Entrevista

Júlia de Paz: "Es difícil para un hijo aceptar que no quiere ver a su padre"

Cineasta, directora de 'La buena hija'

18/04/2026

BarcelonaYa se puede ver en los cines La buena hija, de la directora Júlia de Paz (Sant Cugat del Vallès, 1995), que muestra las consecuencias de la violencia vicaria y de la violencia machista sobre los niños, víctimas a menudo no reconocidas. Y lo hace a través de Carmela, una niña de 12 años, que tiene que acudir periódicamente a un punto de encuentro para reunirse con su padre, a quien idolatra. Poco a poco, sin embargo, la niña –y con ella, el espectador– irá descubriendo cómo es él realmente y también su manera de ejercer violencia psicológica.

¿Por qué este tema para tu segunda película?

— Todo comenzó hace siete años, porque una de mis amigas estaba trabajando en un punto de encuentro familiar. Yo no tenía ni idea de qué era y ella me lo explicó desde un punto de frustración porque había casos en que veía claramente que no era buena idea que el niño se viera con el progenitor, en este caso el agresor, pero ella tenía que cumplir la ley. Y, a partir de aquí, con Núria Dunjó, que es la coautora de la película, visitamos puntos de encuentro y nos entrevistamos con mujeres supervivientes de violencia machista. Nos encontramos con que muchas de ellas compartían un miedo enorme por sus hijos e hijas, que, al no sufrir violencia física ni sexual, judicialmente no eran consideradas víctimas y tenían que continuar viéndose con el progenitor. Como es un tipo de violencia, la psicológica, más difícil de demostrar, no hay suficiente acompañamiento ni recursos para hacer una valoración continuada de estos niños. Y prevalece la idea del pater familias. No se quiere romper con esta idea normativa de familia, y los hijos lo tienen que continuar viendo. Empezamos una investigación, que duró cinco o seis años, y la ignorancia de preguntarnos si realmente es así la situación de estos niños es lo que nos llevó a hacer la película.

¿Qué situaciones presenciasteis? ¿Los hijos querían reunirse con los padres?

— Había de todo, pero sí que es cierto que nos encontrábamos muchos casos en los que no querían y, al llegar al punto de encuentro, tenían ataques de pánico. Decían claramente que no querían, y, aun así, se forzaba que tuvieran la visita.

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No acostumbramos a oír la voz de estos niños. Ni a verlos en pantalla.

— Creo que es porque se impone una mirada adulta sobre ellos. Se les resta valor a su discurso y a lo que ellos quieren. Pero también es complicado que estos niños acepten no querer ver al padre. Es muy difícil aceptar que una persona a la que quieres pueda tratarte y violentarte así. Y también porque es difícil leer ciertas violencias porque nos han educado para normalizar y aceptar muchas, sobre todo psicológicas, que forman parte ya del mismo sistema machista. Al final, la responsabilidad que tiene este niño de decir “No quiero ver a mi padre” es muy grande. Pero si hubiera un acompañamiento, entonces también se le quitaría responsabilidad.

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También para los adultos es difícil a veces percibir la violencia psicológica. ¿Qué haría falta para empezar a entender que también es una forma de violencia?

— La respuesta está en la educación y en extender lo que entendemos como violencia, es decir, los límites de lo que se considera violencia. Debemos plantearnos quién está decidiendo este catálogo. Hay que replantear lo que hasta ahora hemos considerado violencia y lo que no.

En la película el padre, interpretado por Julián Villagrán, es un personaje que hasta puede caer simpático hasta que te das cuenta de cómo es realmente.

— Queríamos que el público hiciera el mismo viaje que Carmela, la hija. Que incluso puedas empatizar en ciertos momentos con el padre para generar una cierta incomodidad en el público, ya que poco a poco vamos descubriendo quién es.

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Una pregunta que te plantea la película es si personas así pueden ser buenos padres.

— Más que responder sí o no, porque al final hay casos muy diferentes, creo que debemos preguntarnos qué tipo de educación y de vínculo tiene con su hijo o hija una persona que se relaciona desde la violencia. Yo me pregunto más esto. ¿Una persona que entiende el amor desde el miedo al abandono, desde el control, desde el poder, qué tipo de vínculo tendrá con su hijo o hija? ¿Qué educación le dará?

¿Y qué rol tienen las madres aquí?

— Nos encontramos con que es una situación con bastante conflicto porque las madres son la zona de seguridad y esto también provoca que sea el espacio donde los hijos e hijas proyecten la rabia, la culpa, la frustración... Es una situación muy complicada, tanto para los infantes como para las madres. Si ahora la maternidad es complicada, imagínate en una situación en la que emocionalmente estás rota, donde hay falta de recursos... El vínculo es frágil, pero a la vez también muy fuerte, porque tienen muy claro que deben proteger y cuidar a estos hijos e hijas.

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¿La violencia machista ha estado bien representada en el cine?

— Hay películas brutales que hablan de la violencia machista, como Te doy mis ojos, o El bola, que son grandes referentes, y suerte que están. Pero cuando hicimos investigación sí que echamos de menos la representación de la violencia psicológica, que es más difícil de detectar. Y es curioso porque en los coloquios nos estamos encontrando que hay personas del público que no ven nada de violencia en la película. Creo que es este diálogo posterior el que es interesante de esta película: ¿or qué hay personas que no lo ven como violencia? Y, justamente, lo estamos haciendo por eso.

¿Y qué dicen?

— Es un tipo normal, que lo ven narcisista, pero que no lo consideran violento. Nos han hecho creer cómo debe ser un maltratador, como un cliché, y si no es así, entonces ya no lo leemos como un maltratador. Y la violencia va mucho más allá.

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¿Cómo afecta el proceso madurativo de estos infantes?

— Son niños que tienen que madurar mucho antes, que tienen que forzar entrar en este mundo adulto cuando aún no les toca, porque, en vez de vivir, tienen que sobrevivir.

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Carmela está en plena adolescencia, ¿qué tipo de adolescencia querías mostrar en pantalla, también libre de clichés?

— No queríamos que el mundo de la adolescencia tuviera nuestra mirada adulta, la de Nuria y mía. Sí que nos hemos revisitado mucho a nosotros con aquella edad, y también hemos dado mucho espacio a las mismas actrices que salen en la película para que incorporaran su experiencia. También hicimos mucha escucha, por ejemplo, nos fijábamos mucho en conversaciones que oíamos en el metro, en la calle y nos las apuntábamos. Y hemos querido mostrar el primer amor, el hecho de fumar, de cantar, de estar con las amigas... Era importante enseñar también esta luminosidad.

Es bonito el vínculo que hay entre las amigas en la película.

— Sí, esto era un homenaje a nuestras amigas. Porque, al final, a mí, quienes me han salvado de todo han sido mis amigas.

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