De la ciudad al planeta, cómo han cambiado las preocupaciones de los arquitectos
La comparación del congreso de la UIA de 1996 y el del 2026 demuestra el fin de la era de los edificios icónicos
Eran casi las doce de la mañana y el arquitecto Joan Busquets llevaba una hora en las puertas del Teatre Romea calmando los ánimos de los jóvenes congresistas que habían forzado, en casi todas las sedes, la suspensión de las sesiones en protesta por el aforo limitado de los locales. Aquel 4 de julio de 1996, la primera jornada del Congreso Mundial de Arquitectos acabó celebrándose por la tarde en la plaza del Macba y los días siguientes en un Palau Sant Jordi abarrotado donde los ponentes, muchos de los cuales arquitectos estrella del momento, se iban sucediendo estupefactos ante el interés y la entrega de los estudiantes y congresistas reunidos. En la clausura del Congreso Mundial de Arquitectos de la UIA 2026, este jueves por la mañana, también estaba Joan Busquets, ahora como presidente honorífico. Pero no ha tenido que pelearse con nadie, al contrario. Todo han sido elogios para la organización y, por supuesto, en la gran sala del Centre de Congressos Internacional de Barcelona (CCIB) cabía todo el mundo y las cuatro grandes pantallas de un vídeo que se iba editando en directo eran visibles desde todos los puntos. Lo organizativo es uno de los cambios significativos entre los dos congresos, pero seguramente el menor.
Otro, un poco más relevante, es el de los espacios. Entonces no existían ni el CCIB ni el Dhub, las Tres Chimeneas de Sant Adrià todavía era una central térmica en pleno funcionamiento y la Sagrada Familia no tenía ni techo. Los escenarios originales eran el CCCB y diferentes teatros. Pero fue precisamente en 1996 cuando el alcalde Pasqual Maragall, en plena euforia postolímpica, tuvo la ocurrencia de hacer algún tipo de acontecimiento cultural que permitiera la transformación de la zona del Besòs. El resultado fue el polémico Fórum de las Culturas del 2004, del que hoy casi nadie se quiere acordar.
Sin embargo, aquel canto del cisne de la política de los grandes eventos como excusa para transformar la ciudad dejó huella. La principal, que convirtió en área urbana una zona de equipamientos sucios como la depuradora, que tiene como símbolo una gigantesca placa fotovoltaica, pero también que refleja el interés por los edificios icono que había en aquel momento, con el Museu Blau de Herzog & de Meuron y el mismo CCIB de Josep Lluís Mateo como emblemas. En el caso del Dhub, deberían pasar todavía cinco años antes de que se decidiera que el equipo Martorell-Bohigas-Mackay construiría el Museu del Disseny, y aún más que se decidiera transformar de arriba abajo la plaza de les Glòries. Igual que en el Fòrum, lo más interesante y costoso es lo que hay debajo –aquí las infraestructuras de movilidad–, pero también se optó por poner en el exterior edificios icónicos, como el mismo Dhub o la Torre Glòries –antes Agbar– de Jean Nouvel y Fermín Vázquez.
Aunque estos iconos han sido los escenarios del congreso y han demostrado su utilidad, esta manera de entender la arquitectura es justamente lo que se ha puesto en cuestión en este segundo congreso. Si el lema de 1996 era"Presentes y futuros. Arquitecturas de las ciudades"–desarrollado en una exposición a cargo de Ignasi de Solà-Morales– porque la preocupación entonces era el ritmo frenético de la urbanización en todo el mundo y se trataba de definir cómo hacer las macrociudades más sostenibles, conectadas y habitables, ahora el foco se ha ampliado al mundo entero y el tema ha sido "Devenir. Arquitecturas para un planeta en transición".
Hace treinta años, algunos ya alertaban de lo que podría pasar si no se ponía freno a la especulación. El congreso de arquitectos españoles, previo al mundial, acabó con un manifiesto que alertaba del peligro de la liberalización de la profesión y del suelo que acabó con la crisis del 2007. En general, en las ponencias del de la UIA, incluso los arquitectos estrella hicieron llamamientos a la responsabilidad social del arquitecto, a los problemas de la vivienda que entonces también eran urgentes, a la necesidad de gestionar mejor los recursos y ser más sostenibles, y fueron constantes las críticas a la manera de hacer occidental y a una arquitectura icónica pensada para los ricos. La realidad, sin embargo, fue que estos conceptos se quedaron en el cajón, y si lo miramos globalmente, a pesar de la crisis inmobiliaria, esta manera icónica y masiva de construir las ciudades se sigue haciendo como entonces en buena parte del mundo. Basta mirar Dubái y muchas ciudades asiáticas, africanas y, por supuesto, europeas.
Lo cierto es, sin embargo, que ahora empiezan a introducirse nuevos conceptos. La declaración de Barcelona que se ha pactado en el congreso del 2026 pone el énfasis en tres elementos fundamentales que lo cambian todo. Uno es que asume la corriente partidaria de construir menos y rehabilitar más. En el marco global general en que los edificios y su construcción causan más de un tercio de las emisiones contaminantes, se trata de recuperar y arreglar lo que ya tenemos, reutilizando tanto espacios como materiales, antes que continuar esta expansión constructiva insostenible. Pero para ello, reconocen, hace falta también un retorno a los orígenes de manera que tecnología y construcción tradicional puedan convivir. Otro elemento es asumir que no estamos solos en el mundo como especie. Por lo tanto, los arquitectos se declaran contrarios al antropoceno y asumen que deben trabajar pensando en cómo su trabajo afecta a animales y plantas y en colaboración con profesionales de otras disciplinas. Y, finalmente, ponen el derecho a la vivienda en el centro como un derecho que debería estar excluido de la especulación. Posiblemente, este punto de la declaración, visto cómo está el mundo, es el más complicado de aplicar, pero si algo ha hecho este congreso es poner el énfasis en la vivienda colectiva y en cómo ha cambiado y se puede adaptar a los nuevos retos. En este sentido, ha sido esto, el trabajo de los jóvenes estudios de arquitectos que en los últimos años han innovado en vivienda pública, lo que se ha querido mostrar de la Barcelona de hoy.
Barcelona ha pasado el relevo a Pekín, que en 2029 también acogerá el congreso por segunda vez y que ha escogido como lema"Volver al equilibrio: arquitectura para una vida mejor para todos". Un equilibrio entre personas, naturaleza y tecnología que ya veremos cómo se pretende definir en una sociedad que arrasó buena parte de su patrimonio y ha explotado a fondo su territorio, pero que ahora es líder no solo en urbanización sino también en tecnologías de sostenibilidad. La capital china también será ese año la Capital Mundial de la Arquitectura como lo es este año Barcelona. Buena parte de las exposiciones y actividades sobre arquitectura –incluida la principal del congreso que se puede ver de jueves a domingo en las Tres Chimeneas de manera gratuita hasta el 19 de julio– continuarán hasta final de año. Vale la pena aprovecharlo.