Cultura popular

El padre casteller y la hija enxaneta: ¡Hagamos colla en familia!

Familias de castellers, geganters y bastoners explican que compartir tradiciones populares entre generaciones fortalece los vínculos

09/09/2026 - 08:00 h.

Maravillosa y deslumbrante minoría con faja y alpargatas de siete cintas. Y, muy a menudo, con barretina y todo. En el país hay de 3.000 a 4.000 grupos de cultura popular y tradicional catalana, que reúnen a más de 100.000 almas. Cuando padres e hijos participan juntos en una –más grande o más pequeña, más o menos conocida–, se hace la magia: los vínculos se fortalecen, los niños trabajan valores y se socializan a marchas forzadas, y las nuevas generaciones arraigan en el país con mucha más intensidad. La mayor parte de las veces, la generación mayor arrastra a la pequeña, que hereda, casi genéticamente, la pasión castellera, gegantera o bastonera, pero cabe decir que, en algún caso, la cosa puede ir al revés: hay familias cuyos pequeños han entrado en el grupo primero y, poco a poco, han ido animando a los mayores a implicarse. Nos acercamos a esta realidad y la observamos con ojos de niño a partir del testimonio de tres familias vinculadas a entidades sabadellenses durante la fiesta mayor de la ciudad celebrada el fin de semana pasado.

El vínculo de los Segura Artigas con los Castellers de Sabadell (alias Saballuts) es total y absoluto: el padre formaba parte desde pequeño; la madre, desde adolescente, y la pareja misma es, incluso, fruto de ello: Jordi y Helena se conocieron allí. Se quitaron las camisas verdes, sin embargo, con el nacimiento de Eloi (10 años) y Aina (7). Jordi Segura explica: "El año pasado volvimos a hacer castells porque ellos ya querían, también, hacerlos". Como los mayores: "Aunque no fuéramos -apunta Segura- seguíamos vinculados en cierta manera. Cuando tuvimos a los niños, sabíamos que, cuando son muy pequeños, es muy difícil hacerlo compatible. Siempre hemos tenido claro que o hacíamos castells todos o no hacía ninguno". Y dicho y hecho: "En el momento en que ellos dijeron que lo querían probar, nos volvimos a enganchar todos". Las ventajas colaterales saltan a la vista: "Les aporta conocer a mucha gente de diferentes edades, abrirse, salir de su zona de confort, que es la escuela. También una parte de autoestima, de confianza".

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La mujer de Jordi y madre de Eloi y Aina, la sabadellense Helena Artigas, admite la cara B de la apuesta cuádruple: disciplina, riesgo, orden, fuerza... "Hay momentos de la temporada en que te tienes que esforzar más con los castells y quizás vas más cansado, los niños se van a dormir más tarde...; tienes que intentar compaginarlo y compensarlo con otras cosas. No es que vayamos a dormir a altas horas de la madrugada, pero, por otra parte, si tienes una actuación, tampoco te tienes que levantar súper temprano, sino que puedes aprovechar más o menos la mañana y después vas a hacer castells". Defiende que no es para tanto, pues, y que levantar torres humanas en familia compensa si se encuentran momentos de paz para recuperarse: "Buscamos, también, los espacios para descansar y coger fuerzas". Ahora bien: en el caso improbable de que alguno de los cuatro perdiera el interés en el mundo casteller, los cuatro lo dejarían: "En el caso de que ellos se cansen, quieran probar cosas nuevas, tendremos que dar un paso atrás y seguir a la colla desde otra perspectiva".

Eloi entró en la colla como enxaneta el año pasado, cuando coronó un emblemático cinco de ocho, y este año ha empezado a hacer de dos, uno de los dos niños que forman la cúpula del tronco, cerrada por el aixecador o acotxador, sobre el cual se sube la enxaneta. Estos dos últimos roles los asume ahora su hermana, Aina, que suele hacer de acotxadora y, "pocas veces", de enxaneta. Haber sido la guinda del pastel le enorgullece: "Me siento orgulloso de hacer este castell porque lo hemos trabajado mucho y nos ha salido". Entrar en el mundo casteller le costó un poco: "Primero no quería hacer castells porque había mucha gente y me agobiaba, pero, al final, fuimos yendo días y fui haciendo amigos y supe subir bien y me gustó y me quedé en la colla, y ahora me gustan mucho los castells". Y le llenan del todo: "También me gusta porque hacemos muchas actividades todos juntos, los niños. Tengo muchos amigos, también, de muchas edades". Sus compañeros de clase le suelen preguntar "¿Cómo puedes subir tan arriba?".

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La familia bastonera Olivé Codina es lo que se llama la excepción que confirma la regla: los tres hijos, pioneros, han arrastrado a los padres, Marcel y Laia. Ella lo recuerda en una conversación un poco caótica, en la que van tomando la palabra ahora Magí (10), ahora Vinyet (8), que a veces hablan, literalmente, en estéreo: o a la vez o, incluso, diciendo uno el sujeto y el otro el predicado de una misma frase. El heredero, Roc (13), ya baila en el grupo de medianos y es el referente de los dos pequeños en cuanto a sofisticación técnica. El feliz contagio familiar se produjo en el taller que la Colla Bastonera de Sabadell ofreció dentro del marco del encuentro de la Salut (la fiesta mayor pequeña de la ciudad) de 2019. "En el grupo ya había gente que conocíamos y, cuando los veíamos actuar, nos hacía gracia. Y un año que ellos eran pequeños, fuimos, lo probaron, dijeron que les gustaba, y dijimos: «Ya nos atraía. Pues vamos a hacerlo». Y desde entonces estamos allí". Primero entraron Roc y Magí y, enseguida, Vinyet.

Todo son beneficios: "Les aporta la parte cultural; la parte de compartir, de conocimiento, de hacer amistades nuevas, de tener otro círculo, y todos estos valores de trabajar en equipo, de ser un grupo, de los retos que se plantean, de bailes nuevos, bailes que crean ellos, bailes que ven que hacen los mayores y que luego con el tiempo llegan ellos..." Y, con el tiempo, también han llegado Laia y Marcel: "Había padres que ya formaban parte del grupo y que a veces nos decían si queríamos ir a hacer algún baile. Y decíamos: "Si los niños están ensayando y nosotros miramos, ¿por qué no bailamos? Y nos lo pasamos muy bien". Aun así, el compromiso siempre cuesta, tal como Vinyet deja entrever dirigiéndose a su madre: "Nos estás obligando; ahora, sí, y nosotros: «No, es que no queremos hacerlo, ahora», y nos dices: «Bueno, tenéis que hacerlo», pero cuando éramos pequeños no lo decías". Laia lo contextualiza: "Ahora, a veces, tienen este momento de crisis, y nosotros: «No, no... Hay que hacer cultura popular y nos hemos puesto, y ahora se continúa»".

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A la hora de la verdad, sin embargo, la pasión por los bastones es total y absoluta: "Para mí, es muy guay estar en la colla -afirma Magí-, porque tengo nuevos amigos que quizás, si no estuviera, no los tendría". Laia les recuerda: "Y también está organizado que los mayores os cuidan mucho, a los pequeños, que eso es muy chulo". Vinyet está de acuerdo: "Sí, porque ahora las medianas hacen de monitores de los pequeños, a veces". Y Magí remarca: "A veces, quizás, también, si estamos cansados, hacemos algún juego, o, algunos días que no queremos ir, que nos da mucha pereza, primero hacemos un juego y después empezamos el ensayo". Y destaca dos ventajas más: "También practicamos la memoria, porque hay bailes que quizás son más fáciles, pero también es difícil memorizarlos, y el esfuerzo, porque es difícil hacerlos". La competitividad sana entre padres e hijos, con triunfo de los chicos, les espolea aún más, y la madre lo sabe: "Sabéis más que nosotros. ¡Si sois vosotros los que, a veces, nos enseñáis!". En el caso de Joan del riu, la victoria es por goleada.

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Los Gigantes (y Dulzainas) de la Concòrdia son una colla gegantera sui generis, atípica; de hecho, una manifestación más de la entidad de ocio del barrio del noroeste de Sabadell, el casal de animación y esplai (CAE) La Llar del Vent, el más antiguo de la cocapital vallesana, que acaba de celebrar el 60º aniversario. Isma ha pasado allí media vida, por no decir casi toda: iba al esplai de pequeño y, a partir de los 14 o 15, ya se metió en los gigantes: "Nuestro grupo y el que entró después no hemos salido nunca de la colla: siempre nos hemos quedado". Y ha ido arrastrando a su mujer, Judith, y, enseguida, a la prole Villalón Salanguera: primero, Quim (10); después, Bruna (5): "Hace más de 30 años que estamos en la colla. Cuando empezamos a tener pareja, la trajimos; cuando hemos tenido criaturas, las hemos traído. Todos han entrado naturalmente; o sea, vienen con nosotros desde bebés hasta que empiezan a integrarse a hacer cosas en la colla". Que es, pues, casi literalmente, una gran familia amarilla.

"Les aporta compartir muchas cosas, colaborar, organizarse, también responsabilizarse", asegura Isma. Los niños se espabilan para gestionar sus elementos, como el dragón Bosquet, y los bailes que hace en cada salida. "Tienen que trabajar en equipo porque, si no, no saldrían, y nosotros dejamos bastante que ellos mismos se organicen. Y, después, también, socializan, tanto con collas de otros pueblos y villas como de la ciudad". A Quim le brillan los ojos, pero tiene un primer recuerdo gris: "Fue cuando estaba en el esplai y jugábamos y nos tocaba hacer pasacalle y llovía, y todo fue un poco caos. Pero allí vi que era muy guay ser geganter y que la cultura era muy chula". Todos los gigantes son de elaboración propia, y eso fortalece la pertenencia: "Yo el esplai lo empecé con cinco años y, desde allí, me fue gustando porque estábamos haciendo un gigante porque se había roto el otro. Y hicimos un año de actividades sobre el gigante y, al final, lo hicimos y fue muy guay y me gustaba cómo colaborábamos entre todos".

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Gigantes aparte, Quim destaca dos ingredientes que ha encontrado en la entidad: "Mucha sinceridad y mucho juego, pero no solo los típicos juegos de fútbol, baloncesto...; también banderas, cosas así". Y asume la disciplina: "Depende del día, me gusta y no me gusta. A mí me gusta mucho estar allí, pero, cuando he quedado con unos amigos y tengo que ir al esplai, tengo que ir, pero yo querría jugar. Que después me lo paso bien, pero es un poco difícil dejarlo". Lo que también le cuesta un poco es compartir allí espacio y tiempo con su hermanita, otra situación con pros y contras: "A mí me gusta y no me gusta. Tener una hermana es guay porque puedes hablar con ella, pero a veces molesta porque tú te lo estás pasando bien y Bruna, mi hermana, no para de decir: «Quim, Quim, ven un momento». Cuando estamos jugando a la bandera y dice: «Quiero ir a un sitio», yo digo: «¿Qué hago?»". El sufrido hermano mayor anima a todos los niños y jóvenes a hacer cultura popular y tradicional: "Es una experiencia que está muy guay".

Padres que arrastran a sus hijos, hijos que arrastran a sus padres... Comunidades en las cuales se aprende a convivir, a colaborar y a hacer país entre fajas y alpargatas, y que ofrecen a todo el mundo una fiesta cercana, generosa, arraigada y palpitante. Que educan, socializan y cohesionan. Las agrupaciones de cultura popular y tradicional catalana acogen a los niños con los brazos abiertos y les abren de par en par las puertas de un castillo de luz, fuego y construcción –y de movimiento, colorines y sonrisas– levantado sobre una piña sólida: la autenticidad, la simplicidad y la honestidad de la fiesta de la gente para la gente. Los Segura Artigas, los Olivé Codina y los Villalón Salanguera han elegido, respectivamente, a los Castellers de Sabadell, la Colla Bastonera de Sabadell y los Gigantes de la Concordia, pero solo son una pequeña muestra de los miles de casas en las cuales la pasión por hacer vibrar las calles y las plazas ha cautivado, cuando menos, a dos generaciones. ¿Y si dejáis de mirároslo desde lejos y os metéis?

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La guinda del pastel

Mediodía del domingo 19 de octubre de 2025. Los Castellers de Sabadell celebran su propia festividad en la plaza Sant Roc, el centro neurálgico de la ciudad, entre el ayuntamiento, la sede social del Banc Sabadell y la iglesia de Sant Fèlix. Por primera vez desde 2016, consiguen cargar y descargar el 5 de 8. "Los Saballuts vuelven a brillar en Sant Roc con un imponente 5d8", titulaba el Diari de Sabadell la crónica de esta "actuación redonda". En lo alto del castillo, un enxaneta: Eloi. Su padre, Jordi, lo recuerda: "Hay niños que, realmente, se ponen muy nerviosos, pero Eloi es muy tranquilo, no nota mucho la presión, sino que sabe concentrarse, y en ese momento, o incluso los días antes, lo llevó muy bien, eso de estrenar un castillo. El mismo día de la actuación por la mañana, decíamos: «Eloi, que tenemos que ir a hacer el 5 de 8». Estábamos, nosotros, nerviosos, que también íbamos. En cambio, él era sangre fría; dijo: «Sí, sí. Lo tenemos que hacer», y ya está, ningún problema. Cada niño es un mundo".