Entrevista

Júlia de Paz: "Había niños que tenían ataques de pánico porque se les forzaba a ver a su padre"

Cineasta, directora de 'La buena hija'

16/04/2026

BarcelonaEste viernes se ha estrenado en cines La buena hija, de la directora Júlia de Paz (Sant Cugat del Vallès, 1995), la cual muestra las consecuencias de la violencia vicaria y de la violencia machista sobre los niños, víctimas a menudo no reconocidas. Y lo hace a través de Carmela, una niña de 12 años, que debe acudir periódicamente a un punto de encuentro para reunirse con su padre, a quien idolatra. Poco a poco, sin embargo, la niña –y con ella, el espectador– irá descubriendo cómo es él realmente y su forma de ejercer violencia psicológica.

¿Por qué este tema para tu segundo película?

— Todo comenzó hace siete años porque una de mis amigas estaba trabajando en un punto de encuentro familiar. Yo no tenía ni idea de qué era y ella me lo explicaba desde un punto de frustración por tener que cumplir una ley en la que ella, en muchos momentos, no creía. Porque había casos en que veía claramente que no era buena idea que el niño se visitara con el progenitor, en este caso el agresor, pero ella tenía que cumplir la ley. Y a partir de aquí, con Nuria Dunjó, que es la coautora de la película, empezamos a visitar puntos de encuentro y a entrevistarnos con mujeres supervivientes de violencia machista. Y lo que nos encontramos es que muchas de ellas compartían un miedo enorme por sus hijos e hijas que, al no sufrir violencia física ni sexual, judicialmente no eran consideradas víctimas de la violencia y tenían que continuar viéndose con el progenitor. Como es una violencia, la psicológica, más difícil de demostrar, no hay suficiente acompañamiento ni recursos para hacer una valoración continuada de estos niños. Y prevalece la idea del pater familias, no se quiere romper con esta idea normativa de familia y los hijos tienen que continuar viéndole. Empezamos una investigación, que duró 5 o 6 años, y la ignorancia de preguntarnos si realmente la situación de estos niños es así, es lo que nos llevó a hacer la película de La buena hija.

¿Qué situaciones presenciaron? ¿Los hijos querían reunirse con los padres?

— Había de todo, pero sí que es cierto que nos encontrábamos muchos casos en los que no querían, y, al llegar al punto de encuentro tenían ataques de pánico, decían claramente que no querían, y aun así, se forzaba que tuvieran la visita.

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No acostumbramos a oír la voz de estos niños. Ni a verlos en pantalla.

— Creo que es porque se impone una mirada adulta sobre ellos. Se les quita valor a su discurso y a lo que ellos quieren. Pero también es complicado que estos hijos e hijas acepten no querer ver al padre. Es muy difícil aceptar que una persona a la que quieres pueda tratarte y violentarte así. Y también porque es difícil leer ciertas violencias porque nos han educado para normalizar y aceptar muchas violencias, sobre todo psicológicas, que forman parte ya del mismo sistema machista. Al final, dar la responsabilidad a este niño de decir no quiero ver a mi padre es muy gorda. Pero si hubiera un acompañamiento de ver realmente qué está pasando, entonces también se le quitaría responsabilidad.

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También para los adultos es difícil a veces percibir la violencia psicológica. ¿Qué haría falta para empezar a entender que también es una forma de violencia?

— La respuesta está en la educación y en extender lo que entendemos como violencia, es decir, los límites de lo que se considera violencia. Debemos plantearnos quién está decidiendo este catálogo. Hay que replantear lo que hasta ahora hemos considerado violencia y lo que no.

En la película el padre, interpretado por Julián Villagrán, es un personaje que incluso puede caer simpático hasta que te das cuenta de cómo es realmente.

— Queríamos que el público hiciera el mismo viaje que Carmela, la hija. Que incluso puedas empatizar en ciertos momentos con el padre también para generar una cierta incomodidad en el público, ya que poco a poco vamos descubriendo quién es.

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Una pregunta que te plantea la película es si personas así pueden ser buenos padres.

— Más que responder sí o no, porque al final hay casos muy diferentes, creo que debemos preguntarnos qué tipo de educación y de vínculo tiene con su hijo o hija una persona que se relaciona desde la violencia. Yo me pregunto más esto. ¿Una persona que entiende el amor desde el miedo al abandono, desde el control, desde el poder, qué tipo de vínculo tendrá con su hijo o hija? ¿Qué educación le dará?

Y qué rol tienen las madres aquí?

— Nos encontramos con que es una situación con bastante conflicto porque las madres son la zona de seguridad y esto también provoca que sea el espacio donde los hijos e hijas proyecten la rabia, la culpa, la frustración... es una situación muy complicada, tanto para los hijos e hijas como para las madres. Si ahora la maternidad es complicada, imagínate en una situación en la que emocionalmente estás rota, donde hay falta de recursos... El vínculo es frágil, pero a la vez también muy fuerte, porque de alguna manera ya tienen muy claro que deben proteger y cuidar a estos hijos e hijas.

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¿La violencia machista ha estado bien representada en el cine?

— Hay películas brutales que hablan de la violencia machista, como es Te doy mis ojos, o El bola, que son grandes referentes, y suerte que están ahí. Pero cuando hicimos investigación sí que echamos de menos la representación de la violencia psicológica, que es como más difícil de detectar. Y es curioso porque nos estamos encontrando en los coloquios que hay personas del público que no ven nada de violencia en la película. Creo que este diálogo posterior es lo que es interesante de esta película: ¿por qué hay personas que no lo ven como violencia? Y, justamente, la estamos haciendo por eso y por el diálogo posterior.

¿Y qué dicen?

— Es un tipo normal, que ven como narcisista, pero que no consideran violento. Nos han hecho creer cómo debe ser un maltratador, que es alguien como un cliché, y si no es así, entonces ya no lo leemos como un maltratador. Y la violencia va mucho más allá.

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¿Cómo afecta el proceso madurativo de estos infantes?

— Son niños que deben madurar mucho antes, que deben forzar entrar en este mundo adulto cuando aún no les corresponde, porque, en vez de vivir, deben sobrevivir.

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Carmela está en plena adolescencia, ¿qué tipo de adolescencia querías mostrar en pantalla, también libre de clichés?

— No queríamos que el mundo de la adolescencia tuviera nuestra mirada adulta, la de Nuria y mía. Sí que nos hemos revisitado mucho a nosotras con aquella edad, y también hemos dado mucho espacio a las mismas actrices que salen en la película para que incorporaran su experiencia. También hicimos mucha escucha, por ejemplo, nos fijábamos mucho en conversaciones que oíamos en el metro, en la calle y nos las apuntábamos. Hemos estado muy abiertas a reconectar con esta adolescencia para no dar esta mirada adulta. Y hemos querido mostrar el primer amor, el hecho de fumar, de cantar, de estar con las amigas... Era importante enseñar también esta luminosidad.

Es bonito el vínculo que hay entre las amigas en la película.

— Sí, esto era un homenaje a nuestras amigas. Porque, al final, a mí, quienes me han salvado de todo han sido mis compañeras.

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