"Prefiero ir al trozo antes que jugar en el parque"
La mayoría de niños que manifiestan su vocación precoz por el sector agroganadero provienen de familias campesinas
LleidaUno de los grandes dramas del sector primario catalán es la grave carencia de relevo generacional. Aunque la demanda laboral en este mundo es muy alta, la burocracia y las difíciles condiciones en las que trabajan agricultores y ganaderos parece impedir que las nuevas generaciones quieran dedicar su vida profesional al campo. El relevo en las empresas agrarias familiares se encuentra en un momento crítico. Al menos así lo certifica un dossier técnico redactado por la dirección general de Empresas Agroalimentarias en 2024 que indica que los agricultores menores de 40 años representan tan sólo el 11% de las explotaciones agrarias de la Unión Europea (UE), mientras que en Cataluña este índice se desploma en el 7%. "Una suma de factores sociales, económicos, ambientales y culturales afecta a la salud del sector agrario y pone en una situación de alerta a muchas de las explotaciones agrarias actuales, que no contemplan un relevo natural de su actividad", argumenta este mismo estudio. ¿Y cuál es ese relieve natural? El de los hijos, que no siguen con la labor de los padres.
Por este motivo, cuando aparece una vocación prematura se encaja con gran expectación. Se trata de niños que, a diferencia de las dinámicas usuales, manifiestan su deseo de ser campesinos. Ni músicos, ni médicos, ni bomberos, ni youtubers… ni siquiera futbolistas. Un grueso relativo de jóvenes catalanes, casi todos criados en el seno de familias vinculadas al sector primario, manifiestan temprano su deseo de continuar con la labor de los padres.
Escuelas agrarias
No se sabe a ciencia cierta cuántos niños de entre 6 y 15 años acaban después consolidando esta vocación tan prematura. Pero las escuelas agrarias catalanas y los institutos de secundaria con ciclos formativos agrarios son un buen indicativo.
Actualmente hay quince escuelas agrarias de la Generalitat, la mitad ubicadas en la demarcación de Lleida, a las que se suman centros como la Escuela de Pastores en Rialp e institutos con una oferta destacada, como los de Mollerussa, Olot o Premià. "En el ciclo de gestión agropecuaria nos encontramos con un 90% de hijos de payés que quieren gestionar las explotaciones agrarias y ganaderas de casa", certifica Maria Isabel Rovira, la directora de la escuela agraria del Solsonès. "Nuestros alumnos nos dicen que de pequeños se han sentido atraídos por la maquinaria y los tractores", confirma la secretaria del equipo directivo de la escuela agraria de Les Borges Blanques. "La demanda laboral en el campo es tan elevada que la mayoría de nuestros estudiantes encuentran trabajo rápidamente", dice Lluís Chavarria, director de la escuela de Amposta.
Sin embargo, las vocaciones campesinas están, como en el mundo profesional, altamente masculinizadas. "Pienso que las vocaciones femeninas aparecen más tarde, cuando ya somos adultas", comenta Mireia Masalias, una pastora de Solivella (en la Conca de Barberà), activista del mundo sindical y exalumna de la Escuela de Pastores. Las de ellas seguramente son vocaciones más reflexivas y maduras.
Al Criaturas recogemos el testimonio de cuatro niños con vocación campesina.
Xavier Mesalles
15 años
Arbeca (Garrigues)
Antes de ir a la parada de bus que le lleva de Arbeca al instituto de Les Borges Blanques, Xavier Mesalles se levanta temprano por la mañana para hacer una visita al corral. Allí cuida un puñado de ovejas. Tiene sed y cada día se encarga de limpiarlas, alimentarlas y, de vez en cuando, ayudar a las madres a amamantar a sus hijas. Las cuida como si fueran sus propias mascotas.
Le regalaron la primera oveja cuando sólo tenía once años. Aquella tenía un nombre, se llamaba Chiviri. "Un pastor me la regaló a cambio de darle unos viejos comederos de una granja que ya no usábamos", recuerda el joven de los Mesalles. En ese momento empezó una afición que no ha parado de crecer. De pequeño sacaba a pasear ese pequeño cordero por las calles del pueblo. Era la sensación de sus amigos de la escuela. Pero, en el fondo, era como recuperar la antigua actividad ganadera de su padrino, que había tenido un rebaño mucho mayor y practicaba la trashumancia hasta el Pirineo.
Desde entonces, Xavier fue aumentando las unidades hasta tener ahora un pequeño rebaño que sirve a la familia de autoabastecimiento de carne cuando les apetece celebrar una fiesta. En el futuro, al joven de los Mesalles también le gustaría tener en propiedad una auténtica granja de ovejas y recuperar la actividad de su antepasado. Tiempo al tiempo.
Ahora todavía cursa cuarto de ESO. De una forma u otra, ayuda a diario a sus padres en las tareas del campo. Lo ha vivido toda su vida. "Le cae la casa encima, no se puede estar encerrado", reconoce su madre, Judith Artigas, quien asegura que desde pequeño a su hijo le han atraído sobre todo los tractores y la maquinaria. Pero aparte de los vehículos, Xavier siempre ha mostrado una gran sensibilidad y preocupación por las tierras. Si no llueve o si llueve demasiado, si se retrasa la cosecha o bajan los precios… a menudo pregunta a papá si las cosas van bien en el campo. Incluso reconoce que algunas veces haría las cosas de forma diferente a cómo las hacen sus padres. "Tiene una gran inquietud, a veces nos explica cómo lo haría él, pero de momento lo que le toca ahora es callar y creer", dice sonriendo la madre.
Familia campesina
Todos los miembros de la familia Mesalles de Arbeca están abocados a la actividad agraria de una forma u otra. El hijo mayor, Marc, que ahora tiene dieciocho años, estudia en la Escuela Agraria de Les Borges Blanques, y también apunta maneras.
La familia regenta granjas de cerdos y fincas con almendros, olivos y cereal, una apuesta por la diversificación que les permite sobrevivir en un sector muy complicado, en el que la burocracia y los mercados los ahogan cada vez más. Pero al joven Xavier no le da ningún miedo. "Mi sueño es tener mi propia granja de ovejas", asegura.
Al igual que su hermano, él también se matriculará en la Escuela Agraria, porque entiende que hay que formarse y profesionalizarse en el sector. No le preocupa sacrificar los ratos con el grupo, porque ir al campo es lo que más le gusta en la vida. De hecho, a menudo se lleva a algunos de sus amigos para pasar los ratos de recreo, a veces corriendo u otras con la bicicleta, otra de sus grandes aficiones (es un gran competidor con la Escuela de Ciclismo de Juneda). "Nuestros hijos no son demasiado de salir de fiesta por las noches, la verdad", confiesa la madre, quien reconoce que el relevo que se vislumbra con sus dos hijos es un motivo de satisfacción para la familia. Aparte de los dos chicos, tienen otra hija de trece años que de momento no muestra la misma vocación. "Aún vemos que es muy pronto, pero de momento no se define", reconoce Judith Artigas.
Paula Torner
10 años, Prullans (Baja Cerdanya)
El Mas la Bastida es algo más que un negocio. Es un proyecto de vida, situado a 1.700 metros de altitud, descrito como la masía cultivada más alta de Cataluña. En la comarca de la Cerdanya, en el término de Prullans, esta masía se encuentra a tan sólo una decena de kilómetros de la frontera con Francia. La familia de Teresa Torner acudió a vivir a finales de los años setenta y, desde 1989, crían oficialmente ternera ecológica de la raza morena y caballo del Pirineo. Actualmente, Paula, con sólo diez años, está siguiendo los pasos vitales de la saga familiar.
Su madre tiene 44 años y, cuando ella nació en Bastida, sus padres (los abuelos de Paula) apenas habían empezado este proyecto ganadero. De pequeña, Teresa se convirtió en la mano derecha de su padre. Pero, por cosas de la juventud, con 21 años decidió irse de casa para ir a trabajar una temporada de camionera y maquinista agrícola. Lo entusiasmaban los aparatos agrícolas.
En el 2015, Teresa decide volver a la comarca para gestionar una finca arrendada y, poco después, con la muerte de su padre, decide tomar el timón del negocio familiar. Por culpa de la especulación inmobiliaria que sufre Cerdanya, Teresa y su familia se vieron obligados a volver a sus orígenes, en Bastida, para gestionar desde allí el negocio: una finca inmensa con más de un centenar de animales criados de forma austera "pero libre", añade la madre empresaria. "Todas las que estamos en el mundo rural vivimos aventuras vertiginosas", concluye a modo de resumen de su currículum.
En la Bastida los inviernos son largos. Paula va a la escuela francesa y las horas en casa las pasa ayudando a su madre en todo tipo de tareas domésticas, pero muestra un interés muy especial por la ganadería. "Lo único que le aconsejo es que haga lo que más le guste, ella debe poder escoger y nosotros, los padres, le acompañaremos hasta donde sea necesario y hasta dónde podamos", manifiesta Teresa.
No parece que se vislumbre un futuro fácil. Con un mercado globalizado y unos precios a la baja, la cría ecológica se ha convertido en una rareza que no sería sostenible si no fuera por las ayudas públicas y el empeño de esta familia.
El doble de trabajo
En cualquier caso, Paula tiene una facilidad innata por los animales, especialmente las yeguas. "Cuando puede, se escapa con ellas y me cuesta mucho encontrarla", reconoce Teresa. "Lo que más me gusta es la naturaleza y convivir con los animales", admite la propia Paula, que tiene muy claro seguir los pasos de su madre. No le dan miedo las adversidades, tanto naturales como administrativas. Ver a la madre luchando en primera línea la inspira. "No me interesan otros trabajos", asegura la niña cuando le proponen otras profesiones, como maestra o médico. Aparte de los animales, Paula también tiene cierta afición por la maquinaria y los tractores. A su edad, ya sabe cómo funcionan.
Se da la circunstancia de que la Bastida forma parte de Coopyrene, una cooperativa de productoras del Pirineo que gestionan juntas un obrador cárnico. La mayoría de socias son mujeres, condición poco habitual en este sector. "Es que tenemos el doble de trabajo, ser ganaderas y mujeres –reconoce Teresa–. El sector primario aún no parece suficientemente preparado para entender que las mujeres podemos estar perfectamente al frente de un negocio y tomar nuestras propias decisiones". En muchas ocasiones, ellas se topan con compradores que "intentan tomarnos el pelo". Tanto Teresa como Paula representan un relevo que nadie espera. "Las familias confían el futuro siempre en un heredero y nosotros, las mujeres, ocupamos ahora un lugar que tradicionalmente no nos dan los padres", denuncia Teresa.
Josep Espinach
6 años, Solivella (Conca de Barberà)
Josep Espinach Solanes es el hijo mayor de una pareja de campesinos de Solivella, en la Conca de Barberà. La familia cultiva almendros, olivos y, sobre todo, vid y cereal. Y a él le gusta hacer de todo, pero lo que más le atrae es el tractor. El padre tiene heredado el patrimonio familiar; la madre, Teresa Solanes, se ha añadido recientemente. Ella es originaria de Cabra del Camp y tiene mucha experiencia en las tareas ganaderas. El matrimonio forma ahora un buen tándem. Y esta situación ha propiciado que su hijo Josep muestre un deseo precoz por darle continuidad. Esta precocidad viene explicada por un entorno que vive el campesinado con todos sus sentidos. "José ha estado en contacto con la tierra desde antes de nacer, porque estando embarazada iba a vendimiar", recuerda la madre. Y una vez nacido Josep, la familia siempre se la ha llevado a todas partes, desde el corral a las fincas. Esta relación continuada, de lunes a domingo, ha marcado toda su infancia. "Desde que es pequeño, siempre ha preferido jugar al trozo que en el parque", dice Teresa, con un guiño de su hijo, que lo confirma con la cabeza. De hecho, incluso han iniciado pequeñas disputas familiares cuando el joven Josep prefiere trabajar en el campo que ir a la escuela.
Los padres comprenden que todavía es muy pronto y, aunque admiten que es un sector complicado, no se opondrán si finalmente se acaba decidiendo. Reconocen que José es plenamente consciente de todas las adversidades. "Sabe lo que es –reconoce Teresa–, y lo que no haremos será cortarle las alas y negarnos a que se meta". "Pero lo que sí queremos es que se forme, que antes de ir al pedazo vaya a estudiar", avisa la madre.
Pasión inusual
Josep practica el campesinado todos los días durante las vacaciones de verano. El resto del año, intenta compaginarlo con el horario lectivo y las actividades extraescolares. "No me asustan la lluvia ni el frío", asegura convencido. Ha habido días que se ha levantado a las seis de la mañana para ayudar a los padres en momentos de máxima actividad. "Es muy responsable", describe satisfecha su madre.
Ni siquiera le atemorizan los problemas que arrastra el sector. "Cuando sea mayor, seré yo quien lleve las tierras", promete. La familia vive esa vocación con orgullo, pero con precaución. Saben a ciencia cierta que la actividad agraria está en una constante crisis. "Hoy en día tienes que trabajar mucho y gestionar muchas tierras para acabar teniendo una vida sin lujos", avisa Teresa. El campesinado es como una ruleta. "Nunca sabes qué te va a pasar", vaticina. En cualquier caso, el niño no se arruga. Josep tiene una hermana que apenas cumplirá dos años el próximo mes de abril. "Aún es muy pronto para saber por qué se va a decantar ella", reconocen.
"La pasión que veo en nuestro hijo no es usual en compañeros de su edad, es un caso muy especial", describe Teresa. El hecho de que tanto la madre como el padre de Josep sean campesinos favorece esta excepcionalidad. Cuando salen al campo, el joven siempre hace preguntas y muestra un interés constante por el trabajo del campo. "Sabe perfectamente la diferencia entre producción ecológica y convencional", pone como ejemplo la madre.
Como muchos niños de su edad, Josep practica deporte. Sin embargo, él insiste en que, ante todo, de mayor será labrador. Y, en su caso, también futbolista.
Balian Santana
12 años , Vilamalla (Alt Empordà)
El contexto en el que se ha criado al joven Balian Santana es también eminentemente agrario. Su abuelo y actual tutor legal es Joan Caball, ex coordinador nacional de Unió de Pagesos. Y posiblemente por ese mismo ambiente que se respira en su casa, Balian ha tenido vocación campesina desde que tiene memoria. "Siempre me ha gustado este trabajo, sobre todo ir sobre el tractor", enfatiza Balian.
Su vinculación con el mundo campesino ha sido, de hecho, también muy activista. A su edad ya ha participado en algunas concentraciones agrarias junto a su abuelo y ha vivido muy de cerca la lucha por los derechos del sector. El papel de su abuelo en la lucha sindical le ha hecho entender que a menudo es necesario salir a la calle. Él es de los que creen que la administración no vela lo suficiente por las necesidades de los campesinos. "Más de una vez me ha ayudado a instalar pancartas", recuerda Joan Caball.
A su vez, Balian sufre de cerca las inclemencias de una actividad sujeta a las condiciones climáticas. "Girasol, trigo, cebada… Nosotros practicamos aquí una agricultura de secano y sufrimos mucho las sequías", reconoce Caball. En la familia también hay actividad ganadera, con alguna granja de terneros, pero en Balian lo que más le gusta es el campo. "Es mucho más divertido, porque puedo ir dentro del tractor", argumenta el joven.
No teme nada. Por lo menos así lo asegura, cuando se le pregunta por las dificultades del sector primario, sobre todo por la obligación de trabajar fines de semana y durante las vacaciones de verano. Ni bombero, ni maestro, ni cantante… ni siquiera futbolista. A él le atrae el trabajo de payés. "Yo juego a fútbol, pero lo que más me gusta es el campo", insiste.
Hace primero de ESO en un instituto de Figueres. Cada día va y regresa de la ciudad y pasa tantos ratos como puede ayudar en casa. Comenta que él es el único de su grupo de amigos que está interesado en el mundo agrario. "Pero no hablamos mucho, con los amigos –reconoce Balian–. Nos limitamos a jugar al fútbol y dar la vuelta por las calles".
Un caso excepcional
La vocación campesina en la comarca del Alt Empordà es una rareza aún más excepcional en comparación con otras zonas de Cataluña. Por lo menos así lo piensa Joan Caball, que recuerda que se trata de un territorio (el ampurdanés) con una gran cantidad de núcleos pequeños y diseminados y con una importante oferta laboral vinculada al turismo de costa oa la logística. "Las mejoras en el regadío que está existiendo en territorios como Ponent hacen que allí la continuidad sea más propicia que en nuestro territorio", opina el dirigente sindical. En cualquier caso, las nuevas generaciones de padres y madres, mucho más flexibles y atentos con las jóvenes vocaciones, y la profesionalización del mundo sindical están permitiendo que la lleva a la incorporación de nuevos agricultores esté más abierta que nunca.
La atracción de jóvenes como el Balian por la tierra es un fenómeno que requiere mucha paciencia. "Aún es pronto, pero es esencial que haya esa predisposición para que finalmente acabe incorporándose", opina Caball, que siempre aconseja a su nieto que acabe haciendo lo que más le guste. "Con esto, es muy posible que afronte las adversidades con mayor facilidad", reconoce. Lamentablemente, la formación académica que es tan necesaria para profesionalizar las nuevas generaciones está limitada en tierras gerundenses. "En cualquier caso, es bueno que los jóvenes salgan de casa y conozcan la actividad que se realiza por todas partes durante una buena temporada", opina.
La única manera de conseguir que las nuevas generaciones se queden finalmente en casa es haciendo atractivo lo que han hecho sus padres y abuelos. Es necesario, según el sindicalista, detener el éxodo de universitarios frustrados.