Vips&Vinos

Toni Aira: Los políticos con recorrido no pasan de la primera copa

Periodista y profesor universitario

Toni Aira (Barcelona, 1977) es periodista, doctor en comunicación y director del máster en comunicación política de la UPF Barcelona School of Management. Uno de los grandes expertos en comunicación política del país, y autor de Mitólogos. El arte de seducir a las masas (Debate, 2025), Aira sabe por experiencia propia por qué algunos políticos tapan la copa en la segunda ronda.

¿La bebida hace que la comunicación sea demasiado distendida?

— Con vino todo fluye mejor. Cuando quedo con políticos con recorrido, no pasan de la primera copa. Si intentas rellenarla, dicen: "No, no, [hace el gesto con la mano de tapar la copa] ya voy bien". Supongo que ya van entrenados: a la segunda copa, empiezas a hablar más, incluso arriesgas más.

¿Ha vivido la experiencia opuesta?

— Cuando empezaba a hacer periodismo, iba a todas partes donde podía enterarme de las cosas. Entonces se hacían cenas off the record que organizaba gente de la universidad o de la prensa. Eran cenas de unas diez o quince personas, donde traían un personaje que tenía cosas que decir –un político, un empresario, un intelectual–. Era muy divertido: con vino, y después con la copita... La conversación ganaba interés a medida que avanzaba de manera exponencial. Y esto, pasados los años, me ha tocado hacerlo a mí.

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¿También se ha encontrado que empezaba a hablar más a medida que pasaban las copas?

— ¿Sabes qué pasa? Que a mí no me sube mucho el vino, ni el alcohol en general. Si no mezclo bebidas, es muy difícil que me emborrache. Jamás he tenido la sensación de perder el control por mucho que bebiera. Y esto a veces puede ser un problema, porque hay gente que bebe precisamente para desinhibirse, y a mí me cuesta muchísimo. Me gusta estudiar las emociones y cómo influyen en nuestra manera de ser. Y tengo un punto de anclaje en lo racional muy innato, muy poco buscado, y esto a veces es un problema cuando estás de fiesta.

¿Por qué?

— Algunos amigos míos hasta me lo habían reprochado. Decían: “Déjate ir un poco”. Y yo les decía: “¡Si yo estoy estupendo!" Si tuviera que hacer un viaje astral sería un problema... En sus memorias, Lluís Racionero explicaba que experimentó con LSD en los sesenta o setenta. Y yo pensé: me tendría que haber metido toda la carga de LSD para poder empezar a volar como este señor. Pero bueno, como no lo he tenido que hacer, no es un problema.

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¿Alguna vez has perdido un poco el control?

— Quizás los momentos más críticos fueron en Pamplona, en los Sanfermines. Mi abuela por parte de madre era de Pamplona, y allí tengo familia. Mis primos de allí eran gente muy tranquilita, normal, pero cuando eran los Sanfermines era literalmente una fiesta. El calimocho, después te llevaban a ver la corrida –al sol–; era difícil que no acabaras tostado. Mi tía siempre me decía: "¿Te has fijado que aquí en Pamplona los borrachines son simpáticos?".

¿Y le son más simpáticos con vino blanco o negro?

— Tinto, de entrada. Le tengo más afición. En alguna época, mi relación con el tinto había sido diferente, porque me generaba dolor de cabeza y los enólogos decían que los taninos influían. Pero no sé si por una cuestión de entrenamiento, me pasó. Es muy fuerte cómo va cambiando el cuerpo humano, y la cabeza también. Hay cosas que nunca me habría planteado hacer cuando era pequeño, y las he hecho todas.

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¿Por ejemplo?

— Yo pensaba que sería médico. Cuando dije a mis padres que quizás lo que quería hacer era estudiar periodismo, la frase que me dijeron fue: "¿Pero quieres decir que con eso te ganarás la vida?" Una frase mítica, que podría tener su sentido, y que yo no supe responder. Empecé a estudiar óptica-optometría.

¿Encontró algo que le interesara?

— Lo que más me gustaba era la parte más ligada a la anatomía del ojo, que entre otras cosas implicaba ir al mercado. Yo iba a una carnicería en el Mercado de la Unión del Poblenou para pedir ojos de buey para poder diseccionarlos, porque tenían una similitud muy importante con nuestro ojo: para ver el cristalino, la córnea, toda la parte interna del ojo. Era fantástico.

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¿Entonces, qué pasó?

— Que el segundo año dije que no. 

¿Sus padres lo han acabado entendiendo?

— Sí, y han disfrutado mucho. El brillo en los ojos de mi padre cuando hice la tesis, por ejemplo... Veníamos de una familia muy humilde que tuvo que marcharse de Galicia, como muchas otras, porque allí no se podían ganar la vida. Aquella idea de decir: "Hemos progresado, hemos conseguido dar a los hijos lo que antes no existía". El orgullo de mi padre, aquella felicidad, fue grande. Pero nada que ver con cuando le dije que dirigiría la revista Barça. Aquello fue el momento álgido de nuestra relación paternofilial.

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¿Tuvo mucha relación con la familia gallega?

— El abuelo Manolo me llevaba cada día al cole. Vivíamos en el piso de arriba, y yo bajaba y me sentaba disciplinadamente mientras, en la mesa redonda pequeña, el abuelo iba desayunando. Siempre tenían unas bolas de pan gallego –al piso llegaban cajas de embutido, de bebida, sobre todo aguardiente–. No he visto nunca un pan tan compacto. Él cogía una navaja, cortaba un trozo, se lo ponía en la boca y bebía de un vasito con un líquido transparente. Trozo de pan y pum [gesto de beber]. Y claro, este "pum" era de aguardiente. Recuerdo la frase mítica de que no se puede sentar a la mesa sin vino.

¿Y los otros abuelos?

— Hay una anécdota mítica. El abuelo Fernando no sabía hablar mucho castellano. Y era un señor muy educado: lo recuerdo con unos cabellos blancos estupendos, hasta un poco azulados. Cuando te quería llamar la atención porque en la mesa no habías comido lo suficiente educadamente, decía: "Aquí ha comido un cerdo".

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¿Aparte del vino, qué le gusta beber?

— El Amaretto Sour es un tema que me encanta. Con aquella cereza que pones ahí... Es buenísimo; una bomba calórica, evidentemente. Pero en el sobremesa encaja a la perfección. Monté una serie de encuentros en casa que llamaba CulinAires...

¿CulinAires?

— No sé cocinar. Yo ponía toda la logística: las bebidas, los vermuts para la previa, el vino, pero ellos me enseñaban cómo hacer una receta. La gente más joven hacía risottos y lasañas vegetarianas deliciosos. El Jaume Casals, que fue rector de la Pompeu Fabra, hace unos fideos a la cazuela buenísimos. Al final no era la comida: era encontrarse, tomar el vermut, comer, reír y hacer la sobremesa, que podía alargarse muchísimas horas. Es la excusa para encontrarse. Y esto es muy catalán, ¿no?

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¿En qué sentido?

— Recuerdo el libro All Too Human, de George Stephanopoulos, el gran jefe de comunicación de Bill Clinton en la Casa Blanca. Terminó con muchísimas adicciones, sobre todo a las drogas pero también al alcohol, y su desintoxicación fue el motivo del libro. Allí decía que dos buenas químicas inesperadas pueden hacer que lo que parecía imposible salga. Pues los catalanes lo resolvemos en la mesa. A la manera de Dionisio.

Dios de la viña y el vino.

— Pero tambié de la vehemencia del teatro, de las fiestas, de las orgías. Normalmente, se le representa con uvas, pero también con una pantera. Y creo que esto es bastante nuestro: San Juan, la relación con el fuego y la bebida. Dioniso había sufrido mucho –la mujer de Zeus pidió que lo mataran y, en algunas versiones del mito, lo recomponen después de que lo hayan destrozado–. Una juventud muy tortuosa, que llevó a que aquel hombre solo quisiera vivir bien... En somos descendientes directes.

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¿También los más jóvenes?

— Hace no mucho hice un artículo que se llamaba "No os riáis de los jóvenes". Si ahora los jóvenes relacionan la fiesta con beber y estar fuera de sí, también es porque estamos formando unas generaciones que lo han pasado cíclicamente muy mal: la crisis de 2008, las crisis políticas, la pandemia, guerras en cada esquina, la crisis de la vivienda... No justifico que alguien quiera abstraerse totalmente, pero la voluntad de abstraerse de este mundo tan heavy también se entiende.