Sílvia Munt: "Mi vida es un cúmulo de casualidades que he aprovechado"
La actriz, guionista y directora Sílvia Munt recuerda su infancia y juventud entre el barrio de El Clot y las Canarias
Sílvia Munt (Barcelona, 1957) es actriz, guionista y directora. Último Premio Gaudí de Honor. En otoño estrenará una película documental sobre Mercè Rodoreda y dirigirá la obra de teatro Panorama desde el puente.
Nació en el barrio de El Clot, en Barcelona. “Pero pasé la primera infancia y también parte de la adolescencia en Canarias, porque mi madre es francesa pero de padre canario. Por un lado, me siento muy urbana, muy de barrio. Mi padre era del Clot. Pero, por otro, para mí es importante la isla, la manera de entender la vida de allí... Y yo soy un poco esta mezcla”.
También destaca su parte francesa. “Fui a las Escuelas Francesas en la calle Sicilia con Gran Vía. Era una educación muy diferente de la que había en aquella época. Mucho más abierta, cosmopolita, prácticamente no hacíamos ni clase de religión.” Le gustaba. “Me lo pasaba bien. Era una buena estudiante sin estudiar demasiado. Era una niña que no daba problemas”.
A los 13 años los padres se separaron. “Pasé a tener un rol más de madre de mi madre y eso te hace madurar antes y te hace entender que la vida te da los golpes que nunca esperas. Pero a la vez tenía mucha libertad. Confiaban en mí”, explica.
El padre tenía un taller de mecánica, “hacía piezas de máquinas de lavar coches, cosas de mecánica complicada”. Y la madre “cuando se casó a los 20 años dejó los estudios de Historia y cuando se separó hizo las oposiciones a Magisterio y empezó a dar clases. Tenía entonces casi 40 años. Es de esas mujeres que he visto cómo ha revivido”.
Silvia es la mediana de tres hermanos. “Con el mayor me llevo cuatro años y con la pequeña, cinco y medio. Y después he tenido un hermano de padre, más pequeño. Una familia muy moderna”. ¿Cómo era la relación? “A pesar de ser la segunda, al ser la niña, era la que se tenía que encargar más de la responsabilidad emocional de la situación familiar y aquí ya vi las diferencias en la educación”.
Una familia de motos. “Somos de las familias a las que no nos gusta el fútbol, nos gustan las motos y los ciclistas. El padre y mi hermano eran motoristas. Pasaba tanta pena, pero pena física, cuando iba a verlos correr... Después, de mayor, me he ido aficionando más al ciclismo”.
La influencia del ballet
Tiene el título del Royal Ballet de Londres. “Desde pequeña hacía ballet y nos preparábamos para hacer la carrera de la Royal Ballet. Cada año íbamos a Londres a examinarnos y pasábamos un día de unos nervios horrorosos. Nosotras éramos las extranjeras que llegábamos y sentí la absurdidad de la prepotencia de los que se creen superiores a los demás por el hecho de haber nacido aquí o allá, o por el hecho de hablar un idioma u otro.”
Los veranos iba a ver a los abuelos a Canarias. “Para no perder el training, hacía clases de ballet. Y allí había un bailarín rumano muy bueno, el Gelo Barbu. Y me dijo si quería quedarme como bailarina de su ballet”. En Canarias hizo el COU. “Bailaba, hacía clases por la mañana, daba clases yo... Y después ya volví hacia aquí porque me puse enferma. Comía fatal, vivía sola, muy independiente. Y empecé con el ballet contemporáneo en Barcelona. Y, al mismo tiempo, estudiaba psicología en la universidad a distancia”.
Nunca había pensado en ser bailarina. “Yo quería ser médico, como mi abuelo, que me parecía un ser admirable. Y como me gustaba mucho la cuestión del comportamiento humano, quería ser psiquiatra. Pero la familia no estaba para pagarme una carrera”.
Y llega La plaça del Diamant. “Mi vida es un cúmulo de casualidades que he aprovechado y he trabajado mucho. Bailé como profesional de los 17 hasta los 24 años”. ¿Y cómo pasas a la interpretación? “Yo había hecho las coreografías y también bailaba en una película que había producido Pepón Coromina. Y dijo: «Esta chica funciona en cine». Y así me presenté al casting, quedé entre las cinco finalistas y Rodoreda me escogió”.