Barcelona
  • Carta: platos para picar
  • Obligatorio: fricandó de butifarra con trompetas de la muerte y senderuelas
  • Vino: diferentes opciones con calidad
  • Servicio: muy atento y preciso
  • Local: pequeño pero bien aprovechado
  • Precio pagado por persona: 35 €

Eva y Alberto lo comparten casi todo: la vida, el trabajo y también una manera de entender Gràcia, el barrio donde viven y donde hace tres años decidieron abrir un restaurante. Hace trece que son pareja y, cuando empezaron a buscar un lugar para montar su propio negocio, lo tuvieron claro: querían crear aquello que echaban de menos en su barrio. “Aquí hay mucha oferta, hay de todo, pero notamos que no había restaurantes que fueran casa. Y decidimos crearlo nosotros”, explica Eva.

La idea inicial, sin embargo, era otra. Montar un bar de los de toda la vida, uno de aquellos lugares donde ir a tomar algo y comer un poco alargando la conversación. Pero pronto se dieron cuenta de que los clientes llegaban con otra intención: querían sentarse, cenar y quedarse allí. Y ellos decidieron escucharlos. Al bar le fueron alargando el horario, la cocina fue ganando protagonismo y, casi sin darse cuenta, acabó convirtiéndose en un restaurante. Así nació El Fino Bar, un proyecto que Eva y Alberto pusieron en marcha con tres amigos más, cada uno con una parcela muy concreta dentro de una aventura compartida. Eva Monge se ocupó del diseño y comunicación del local; Jorge, de la carta de vinos; Jandro, de los números; Pau, del personal, y Alberto Ibáñez, de la cocina.

Precisamente la magia de El Fino es que, a pesar de que hoy funciona como un restaurante, no tiene cocina como tal. “Como tenemos licencia de bar, no podemos tener ni fogones, ni freidora ni plancha”, explica Eva. Y eso obliga a Alberto a cocinar de otra manera, a buscarse la vida y a convertir una limitación en una forma de hacer. Todo ocurre en la barra. Sin grandes aparatos, pero con mucha imaginación. Y así ha conseguido construir una carta sólida, sorprendente y, sobre todo, muy personal. Empezamos con los chicharrones especiales de la casa, acompañados de pan con tomate, y unas gildas clásicas. Después llegan los tomates aliñados con cebolla valenciana y alcaparrones; el queso cremoso ahumado con apionabo asado, uvas y almendras y el steak tartar. Entre los platos calientes, una coca de sobrasada de buey con miel y queso ahumado y, para terminar, un fricandó de butifarra con trompetas de la muerte y senderuelas que sorprende por su intensidad.

Sin artificios

Una cocina que, como el mismo Fino, no necesita mucho artificio para explicar quién es. Pero si hay una cosa que Eva tiene clara es que la clave del Fino no es solo lo que sale de la barra. Son los clientes. Sobre todo los vecinos. “Los más fieles son gente del barrio. Algunos nos han llegado a decir que no hacen la compra y vienen a cenar aquí”, explica. Y en un lugar que quiere ser casa, quizás no hay mejor prueba de éxito que esta. Ser del barrio, sin embargo, también significa estar ahí cuando toca. Si hace falta, salir del restaurante y llegar hasta casa de un vecino. “El otro día, un cliente que no falla nunca se rompió la pierna y le llevamos la comida hasta casa”, explica Eva. No lo dice como una gran gesta, sino como quien explica una cosa que simplemente se tiene que hacer. Como pasa en las casas. A la entrada del Fino siempre espera Serafino, un sapo con una copa de vino en la mano. Es una especie de anfitrión silencioso que da la bienvenida a los que entran.

Eva y Alberto se conocieron cenando en un restaurante del barrio. Años después, decidieron abrir allí El Fino. Y ahora, cuando parecía que ya habían encontrado su lugar, acaban de abrir un segundo proyecto, Sra. Virtudes, también en Gràcia. Hay parejas que comparten una vida. Ellos, además, comparten un barrio, un trabajo y dos casas abiertas a los demás. Porque quizás esto es, al final, El Fino: la manera que han encontrado Eva y Alberto de poner en un mismo lugar todo aquello que aman. Cocinar, cuidar, encontrarse, hacer barrio. Y seguir eligiéndose, trece años después, en el mismo lugar donde un día se encontraron por primera vez.

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