Opinión

La trampa del verano perfecto

El síndrome de la familia perfecta está cada vez más presente en nuestra sociedad y padres y madres llegamos al verano con una mochila invisible llena de expectativas

26/07/2026 - 18:01 h.

BarcelonaPadres y madres llegamos al verano con una mochila invisible llena de expectativas. Queremos aprovechar cada día, crear recuerdos inolvidables, compensar el tiempo que no hemos tenido durante el curso y asegurarnos de que nuestras criaturas serán superfelices. Pero las expectativas a menudo vienen acompañadas de la presión. Las redes, además, aumentan esta inquietud cuando vemos familias perfectas sonriendo ante una puesta de sol, padres relajados y bronceados y hermanos que comparten la misma pala sin discutir. Y cuando vemos las fotografías de los demás, posiblemente tenemos la sensación de que solo nosotros estamos improvisando.

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Pero hay cosas que las redes no acostumbran a mostrar; el estrés antes de la foto o el llanto después de los veinte intentos para conseguir que todo el mundo mire a la cámara. Solo vemos la imagen final y acabamos comparando nuestra realidad (discusiones por quién se sienta en la ventana o adolescentes que consideran una excursión como una vulneración de sus derechos) con los “mejores” treinta segundos de la vida de los demás.El síndrome de la familia perfecta es cada vez más presente en nuestra sociedad, ya sabéis, la creencia de casa perfecta, cuerpo perfecto, dientes blancos perfectos para complementar el cuadro con hijos e hijas perfectos. Es creer que lo que toca es estar siempre contenta y acumular momentos memorables. Pero esto es tan imaginario como poco real, ya que formamos parte de una especie llamada humana en la que la mayoría son analfabetos emocionales, cosa que hace que les cueste regular emociones como la ira, la tristeza, el miedo o la ansiedad.Familias emocionalmente sanas

La felicidad tiene poco que ver con la perfección y mucho con la capacidad de ser simplemente lo que somos: humanos. La felicidad tiene más que ver con la serenidad, la paz interior, el equilibrio emocional, el propósito personal y la armonía. No es una actividad programada, ni aparece porque hayamos reservado el mejor hotel o porque tengamos el calendario lleno. De hecho, muchas veces aparece cuando nos paramos y dejamos de perseguir el bienestar fuera... para buscarlo dentro.Las familias emocionalmente sanas no son las que no tienen conflictos. Son las que pueden vivirlos sin interpretarlos como un fracaso, ya que convivir implica muchas cosas: reír, pero también enfadarse; compartir, pero también necesitar espacio; conectar, pero también querer estar un rato sin hablar con nadie. Implica quererse profundamente y, a veces, no soportarse durante un rato. Y todo esto es absolutamente natural.

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Quizás una de las mejores actividades que podemos regalar a nuestros hijos e hijas este verano es liberarlos –y liberarnos– de la necesidad de ser perfectos. En lugar de preguntar “¿Hoy te lo has pasado bien?”, probemos de decirles “¿Cuál ha sido el momento más tranquilo?”, “¿Cuándo te has sentido más tú mismo?”, “¿Quién te ha ayudado hoy o a quién has ayudado?” o “¿Qué necesitas para mañana: aventura, más calma, más tiempo juntos?Dejemos de buscar la felicidad en lo extraordinario o dopamínico y tomemos conciencia de que no todos los días tienen que ser maravillosos, que hay momentos aburridos, complicados o decepcionantes, y que, a pesar de todo, la vida sigue siendo bonita porque tenemos lo más preciado cerca: nosotros y nuestro corazón, y los seres queridos.