Gente mayor

El pueblecito que ha encontrado la manera de alimentar bien a los abuelos

Las escuelas de Corbins y Artesa de Lleida y el centro de día de Fondarella cocinan menús para los alumnos y para la gente mayor

Corbins / TàrregaBrócoli con patatas y pavo en la jardinera: lentejas estofadas y tortilla de jamón; macarrones a la boloñesa y nuggets de brócoli; sopa de garbanzos y albóndigas de ternera; y cada jueves, pescado fresco del mercado. Estos son algunos de los menús que ofrece la escuela Sol Ixent de Corbins (Segrià), tanto para sus alumnos de primaria como para los de la guardería municipal. Todos los platos se cocinan en las instalaciones del centro. Comida caliente y, en muchos casos, de proximidad. Y, desde septiembre pasado, también es una comida intergeneracional.

Una decena de abuelos, la mayoría solteros o viudos, también disfrutan cada día de estos menús. Solo los días lectivos, está claro. Se trata de una iniciativa promovida, desde principio del curso escolar, por el ayuntamiento, con el visto bueno de la Associació de Famílies d’Alumnes y de la empresa educativa 7 i Tria que gestiona el comedor desde hace unos años. El objetivo es atender una demanda que, aunque minoritaria, muchos corbinenses consideran esencial. “Si no somos capaces de cuidar a nuestros niños y a nuestra gente mayor, ya podemos decir adiós al pueblo”, manifiesta la concejala Yolanda Romero. Y es que el municipio, de unos 1.500 habitantes, tiene un 20% de la población de más de 65 años.

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Por poco más de seis euros por menú, todos los miembros de la Asociación de Jubilados y Pensionistas Santa Quitèria de Corbins pueden llevarse la comida escolar a casa o, incluso, comerla en el mismo Casal d'Avis.

La entidad tiene unos 200 socios, pero de momento solo once están inscritos en este servicio de comedor. “Son poquitos, pero confiamos en que el boca a boca haga que la iniciativa se vaya ampliando con el tiempo”, dice Romero. En todo caso, “podemos confirmar que ha tenido muy buena acogida”, añade el alcalde, Jordi Verdú.

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Poco antes de las doce del mediodía, cuando la comida ya está lista, un trabajador de la brigada municipal va a recoger las raciones a la escuela y las lleva aún calientes al Casal d’Avis. Allí, una miembro de la junta directiva de la Associació de Jubilats se encarga de repartirlas entre los usuarios que las vienen a buscar. “En casa, muchos se harían ensaladas y platos fríos, y con este servicio tienen unos guisos que gustan mucho”, explica Lluïsa Trilla, la presidenta de la asociación.

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Los hombres que viven solos son el perfil más frecuente de este servicio. “Ellas se las arreglan muy bien aunque vivan solas”, asegura Trilla. El último que se ha apuntado al servicio es Josep Llobet, viudo desde hace poco más de un año. “Vengo por primera vez para probarlo”, dice Llobet, que acude al casal después de haber sido avisado por una familiar.

Los menús son exactamente los mismos que comen los niños de la escuela. “Con una porción más generosa para los mayores”, matiza Karima Baouchi, la cocinera del centro. Se da la circunstancia de que esta profesional se ha incorporado al trabajo este mismo curso, procedente de una larga experiencia de 25 años cocinando en una residencia geriátrica de Balaguer. Los de Corbins son ahora, pues, unos fogones escolares pensados también para la gente mayor. “Tiendo a cocinar con muy poca sal y menos grasas –explica Baouchi–, cosa que también les va muy bien a los niños”.

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La cocinera comienza su jornada en la escuela de Corbins a las ocho de la mañana. Está sola en la cocina y se encarga de prepararlo todo para que la comida esté lista puntualmente cada mediodía. En el comedor, hay también Toñi Molina, la coordinadora que atiende y recoge todas las demandas, tanto de los alumnos de la escuela y la guardería como de los socios del Casal d’Avis. En total, se suelen cocinar cerca de un centenar de comidas diarias. “Aquí tenemos la premisa de que nadie puede quedarse con hambre, ni grandes ni pequeños”, reivindica Molina.

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“Yo, a veces, me guardo un poco de la comida para más tarde, para cenar, porque no me lo puedo acabar todo”, reconoce Ramon Solans, otro de los abuelos de Corbins que disfruta del menú escolar. “Siempre lo encuentro buenísimo y, sobre todo, sano porque lo cocinan pensando también en los niños”, añade Solans, viudo desde hace siete años y que, cuando no hay escuela, suele cocinar en casa “tan bien como puedo”.

Pero no todos los usuarios son hombres solteros. Frederic Montcasí es un abuelo casado que recoge la comida escolar solo jueves y viernes. “Lo hacemos porque así la mujer puede descansar un par de días, antes de ponerse a cocinar fuerte para el fin de semana”, argumenta.

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Una lenta mancha de aceite

Corbins ha sido uno de los primeros municipios que ha puesto en marcha este comedor escolar intergeneracional. De hecho, desde que lo anunciaron, se ha generado un importante impacto mediático. “Me han llamado de diversos pueblos de Cataluña interesados en conocer la iniciativa y cómo está funcionando”, asegura el alcalde. Y parece que esto empieza a extenderse como una lenta pero imparable mancha de aceite.

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De hecho, Corbins hoy ya no es el único pueblo que saca adelante esta iniciativa. A principios de este 2026, la escuela Til·lers de Artesa de Lleida está haciendo exactamente lo mismo. Allí, el comedor lo gestiona Quàlia, una cooperativa de iniciativa social de Tàrrega que desarrolla servicios de ocio, socialización y alimentación. La entidad tiene una larga experiencia en cocinar y distribuir comida para todo tipo de colectivos. Tanto desde su sede central en la capital del Urgell, como dentro de las mismas cocinas escolares y de las residencias, su personal cocina el mismo menú para todos, sea cual sea el usuario final (intolerancias aparte, claro). El año pasado, la entidad cocinó para más de 7.000 personas desde 63 comedores diferentes (entre las tierras de Lleida y la Conca de Barberà).

Ahora, sin embargo, en Artesa de Lleida inician una nueva etapa. La cocina de la Escola Til·lers sirve comidas a sus alumnos y, desde hace unas semanas, a una decena de ancianos. Se trata de una medida que se prevé que crezca a medida que se vaya haciendo más popular. “Si no hubiera este servicio, seguramente la gente mayor del pueblo que vive sola continuaría yendo al bar o se comería un plato precocinado”, dice Eva Codina, una de las responsables del área de alimentación de Quàlia.

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La cifra de comensales de la tercera edad es aún fluctuante, porque hay muchos eventuales. “A menudo depende del menú del día que ofrecemos, si les interesa o no”, reconocen fuentes organizativas.

Por otro lado, las experiencias de comedores intergeneracionales no tienen lugar necesariamente dentro de una escuela. Hay otras experiencias que funcionan a la inversa. Es el caso de Fondarella, un pueblo del Pla d’Urgell que, también desde el pasado septiembre, utiliza la cocina de la residencia geriátrica para alimentar a los alumnos de la escuela pública.

Los expertos en ocio y alimentación consideran que la experiencia de cocinar para más de un colectivo es orgánica. El progresivo envejecimiento de los pueblos ha hecho que velar por la gente mayor sea considerado un servicio público esencial. No en vano, cerca del 60% de los comedores que gestiona Quàlia son en municipios de menos de 600 habitantes.

Pero esta preocupación no es solo patrimonio de los pueblos. Precisamente este enero, la Paeria de Lleida puso en marcha un servicio de comedor en tres centros senior municipales. Las personas de más de 60 años, sobre todo las que viven solas, tienen así la oportunidad de comer cada día “en buena compañía, con una dieta equilibrada”, explican portavoces municipales.