Una familia, un mundo

Madre e hija, contra el modelo tradicional de familia y las convenciones de la Rusia de Putin

Kàtia se enfrenta al reto de criar sola a Ània en un país "enfermo" de patriotismo y militarismo

14/08/2026 - 07:00 h.

MoscúVladímir Putin quiere convertir las familias numerosas en la familia tradicional rusa. Pero mientras que solo un 5% de los hogares están formados por un padre, una madre y tres o más hijos, casi el 40% de las familias son monoparentales y, en la inmensa mayoría de los casos, matriarcales. Katia y Anya –nombres ficticios para preservar el anonimato–, madre e hija de 45 y 11 años respectivamente, son un ejemplo de este modelo arquetípico en una sociedad históricamente marcada por la elevada mortalidad masculina, por el rol central de la mujer en los cuidados y, tras la caída de la URSS, por las altas tasas de divorcio.

Cuando Katia se separó del padre de Anya, la familia no lo entendió. “¿Qué te piensas? ¿Que encontrarás a alguien mejor?”, recuerda que fue lo primero que le dijo su madre. Según ella, esta actitud proviene de la época soviética, en la que se creía que había que evitar a toda costa el divorcio porque se entendía como “una catástrofe” e implicaba “reconocer un error”, especialmente para las mujeres. 

Cargando
No hay anuncios

Aunque ahora es un fenómeno muy extendido, la lengua rusa mantiene un prejuicio machista a la hora de describir estas situaciones. Cuando un hombre se divorcia, en ruso, es un hombre “libre” (svobodni), pero a la mujer separada se la llama despectivamente “abandonada” (broixenka). La Katia incluso explica que en las apps de citas existe la categoría “RSP”, razvedionka s pritsépom, que se traduce como “divorciada con remolque”.

Cargando
No hay anuncios

El padre de Ània ahora vive en un país de Asia central. Allí se marchó para evitar ser llamado a filas cuando Putin decretó la movilización parcial en otoño de 2022. “Yo estuve a favor de que se fuera para no correr ningún riesgo porque no teníamos ni recursos económicos ni sociales para protegernos de la movilización”, explica Katia, consciente de que eso implicaría hacerse cargo ella sola de la niña. “Prefiero que Ània tenga un padre lejos, pero que esté vivo”, añade. 

Ahora viven con la abuela y una perra en Moscú. “Todo mujeres, es como un devítxnik –una despedida de soltera femenina–”, bromea Ània. La madre y la abuela chocan a menudo por cuestiones políticas. La una es contraria a la invasión de Ucrania; la otra la apoya. “Cuando le reprochas que está a favor de la guerra te dice que no, que está al lado de su país –comenta Katia–, es una idea que viene de la época soviética”. Ella, en cambio, es muy crítica con el rumbo de Rusia. “Tú no puedes cerrar los ojos ante alguien que está enfermo y hacer como si nada, hay que reconocer la enfermedad. Yo no puedo decir que no pasa nada. Sí que pasa: mi país está enfermo”, asegura.

Cargando
No hay anuncios

Resistir el adoctrinamiento

Una de sus principales preocupaciones es el adoctrinamiento patriótico y militar en la escuela de Ània. Katia no quiere que se implique en actividades relacionadas con la guerra, pero no siempre lo puede evitar. La niña relata cómo un día, en una extraescolar, el profesor no apareció y los llevaron con los mayores a tejer redes para los militares. “Lo hicimos automáticamente, sin pensar, no nos explicaron por qué lo hacíamos”, explica. En otra ocasión les pidieron que escribieran cartas a los soldados del frente. Ella la dirigió al tío de su mejor amiga de clase, que combate en Ucrania.

Cargando
No hay anuncios

Kàtia se queja de que los maestros se aprovechan de los niños porque no saben hacer valer su opinión. “No les puedes obligar, me indigna”, lamenta. Una vez sí que impidió que Ània colaborase en una colecta humanitaria para la primera línea. “Teníamos que enviar comida al frente, pero mi madre me lo prohibió”, dice. Mantenerse al margen del resto de alumnos es posible, pero no es sencillo. “Te quedas solo, apartado, como si hicieras boicot –admite Kàtia–, puedes decir que no, no es ninguna catástrofe, pero la gente suele conformarse, no protesta, le es indiferente”.

Kàtia habla abiertamente de estos temas con Ània en casa, pero sabe que sería muy peligroso si lo comentase en la escuela. “Siempre le pido que, sobre todo, no diga nada porque podría tener consecuencias para nosotras.” Recuerda que la niña se echó a llorar cuando se enteró de la historia de un padre que fue condenado a dos años de prisión por un dibujo pacifista de la hija. Por todo ello, Kàtia confiesa que cada vez piensa más en la posibilidad de escolarizar a Ània en casa, un sistema que es posible en Rusia.

Cargando
No hay anuncios

Ver mundo

Cuando murió el disidente Alekséi Navalni en la cárcel, en febrero de 2024, Katia preguntó a su hija si querría acompañarla a llevar flores al monumento de los presos políticos. “No insistí porque solo es una niña, lo único que quiero es educarla en los valores humanos.”, comenta. A pesar de ello, Ania accedió y su madre la llevó, sabedora del riesgo que asumía. “Lo preparé todo por si acaso acababa detenida con una menor solo por ir a dejar unas flores, es totalmente absurdo”, señala.

Cargando
No hay anuncios

Katia querría que Anya pudiera vivir un día fuera de Rusia. “Me gustaría que mi hija viera que el mundo no acaba aquí, que es mucho más que esto”, afirma. Ahora bien, no es fácil para una madre sola, sin apoyo y en el contexto actual. “Lo peor desde la guerra es que no puedo hacer planes, no tengo ninguna perspectiva de futuro”, lamenta. Anya disfruta sentándose año tras año con su madre a ver el festival de Eurovisión, evocando otros tiempos. “Me gustaría que Rusia volviera a participar –explica–, me encantan los espectáculos brillantes y llenos de color.”. También dice que le gustaría bailar y aprender a tocar el piano, aunque cuando se le pregunta qué profesión preferiría tener de mayor, responde que querría ser actriz o abogada, mientras la madre la mira entre divertida e incrédula.