Familia

Hermanos con una gran diferencia de edad: ¿cómo construir la relación?

La calidad de la relación dependerá del clima familiar, de los roles bien definidos y de las oportunidades que la familia ofrezca para que los hermanos construyan un vínculo cercano

17/09/2026 - 07:02 h.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda dejar pasar al menos tres años entre un embarazo y otro para favorecer la recuperación física y emocional de la mujer entre ambas gestaciones, y diversos estudios científicos afirman que la diferencia de edad idónea entre hermanos sería de entre 1 y 4 años. Aun así, ya se sabe: una cosa es la teoría y otra bien distinta, la práctica. Que se lo digan si no a Laura y a Joan, una familia ensamblada donde él aportaba una hija, Emma, la cual en enero, con 13 años, se convirtió en hermana mayor de la primera criatura en común de la pareja, Agnès. La diferencia de edad, sin embargo, no fue el principal quebradero de cabeza de ambos progenitores a la hora de plantearse ampliar la familia, y es que, para Laura, la preocupación era “pensar que Emma había crecido hasta entonces como hija única y desconocer si tener hermanos realmente le podría hacer ilusión”. A Joan, en cambio, le preocupaba desconocer cuál sería la reacción de su hija mayor, así como “la incertidumbre de saber si la aceptaría a todos los efectos como hermana aunque no tuvieran la misma madre”.

Posibilidades de una crianza muy poco coincidente

Cada familia, según sus hábitos y sistema de vida, puede tomar unas decisiones u otras respecto al momento de tener hijos. “No hay normas establecidas, por suerte, pero es una realidad que cuando las edades son próximas hay más complicidad y más conexiones en el ámbito del pensamiento evolutivo”, apunta la pedagoga Àngels Mayor. La también maestra de la escuela Gravi matiza no obstante que, cuando la diferencia es muy grande, puede ser que haya una crianza “muy poco coincidente, casi como dos hijos únicos, ya que pueden estar en estadios muy distantes de su desarrollo físico y mental”.

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Independientemente de la diferencia de edad, Mayor subraya que la relación continuará aportando todos los beneficios de tener hermanos, como por ejemplo “tener más habilidades sociales, más situaciones de compartir, discutir y buscar soluciones a los desacuerdos”. Cuando las edades son más lejanas, señala, quizás no tendrán los mismos intereses, “pero el hecho de compartir el mismo hogar y familia fomentará los vínculos de respeto interpersonales y la complicidad de pertenecer al mismo grupo”. A su vez, añade la pedagoga, los aprendizajes de una buena comunicación, gestión de las emociones, la paciencia, se trabajarán desde muy pequeños, “observando a los hermanos mayores”. Ya que, apunta, los pequeños “posiblemente tendrán a los adultos y al hermano mayor como modelo referente”.

Menos rivalidad directa

El hecho de formar parte de una familia ensamblada, como el caso de Laura y Joan, pero también otros factores, como el hecho de que hoy en día la edad de la paternidad y maternidad se retrasa y que las familias no suelen ser tan numerosas como antes, explican que los hermanos a veces se lleven bastantes años entre ellos. Cuando la diferencia de edad entre hermanos es muy grande, la relación acostumbra a tener una dinámica propia. La psicóloga Silvia Guillamón destaca que no es ni mejor ni peor que la de unos hermanos más cercanos en edad, “sino que simplemente responde a necesidades y etapas evolutivas diferentes”. La directora del centro L’Arbre explica que, a menudo, hay menos rivalidad directa, porque cada hijo vive intereses, espacios y momentos vitales diferentes, cosa que “puede reducir comparaciones y celos, y favorecer que el hermano mayor se convierta en una figura de referencia y apoyo emocional para el pequeño”.

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“El reto principal –prosigue Guillamón– radica en el hecho de que las diferencias de ritmo e intereses pueden dificultar la complicidad durante la infancia y la adolescencia”. Aun así, apunta, desde la psicología familiar “sabemos que la calidad de la relación no depende tanto de los años de diferencia como del clima familiar, de los roles bien definidos y de las oportunidades que la familia ofrece para que los hermanos construyan un vínculo propio”. Estas oportunidades, en el caso de Emma y Agnès, ya se promovieron desde el embarazo de la pequeña, cuando Joan, por ejemplo, le explicó a su hija mayor que tener un hermano era algo muy importante porque “es un miembro de la familia que te acompaña durante toda la vida, que te puede dar apoyo, te puede ayudar y con quien vivir hechos conjuntamente”.

La importancia de preservar los roles

A pesar de la diferencia de etapas madurativas e intereses, los progenitores pueden fomentar una relación fluida entre dos o más hermanos. El primer paso, sin embargo, debe ser aceptar que la relación no será igual que la de unos hermanos que se llevan pocos años. A parecer de Guillamón, “no hace falta forzar nada, ni que compartan las mismas aficiones ni que pasen mucho tiempo juntos, porque cada uno se encuentra en una etapa evolutiva diferente”. La clave, para la psicóloga, es “crear oportunidades de encuentro adaptadas a la edad de cada cual”, como las comidas, las excursiones o las tradiciones familiares, y favorecer “pequeñas situaciones de cooperación, en las que el hermano mayor pueda enseñar alguna habilidad, compartir una experiencia o participar en un proyecto conjunto con el pequeño”. Ahora bien, puntualiza Guillamón, esta ayuda debe ser “puntual y voluntaria, sin que el hermano mayor asuma un rol parental que pueda acabar generando sobrecarga emocional, sentimiento de injusticia o la sensación de tener que crecer antes de tiempo”.

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Esta es la tónica que Laura y Joan han seguido desde la llegada de Agnès. En relación con los cuidados de la pequeña, ambos han dejado que sea Emma quien decida hasta dónde quiere implicarse. Durante estos primeros meses, explica el padre, han dejado que fuera experimentando ella misma “primero qué era tener un bebé en casa y, después, elegir qué es lo que le apetecía hacer, sin ningún tipo de obligación”. Una voluntariedad que, aunque Agnès todavía es muy pequeña, ya ha dado sus frutos. Laura recuerda cómo, aunque al principio costó un poco más que la cosa funcionara, “con el paso del tiempo y el hecho de que Agnès hiciera más cosas, Emma se ha ido implicando y entusiasmando más”, una opinión que Joan corrobora, a la vez que afirma que, “a medida que los meses avanzan, se nota que cada vez hay un vínculo más fuerte entre las dos”. Un vínculo que Laura, a su vez, describe como “divertido y tierno, aunque todavía es muy incipiente”. Sin embargo, ambos celebran que Emma incluso ya se ha ofrecido algún día para hacerles de canguro y recoger a su hermana de la guardería.

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Respetar el ritmo de la relación

También es importante respetar el ritmo de la relación. “La complicidad no siempre aparece durante la infancia –puntualiza Guillamón–, y en muchos casos es en la edad adulta cuando estos hermanos acaban desarrollando un vínculo muy sólido”. Hay que tener en cuenta, asimismo, que cuando hay una gran diferencia de edad, los conflictos no suelen nacer de la competencia, sino de los roles que cada uno ocupa dentro de la familia. Porque, tal como explica la psicóloga, “el hermano mayor puede sentir que ha perdido la exclusividad o que se le exige ser siempre el responsable y dar ejemplo y, en cambio, el pequeño puede vivir a la sombra del mayor, sentirse comparado o infantilizado”.

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También es habitual que aparezcan tensiones cuando el hermano mayor intenta ejercer autoridad sobre el pequeño. Por eso Guillamón insiste en la importancia de que los padres preserven claramente los roles: la autoridad corresponde a los adultos, no a los hermanos. También corresponde a los padres validar las emociones de los hermanos sin etiquetarlos como ‘el responsable’ o ‘el pequeño de la casa’. Cuando los hijos sienten que pueden expresar lo que les pasa sin quedar atrapados en un papel, insiste Guillamón, “es más fácil que la relación evolucione de manera saludable”. Y alerta, porque los conflictos puntuales son normales, lo más importante, subraya, “es evitar comparaciones y responsabilidades que no corresponden a los hijos, porque es así como los hermanos pueden construir una relación basada en el afecto, el respeto y la complicidad”.

¿Qué opina la hermana mayor?
  • Cuando Laura y Joan informaron a Emma de que tendría una hermana pequeña, ella se alegró mucho, “a pesar de saber que implicaría un gran cambio”. A la chica, de 13 años, no la asustó, sin embargo, la diferencia de edad. “Más bien al contrario, ya que me emocionaba mucho poder enseñarle cosas”, reconoce. Ahora que convive a tiempo completo con Agnès, reconoce que le ha sorprendido la conexión que hay entre ambas: “Yo pensaba que, siendo yo una adolescente, no conectaría tanto con ella, pero me ha sorprendido que, viendo cómo va creciendo, ya pueda jugar y pasar tiempo con ella y que me guste, aunque sea muy pequeña.” Lo que más le gusta a Emma es jugar con su hermana pequeña, ya que cada vez hace más cosas, y lo que menos, cuando condiciona de alguna manera los horarios y las dinámicas. “A veces quiero hacer algo como escuchar música o mirar la televisión, pero ella está durmiendo y no puedo hacerlo”, apunta.

    Emma espera que, a medida que Agnès vaya creciendo, puedan compartir más ratos juntas. Dada la diferencia de edad entre ambas, también confía en poder enseñarle y explicarle cosas que la gente de su edad no podría. También le impone un poco el hecho de que, como hermana mayor, será su ejemplo para siempre, “ya que es una responsabilidad para toda la vida”. Pero también la hace feliz. Eso y pensar que en el medio plazo, su hermana pequeña pueda contarle aquello que quiera y confíe en ella para ayudarla: “Espero que no tenga miedo de contarme sus angustias y que sepa que yo la escucharé sin juzgarla; eso es principalmente lo que más me preocupa".

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Momentos vitales diferentes también de los padres
  • Con un lapso de tiempo tan grande, es probable que los progenitores también vivan ambas o más paternidades/maternidades de una manera totalmente diferente, aunque sea por el solo hecho de que a ellos también les pillará en momentos vitales distintos. En opinión de la psicóloga Silvia Guillamón, “es prácticamente inevitable que los padres eduquen de manera diferente a un hijo que llega diez o quince años después del primero”. Y puntualiza: no porque le quieran más o menos, sino porque ellos mismos también han cambiado. “Con los años no solo acumulan experiencia, sino que también evolucionan sus prioridades, la manera de entender la crianza y los recursos emocionales de los que disponen”. Por eso, prosigue, a menudo afrontan la maternidad o la paternidad “con más confianza, flexibilidad y menos ansiedad ante muchas situaciones cotidianas”.

    A la vez, las circunstancias vitales, como la situación laboral, la económica, la salud o el tiempo disponible, también pueden ser diferentes. Los hijos, afirma Guillamón, acostumbran a percibir estas diferencias y, a veces, las interpretan como un trato desigual. “Por eso, es importante explicarles que la igualdad no consiste en educar a todos los hijos exactamente igual, sino en responder a las necesidades particulares de cada uno en su momento evolutivo”, destaca. Y es que, concluye la directora del centro L’Arbre, hablamos más de equidad que de igualdad, “en tanto que cada hijo necesita cosas diferentes, y una crianza sensible es la que sabe adaptarse a cada niño sin perder la coherencia en los valores y los límites familiares”.