La llegada de la IA a las aulas no ha tenido la misma respuesta en todo el mundo. En las escuelas públicas de Nueva York, por ejemplo, se ha prohibido su uso durante el curso 2026-2027. La decisión afecta a alrededor de 600.000 alumnos y, entre otras medidas, también implica la imposición de límites horarios de uso de pantalla diarios a los estudiantes. Una medida similar a la implementada por Noruega este curso, que ha decretado que los estudiantes de entre seis y trece años no podrán usar herramientas como ChatGPT en el aula con la voluntad de reforzar la lectura, la escritura y las matemáticas de acuerdo con los aprendizajes tradicionales. En cambio, Estonia ha optado por hacer lo contrario y abrir las puertas de los centros educativos a la IA pero con unos condicionantes: se ha proporcionado el acceso gratuito a versiones educativas de la IA que no les harán los deberes, sino que les guiarán, les orientarán y les ofrecerán recomendaciones para hacer mejor el trabajo y favorecer el pensamiento crítico.
IA en la escuela: qué pasa realmente en las aulas
El profesorado recela de esta tecnología que, hoy por hoy, juega en contra de los aprendizajes de los alumnos mientras busca fórmulas para convivir con ella
La llegada de internet, las páginas web, las redes sociales y la inteligencia artificial. Las nuevas tecnologías y las nuevas maneras de comunicarnos han ido evolucionando en pocos años y han entrado en todas las dimensiones de nuestra vida. También en la de los más jóvenes y, en consecuencia, en las aulas. Si muchos centros educativos han considerado que había que dejar el móvil fuera del aula, junto con las notificaciones de WhatsApp, Instagram y TikTok, el reto ahora es qué hacer con la inteligencia artificial y los chatbots a los cuales los alumnos acceden desde los ordenadores portátiles con los que trabajan en clase y en casa. Y no porque las nuevas tecnologías no se puedan integrar en la realidad pedagógica de cada centro, sino porque, ahora mismo, la pedagogía que habría que hacer es, justamente, sobre el uso y abuso de estas herramientas y cómo inciden en el aprendizaje.
“La IA se ha convertido en la herramienta más peligrosa en las aulas”, asegura ya de entrada Cristian Olivé, escritor y profesor de secundaria. Lo dice a pesar de que reconoce que siempre ha defendido internet como una herramienta de apoyo en el aprendizaje. “Hasta ahora, si escribían un texto y se les planteaba alguna duda lingüística, podían recurrir a herramientas digitales, pero ahora mismo yo ya no las puedo usar en el aula porque no tengo la certeza de que el rato que están consultando el Optimot, en realidad, no estén pidiendo al ChatGPT que les resuelva el trabajo”. Olivé explica que empezó a percibir la “peligrosidad” de la IA el curso pasado, cuando se dio cuenta de que algunos trabajos que le entregaban los alumnos estaban hechos de manera parcial o total con inteligencia artificial. “Esto ha comportado que utilice el ordenador cada vez menos en el aula, que haya renunciado a hacer actividades más complejas o que se prolonguen más allá de la hora de clase, y que me tenga que conformar con pedirles redacciones breves para que las puedan acabar en el aula y no en casa, y evitar así que busquen ayuda a través de la IA”. Y añade que una de las cosas que más le preocupan de esta situación es el aprendizaje competencial, que recalca que no se resuelve solo en una hora.
“Cosas que antes veías que eran propias del alumno, que habían salido de su cabeza, ahora ya te hacen dudar y te preguntas si lo que han hecho es modificar algún texto elaborado por la IA o lo han copiado directamente”, explica Magda Minguet, historiadora del arte, periodista y profesora de secundaria. También lamenta que se utilice esta tecnología para suplir trabajos más creativos y se quede todo en un copiar y pegar. A pesar de esto, la “creatividad” de los alumnos pasa por otros lados. Minguet asegura que saben muy bien qué y cómo preguntar a la IA prompts], ya que le piden que les haga los trabajos como si los hiciera un adolescente con su perfil y que incluya algunos de los errores que podrían cometer ellos mismos. “Cuesta mucho detectar cuando un trabajo es genuino o bien está hecho por IA, porque cada vez afina más”, reconoce. Y también cuesta trasladarlo a los padres de los alumnos. Olivé añade que constatar si un trabajo lo ha hecho el alumno o no, depende sobre todo de la experiencia y de la intuición del docente. “Ha aumentado la desconfianza por nuestra parte, pero también por parte de los estudiantes, porque si elaboran un trabajo que está muy bien hecho saben que habrá este punto de recelo”.
La utilización de la IA no solo genera inquietud en el profesorado de lengua, también le pasa lo mismo al de ciencias. “Antes podías buscar en internet una fórmula concreta, pero cómo hacer la operación y aplicarla era cosa tuya. Ahora, solo con la captura de pantalla del enunciado de un problema, la IA ya te lo puede resolver, y eso es un inconveniente”, explica Virgínia Melendres, profesora de ciencias en secundaria y bachillerato. “Nosotros no corregimos redacciones, pero veo que los alumnos cada vez pierden más capacidades abstractas propias de las matemáticas. Buscan la respuesta en ChatGPT y ya no les hace falta darle más vueltas”. Y, según afirma, esto también les hace perder capacidad de comprensión. Pone como ejemplo una situación que se encontró en el aula: los alumnos debían aplicar una fórmula para resolver un problema de física, pero cuando preguntó cómo lo había hecho a la única alumna que salió adelante, ella le confesó que lo había hecho con ChatGPT. “El problema es que pierden facultades matemáticas. Con la calculadora ya no saben ni las tablas de multiplicar, pero esto ya es dar un paso más atrás en la agilidad matemática que podían alcanzar, porque con la IA ya se la ahorran”. A propósito de situaciones como estas, Olivé también observa una pérdida general de aprendizajes de la cual, dice, los jóvenes no son lo suficientemente conscientes porque no reflexionan sobre ello.
Es por casos como estos que en las aulas el papel, el lápiz y el bolígrafo han vuelto a tomar protagonismo. Melendres afirma que minimiza el uso del ordenador y hace que los alumnos le entreguen el trabajo hecho a mano. “Pero si en casa usan algún chatbot, cuando les repercute es en el momento del examen, que no salen adelante”, añade. En este sentido, Minguet explica que si los alumnos toman apuntes a mano, sintetizan la información caligráficamente y este ejercicio de capacitar la cabeza, la mano y la hoja hace que las ideas se les fijen mucho más. También reconoce que, en su caso, en el aula busca fórmulas para valorar la conversación y volver a las cosas más pausadas, conseguir un poco más de reflexión y favorecer el debate.
Alimentar a la “bestia”
“Si más allá de la secundaria, pensamos en bachillerato o en la universidad, nos encontramos con que el curso pasado se presentaron muchos trabajos de investigación, de final de carrera o de máster, estoy seguro, hechos con IA. Creo que esto supone un gran peligro, porque al final, como ciudadanos, también estamos hablando de la pérdida de la habilidad de comunicarnos y de saber expresarnos”, alerta Olivé. Y, a su parecer, estas prácticas de abuso de la IA pueden conducir a uniformar pensamientos y maneras de escribir. Por eso, también recuerda que esta tecnología ofrece unas respuestas “según un algoritmo que tiene un interés ideológico y político detrás, y esto conlleva aceptar otra parte que no deja de ser un nuevo peligro”.
Al margen, también hay que tener en cuenta que algunas de las respuestas que la IA puede facilitar a los alumnos pueden ser erróneas, aunque cada vez menos. “Si la IA cada vez se equivoca menos, es porque nosotros le damos más información. Y, por tanto, creo que también deberíamos hacer una reflexión entre todos sobre cuál es el uso que estamos haciendo, si es excesivo y si estamos volcando una información que después se volverá en nuestra contra”. Afortunadamente, reconoce Olivé, la IA todavía presenta muchos errores. “Y digo afortunadamente porque todavía puedo detectarlos”.
Convertir la IA en una herramienta pedagógica
“Ahora mismo, el reto no es solo decidir si la IA entra en el aula, porque muchos alumnos ya la utilizan, sino también enseñarles a valorar qué les ofrece, qué deben comprobar y qué no le deberían delegar. Saber obtener una respuesta no es lo mismo que saber si esa respuesta es buena”, señala Marta López Costa, coordinadora del grupo de investigación en educación (GREDU) de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Ha formado parte del equipo coordinador de un estudio que han llevado a cabo la UOC y la Escola Pia de Catalunya sobre el uso de la inteligencia artificial generativa (IAG) en las escuelas, que concluye que la verificación de la información que contienen las respuestas que da la IAG es el gran punto débil de la aplicación académica de esta tecnología.
Los datos recogidos en este estudio indican que solo un 10% de los alumnos contrastan siempre las respuestas obtenidas, mientras que un 23,8% afirman que las verifican a menudo, un 32,9% señalan que lo hacen a veces, un 21,7% responden que lo hacen raramente y un 11,5% reconocen que no las verifican nunca. “La verificación todavía no es un hábito consolidado. Además, la estrategia que los estudiantes encuestados han declarado utilizar más es confiar en su propio criterio, que es necesario, pero no sustituye el contraste con otras fuentes. Que una respuesta nos parezca razonable no garantiza que sea correcta”, indica López.
El informe, que es el primero de estas características que se realiza a escala europea, recoge indicadores de tendencias y patrones de comportamiento sobre la IAG a partir de una muestra amplia de 3.700 alumnos de ESO y bachillerato de diecisiete centros concertados catalanes. Entre los datos que aporta, también expone que el conocimiento de la IA entre el alumnado es desigual: un 34,8% declaran un conocimiento bajo o muy bajo de esta tecnología, mientras que un 46,6% se sitúan en niveles altos. “En los centros que hemos analizado, la utilizan sobre todo para buscar información, entender conceptos, hacer resúmenes o revisar textos. Hacen una combinación de trabajo propio y ayuda de la IA, que varía según la actividad. Pero eso no significa que hagan un buen uso”.
López subraya que el profesorado también necesita formación. Aunque el estudio no ha evaluado directamente la preparación de los docentes, se ha comprobado que todavía hay un acompañamiento desigual: casi la mitad de los alumnos declaran que aprenden poco o nada sobre el uso de la IA en la escuela. “Esto señala una mejora, pero no debería plantearse como una responsabilidad individual del profesorado. Necesitan más formación pedagógica, no solo tecnológica. No basta con aprender a utilizar una aplicación”. Según López, el profesorado debe poder decidir en qué actividades tiene sentido incorporarla, qué ayuda es aceptable y cómo comprobar qué ha aprendido el alumnado, y esto requiere criterios compartidos dentro del centro. “No podemos dejar a cada docente solo ante estas decisiones ni dar mensajes contradictorios a los estudiantes”.
Por eso, López también manifiesta que es necesario construir una cultura pedagógica de uso de la IA, que vaya más allá de decir “Esto se puede hacer” o “Esto está prohibido” y justificar por qué, con qué objetivo y con qué límites. Tal como afirma, cada centro debería acordar qué usos considera adecuados y qué parte del proceso de aprendizaje debe continuar haciendo el alumno sin la IA, con apoyo limitado de la IA o con total apoyo de la IA. A la vez, es necesario enseñarles qué es esta tecnología, qué limitaciones tiene y qué implica utilizarla en cuanto a la privacidad y la autoría. Después, estos criterios deberían traducirse en actividades concretas. “Por ejemplo, si un alumno utiliza una respuesta de la IA, podemos pedirle que la contraste con los materiales de clase o con otras fuentes fiables, que explique qué ha encontrado de correcto y qué ha tenido que cambiar. Y tenerlo en cuenta durante la evaluación. No deberíamos mirar solo el resultado final, sino también las decisiones que hay detrás”, añade López.
Mientras Olivé asegura que no le parece mal que la IA se utilice para generar ideas o para salir del bloqueo de la página en blanco, Minguet reconoce que sus alumnos le explican que la IA les es útil para hacer resúmenes o para revisar cosas que no han entendido. Con esta dicotomía que plantea la llegada de esta herramienta, la escritora y profesora compara su uso con la llegada de las redes sociales y dice que, de la misma manera que tuvieron que enseñar a los jóvenes a hacer una buena gestión de ellas, ahora tocará hacer lo mismo con la IA, que ha venido para quedarse y habrá que convivir con ella. “Pero, de momento, nos toca superar este tsunami que, hoy por hoy, no sabemos cómo detener”. A su vez, Olivé expresa que quizás es demasiado tarde para que haya una legislación contundente sobre la IA, ya que es una herramienta que está disponible en todos los ordenadores del mundo, pero reivindica unas directrices y una formación continuada para los docentes, sobre todo porque la IA cambia y evoluciona constantemente.
Según la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), chatbots de IA como ChatGPT, Gemini o Claude a menudo proporcionan información falsa y sesgada en cuanto al género y la diversidad. Es por ello que el centro educativo ha desarrollado una guía para concienciar sobre los sesgos de estos aspectos de la IA en clase. Así, el proyecto Edugenia –liderado por las investigadoras Milagros Sáinz, del grupo de investigación GenTIC del centro de investigación UOC-TRÀNSIC, y Marie-Monique Schaper, profesora Serra Húnter y lectora del grupo GRIHO en la Universidad de Lérida– propone un conjunto de recursos para afrontar el desafío que representa la incursión de las herramientas de IA en el aula, con un enfoque especial en la perspectiva de género. Es una guía abierta y pionera en el contexto español, ya que hasta ahora no existían materiales orientativos que profundizaran en las implicaciones educativas de las herramientas de IA desde una visión ética ni que proporcionaran ejemplos prácticos para trabajar en clase.
La guía Edugenia, que propone actividades para diferentes niveles educativos, se ha desarrollado en colaboración con profesionales de la educación y alumnos en riesgo de exclusión social. Incluye recomendaciones, buenas prácticas y recursos para controlar los sesgos de la IA, como los principios de aprendizaje automático consciente de la equidad, que permiten identificar discriminaciones en los chatbots de IA relacionadas con el género, la etnia o la situación socioeconómica. También introduce términos y nociones sobre inteligencia artificial, un resumen del marco normativo-legal sobre IA para entender cómo se puede utilizar esta tecnología de manera ética en el aula, y casos prácticos y orientaciones sobre la utilización de esta tecnología como herramienta educativa.