El inicio de curso también los entrena para la vida
Comienza el curso, y con él, las familias ponen en marcha una maquinaria casi perfecta: la mochila de la marca de moda, los libros maravillosamente forrados, los horarios cuadrados al milímetro y los grupos de WhatsApp a pleno rendimiento. Intentamos anticiparnos a todo para que nuestros hijos comiencen la escuela tranquilos y sin dificultades. Pero, a veces, en este intento legítimo de protegerlos los estamos desprotegiendo, literalmente, porque eliminamos aquello que más les ayudará a hacerse fuertes: las pequeñas contrariedades diarias. El inicio de curso es un momento magnífico para entrenar la resiliencia, sobre todo cuando no les ha tocado el maestro que esperaban o su mejor amigo está en otra clase o todo el mundo dice que será un curso complicado.
Sepamos que la resiliencia no surge de la nada, sino que es una competencia que se debe entrenar, como hacen los árboles, que se vuelven más fuertes cuando sopla el viento porque, con cada sacudida, las raíces aprenden a sujetarlos más y mejor al suelo. Con los niños pasa exactamente lo mismo, no construyen fortaleza cuando les evitamos las incomodidades, sino todo lo contrario, cada vez que se les pone un límite, cuando tienen que tolerar un “no”, cuando se tienen que adaptar a aquel maestro o cuando se dan cuenta de que la vida no siempre será como ellos quieren.
Es curioso porque vivimos en una sociedad que habla mucho del éxito; celebramos las victorias, los buenos resultados, los notables y los excelentes. Y por algún motivo, hacemos desaparecer la derrota, que también existe, aunque lo escondamos porque nos resulta incómodo o nos da rabia. Educar a los hijos también en la derrota es imprescindible porque un niño que siempre gana (si los adultos les vamos adaptando las normas) no se siente más seguro, sino que puede crecer pensando que solo es valioso cuando tiene éxito.
En mi trabajo veo que hay dos tipos de padres, los que preparan el camino para el hijo/a, y los que preparan al hijo/a para el camino. Los primeros intentan quitar todas las piedras antes de que el niño llegue. Se avanzan a todo y hablan con el maestro o los compañeros no sea que tenga un problema, o llevan corriendo el material olvidado, justifican los errores y evitan cualquier situación que pueda provocar un mínimo de frustración. Y la criatura acaba creyendo que sin la ayuda de los demás, no puede ni podrá.
Cuando un hijo llega a casa con una dificultad, nuestro primer impulso acostumbra a ser solucionarlo. Cambiemos el “¿qué puedo hacer yo?” por un "¿qué necesitas tú para intentarlo?" o "¿qué opciones tienes?" o "¿en qué parte necesitas ayuda?". Acompañar es quedarnos cerca mientras lo intenta. Rescatar es hacerlo nosotros para que no sufra, a la vez que desaprovechamos una fantástica oportunidad para entrenarlo en aquellas habilidades que necesitará para ir por la vida, como la autonomía, la responsabilidad, la autoestima o la valentía.
Este septiembre, no pongamos el foco en preparar un inicio de curso perfecto sino en ser padres y madres entrenadores para la vida. Empecemos dejándoles espacio para que se organicen sus horarios (cuándo se levantarán, cuándo prepararán la mochila o harán los deberes...), permitamos que se equivoquen forrando los libros, y que cuando pierdan, sientan que ellos y ellas siguen valiendo lo mismo. Y convirtamos las piedras del camino que tanto nos desagradan en los escalones que les permitirán subir, allá arriba, donde habitan sus sueños.