El radar suculento

La familia Molla, siete siglos produciendo vino de payés, melocotones y cerezas en Calonge

El método tradicional del policultivo está amenazado y en cambio es muy beneficioso para su entorno

17/06/2026

CalongeSi la gente trabajara con la mitad de ilusión y energía que Montserrat Molla, podríamos conseguir lo que nos propusiéramos. Lo más curioso es que descubrí el extraordinario trabajo de esta familia de agricultores de Calonge en Bilbao. Visitaba un bar de vinos muy recomendable, Taska Beltz, y un chico muy espabilado me ofreció un vino catalán: “Solo lo tenemos aquí y en El Celler de Can Roca”, dijo. Pensé que me tomaba el pelo. Pero no. Unos días más tarde tuve la suerte de encontrarme con Josep Roca. Y me confirmó que en El Celler tienen el vino de Mas Molla. Se le iluminaron los ojos y me dijo: “¡Tienes que ir! ¡Son agricultores de verdad!” Y ahora soy yo quien os lo dice: id a Mas Molla a comprar vino y fruta. Y si no, los encontraréis también en el Mercat de Sant Antoni, en Palamós; en Sant Feliu; en Platja d’Aro y en Palafrugell. Seguramente es la familia catalana que lleva más años trabajando la misma tierra en el mismo lugar de siempre, desde 1338 hasta ahora, casi 9 siglos.

Cuando llego veo en la puerta de la masía un papel con un número de teléfono para hacerles una llamada si están en el campo, una lista de precios en una pizarra y un cartel recordando que solo aceptan metálico. “Hay veces que ponemos que estamos echando la siesta”, dice Montserrat. Claro, estás en su casa. De hecho, cuando llego Montserrat está recogiendo cerezas. Su hermana le avisa haciendo un sonoro silbido. Aparece, al cabo de nada, con un entusiasmo contagioso. Paso a la cocina y me ofrece un vaso de agua. Qué cocina más preciosa. La mesa redonda que tienen delante de la masía es una estampa bucólica, rodeada de árboles. Allí, unos turistas neerlandeses están haciendo una cata de vinos. A su lado una frondosa morera blanca ya tiene fruto. “¡Prueba una!”, me dice Montse. Y se me lleva a ver sus tierras. Ellas –digo ellas porque lo llevan las tres hermanas Molla, Montse, Núria y Neus– se dedican al policultivo. Los padres, Carles y Maria, andan por ahí porque en una casa de payés siempre hay cosas que hacer. Tienen 14 hectáreas de viña y 4 de árboles frutales. Su familia –que es remença– hace este trabajo desde 1338. Seguramente de antes, pero es el primer documento que tienen. Montserrat habla de la Guerra de los Remensas del siglo XV y la sentencia que dice que una vez el payés gana la libertad del señor feudal, es libre de vender sus productos de manera directa. “Ejecutamos un derecho de la edad media –dice–. Y lo estamos batallando. Cuando nos compráis a nosotros, no compráis vino, aceite o mermelada. Compráis resistencia, paisaje y patrimonio etnográfico. Que haya payeses, os lleváis”. Y que pervivan palabras como veïmar, que es como ella llama a hacer la vendimia.

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Cuando estamos en la viña Montse explica que aquí los turistas vienen “buscando La Rioja”, la idea de grandes extensiones de viña, o Lleida, campos y campos de árboles frutales. Pero no. Este paisaje es diferente. Hay olivo, almendros, cerezos, melocotoneros, perales y albaricoqueros. Márgenes llenos de flores. Biodiversidad. “Lo que era normal antes de la llegada de la agroindustria, los supermercados y los distribuidores”, dice. Son una pequeña isla de agricultura artesanal, que abastece su entorno. Y que además, lo mejora. “Aquí la gente viene a pasear, ¡somos el Central Park de Calonge!”, dice. Este pequeño agricultor está asediado por la burocracia y la normativa europea, dice. Pone ejemplos que rozan el paroxismo.

Cómo lo hacían los abuelos

“Los pequeños agricultores no estamos previstos. Pero estamos aquí y somos necesarios. Y nos están borrando del mapa. Si dijeras que el otro sistema va bien para los agricultores... Pero están cortando las carreteras porque les pagan miseria”, dice, y lo acaba así: “Dejadnos vivir como lo hacían mis abuelos”.

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Los vinos que elaboran no están dentro de ninguna denominación de origen. Solo en Calonge hay 56 variedades de uva, 15 de las cuales son únicas. “Es como tener un Jurassic Park con dinosaurios vivos”. Ahora se pregunta qué plantará para sus nietos. “Yo vivo de lo que hicieron los abuelos y los padres”, explica. Ella vinifica por viñedos. Cada uno en una bota. Con tiza apunta cuántas botellas se quedará cada uno. Las botas están llenas de apellidos de familias que ya han comprado por adelantado. Después embotella, pero no pone etiqueta. “La etiqueta soy yo. Tratas con la persona y ves lo que le gusta”. Los vinos cambian mucho año a año y hace unas 50.000 botellas de media. Tienen un apartado de botellas polvorientas, las que hacen crianza. El apodo se entiende solo. “Cuanto más polvo, más bueno”, dice Montserrat. Pruebo sus vinos y nunca había bebido nada igual. Ella habla de “la maravillosa imperfección”, y creo que es una descripción perfecta. “Ahora lo llaman natural, mínima intervención..., para mí es vino de payés”.

En todos estos años la masía ha sufrido solo dos cambios. La llegada de la electricidad y la de internet. Yo añadiría un tercero: la llegada del turismo. Visitar la masía vale mucho la pena y se puede reservar por internet. Permite entender muchas cosas. Montserrat se sorprende de ver que haya gente que pida cerezas en enero. “La ignorancia nos hace peores consumidores. Tenemos la falsa sensación de que sabemos más cosas que antes, y no es cierto. Hay gente que para ver si lloverá mira el móvil en lugar del cielo”.