Eclipse, Murdokus y primeros trabajos
Pues ya estaría. Esta semana volvemos a la escuela y aunque de cara a la galería maestros y alumnos no paramos de decir “qué pereza y qué pocas ganas”, la realidad es que siempre nos ilusiona (aunque sea un poquito) volver a empezar. Poner en marcha un nuevo curso es como volver a enamorarse: ropa nueva, organizar planes, ganas de hacerlo bien. Este año, sí.
Para nosotros el año empieza ahora, nuestro ritual no es el de las doce campanadas, es estrenar la agenda y escribir el horario. En nuestra casa dejamos atrás el verano de los primeros trabajos. Dos de mis hijos ya han trabajado y no han podido disfrutar de los días eternos de levantarse tarde, holgazanear en el sofá y tener como único objetivo salir con los amigos. Qué brutalidad de aprendizaje, el primer trabajo.
Muchas horas de pie, sin móvil y de cara al público sudando la camiseta. Al principio tuve mis dudas porque uno de ellos me dijo que le gustaba tantísimo ir al trabajo que no le veía mucho sentido terminar el bachillerato. Dos meses después, con poquísimo tiempo libre y mucho cansancio acumulado, tiene clarísimo que quiere seguir estudiando y, de hecho, me ha dicho que “nunca había tenido tantas ganas de volver a la escuela”. Literal.
También dejamos atrás el verano de los Murdokus (una mezcla de Sudoku y Cluedo para resolver asesinatos a partir de pistas). Quién nos iba a decir que un pasatiempo se convertiría en el protagonista de este verano tórrido y que todos nos romperíamos la cabeza para saber quién ha matado a Vincent. Qué emoción ver un libro que se hace viral como entretenimiento y no solo como lectura. Ha sido la ocasión perfecta para que los adolescentes poco o nada lectores hayan descubierto que un libro también puede ser divertido. Tengo la sensación de respirar una nostalgia analógica y noto que, por fin, estamos aprendiendo a desconectar del móvil y tendemos a recuperar el papel. En la playa he visto a mucha gente haciendo pasatiempos de todo tipo y cuadernos de verano de adultos que me han recordado a los cuadernos de vacaciones que siempre se quedaban a medias.
Dejamos atrás el verano del eclipse. Iba escéptica y no pensaba que me impactara tanto ver cómo el cielo se oscurecía y el anillo brillaba. Era un tema que me interesaba entre poco y nada y hasta esa misma mañana no me compré las gafas. Aprovechando que en Calafell (donde vivo todo el año) se veía al 100%, muchos amigos vinieron a casa y compartimos juntos un momento único, precioso, perfecto. Un descampado, cervezas en una neverita y sillas de playa porque ya tenemos una edad. Creo que, además del eclipse, a todos nos queda para siempre el recuerdo de las personas que estaban con nosotros el doce de agosto.
Y como dice la canción del verano, quizás solo “era eso”. Una tarde de verano, un grupo de amigos y darnos cuenta de que siempre queremos demasiado y necesitamos poco. Dejamos atrás el verano en que los jóvenes han querido hacer caer a los influencers porque les crean falsas necesidades y les hacen creer en una vida de ficción. Por fin los adolescentes empiezan a alzar la voz y a reivindicar que no hace falta coger ningún avión en verano, que es normal trabajar y ayudar a los padres y que no todo el mundo tiene un grupo enorme de amigos en la Costa Brava. He visto mucho contenido en castellano reivindicando alejarse de ser una pilates girl que bebe matcha en Formentera, porque eso ya no se lo cree nadie.
La vida es aquello que pasa cuando no nos estamos haciendo fotos. Nos espera una semana de preparar material escolar, pensar en extraescolares y volver a la escuela con las libretas en blanco y la piel morena. También es el momento de enviar mensajes para reencontrarnos con las personas que nos despiertan el interés de un Murdoku, las sensaciones de un eclipse y que, a su lado, vivimos en analógico. Bienvenidos al nuevo curso.