Diario de una doble jornada

Tener un pueblo para el verano

Es un concepto muy diferente tener un pueblo que tener una segunda residencia en la playa o donde sea

08/07/2026

BarcelonaMi amiga Alicia me decía un día que le hubiera gustado tener un pueblo para veranear. Es un concepto muy diferente el hecho de tener un pueblo que tener una segunda residencia en la playa o donde sea. En el pueblo tienes raíces, vínculos, seguramente tienes parientes o con un poco de suerte aún viven los abuelos. En el pueblo no pasa nada, no hay gran cosa y por no haber, quizá no hay ni playa. Allí la vida se detiene, los días pasan lentos y perezosos y la tarea del día solo es esperar que haga menos calor para salir a jugar a la calle.

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Cuando yo era pequeña pasaba los veranos en Juneda, en la comarca de Les Garrigues. Allí vivían mis abuelos y me vienen a la memoria los días sencillos en que con mi abuela iba a comprar por las mañanas, a la piscina del pueblo por la tarde y a la fresca por la noche. Salir a la fresca era un ritual que recuerdo con especial estima porque siempre me han gustado muchísimo las conversaciones. Qué pioneras las abuelas, ¿no? Ahora que se habla tantísimo de sororidad y de hacer comunidad, nada nos unía más que salir con una silla a la calle a pasar tiempo con las vecinas. Sin pantallas, sin prisa, sin horarios. Una época en que todo iba a otro ritmo y en que podía ir a dormir tarde, levantarme tarde, la siesta sin sueño era obligatoria y comía macarrones gratinados cuando este no era un plato de moda.

Mis hijos también tienen un pueblo y está en Andalucía. El verano del 2019 apunté a los dos pequeños al casal de verano de La Puebla, en la provincia de Sevilla. Fue una experiencia que les hizo crecer mucho, hicieron amigos nuevos y volvieron contentísimos de haber compartido las vacaciones con los abuelos, las tías y los primos del pueblo. Pensé que aquel verano marcaría el inicio de una bonita tradición pero ya sabéis que después vino la pandemia y el mismo año, en agosto del 2020, el abuelo andaluz se murió. Es fuerte cómo cambia todo en solo un año.

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Veranos sin prisas

Me estoy poniendo nostálgica escribiendo este escrito, pero creo que es muy importante que valoremos la importancia de los veranos sin prisas donde quizás no hay que hacer gran cosa. Ahora vemos estos tres meses sin escuela como una losa, donde no sabemos qué hacer con tantos días porque nos cuesta conciliar. Los casales y las colonias son caros, no llegamos a todo y aún queda septiembre donde ya no nos quedan ni recursos ni energía. Nos quejamos de que tienen demasiadas vacaciones, pero después miramos atrás y a nosotros el verano se nos quedaba corto. Soy la primera que me quejo, siempre planifico y me cuesta muchísimo desconectar. Me doy cuenta con una sonrisa de que la Magda pequeña era mucho más paciente, más calmada y más consciente, que para ser feliz no hacía falta ir a ningún sitio. ¿Cómo puede ser que nuestra versión infantil a menudo sea más asertiva que la actual?

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Con un poco de suerte y en un escenario muy optimista, en la vida solo tenemos ochenta veranos. No son tantos, y por eso debemos disfrutarlos. De mis veranos me quedo con la manera de amar que tenía mi abuela: silenciosa, generosa e inmensa y esta es la mejor herencia junto con la receta de los macarrones. Porque los veranos de la infancia vivirán para siempre dentro de nosotros. ¡Buen verano!