Arte

Bebés con gafas de sol en la Bienal de Arte de Venecia

El japonés Arakawa-Nash introduce los cuidados y la ternura en una edición marcada por Israel y Rusia

VeneciaEn una edición de la Bienal de Arte marcada por las protestas contra Israel y Rusia, el artista queer del pabellón japonés, Ei Arakawa-Nash, se ha situado en un lugar mucho más personal. Su proyecto, titulado Grass babies, moon babies [Bebés de la hierba, bebés de la luna], es, al mismo tiempo, humanista, político y un poco cómico. Arakawa-Nash ha llenado el pabellón con unos 208 niños de bebés de diferentes razas, disponibles para que los visitantes los abracen –pesan unos seis kilos– y los saquen a pasear con un cochecito. Todos llevan gafas de sol para que quien los coja pueda verse reflejado mientras los tiene en brazos.

El proyecto parte del hecho de que Ei Arakawa-Nash y su pareja, Forrest Nash, se convirtieron en padres de dos gemelos a finales de 2024, y ahora Arakawa-Nash plantea una reflexión sobre los cuidados, el hecho de ser padre o madre y el futuro en un contexto de baja natalidad. "Los bebés nacen en cualquier lugar, independientemente de guerras, terrores y boicots", afirma Ei Arakawa-Nash en el texto de presentación. Por eso la obra adquiere un carácter de crítica histórica: “Los bebés también son asesinados por ataques de drones, misiles y todo tipo de actos de violencia inimaginables”, añade. Los niños llevan en el pañal el código QR de un poema "oracular" relacionado con la fecha de aniversario que Arakawa-Nash les ha asignado, correspondiente a fechas históricas significativas vinculadas a diferentes minorías de Japón y de otros lugares del mundo.

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Otro de los pabellones más comentados de esta edición es el belga, gracias a la performance que ha montado la creadora Miet Warlop, conocida en Cataluña por su paso por la última edición del festival Temporada Alta con Inhale Delirium Exhale. En It never ssst [Nunca se detiene], seis intérpretes se desahogan en una instalación monumental hecha con unas estanterías llenas de unas placas de yeso con palabras esculpidas. En una coreografía furiosa, se las pasan entre ellas, las usan como instrumentos de percusión y, a veces, se les caen de las manos y se rompen. “Vivimos en un mundo que ya no podemos seguir, que ya no podemos comprender bien, en el que a veces no podemos distinguir la mentira de la verdad, y por tanto nos encontramos en una especie de carril de desesperación”, dice Miet Warlop sobre esta obra. “Emocionalmente, esto plantea la cuestión de cómo lo puedes contener o cómo puedes convivir de una manera adecuada, pero también de cómo puedes manifestar el desacuerdo o preguntarte si el cambio pasa por la protesta –añade–. Así, el espacio que he querido crear es el espacio de esta desesperación, combinado con la posibilidad, como persona, de dejar que todo esto te afecte sin que te destruya”.

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Por otro lado, la India destaca entre los pabellones nacionales que están en el recinto del Arsenale. Entre las obras expuestas, todas evocadoras de técnicas y materiales tradicionales del país, llama la atención Adreça permanent, de Sumakshi Singh. Se trata de una reconstrucción hecha con hilos bordados de la casa familiar en Nueva Delhi, que fue derribada. Con esta obra, suspendida en el techo de la sala, Singh quiere hablar de la idea de hogar, la pérdida y la memoria. En el pabellón del Perú, Sara Flores, la primera artista indígena que representa a su país, expone cinco pinturas que muestran la complejidad del lenguaje visual de su pueblo, el shipibo, conocido como kené, caracterizado por unos diseños simétricos que quieren conectar el mundo humano y el natural.

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"Alegría, consuelo, esperanza"

A raíz de la muerte súbita de la directora artística de la Bienal, Koyo Kouoh, continuó el proyecto In minor keys [En notas menores] un equipo que ella misma había seleccionado: las asesoras Gabe Beckhurst Feijoo, Marie Hélène Pereira y Rasha Salti, el editor Siddhartha Mitter y Rory Tsapayi como asistente. Como dijo la misma Kouoh, las pautas de la exposición central son las de una muestra “que invita a escuchar las señales persistentes de la tierra y de la vida, conectando con las frecuencias del alma". "Si, en música, las tonalidades menores a menudo se asocian con la extrañeza, la melancolía y la tristeza, aquí también se manifiestan su alegría, consuelo, esperanza y trascendencia”, afirman. A pesar de todo, como ocurre desde hace algunos años, esta bienal vuelve a arrastrar el lastre de un cierto “todo vale”, legitimado por discursos sociales y medioambientales bienintencionados. Estas grandes muestras adquieren un aire comercial, en que los comisarios parecen trabajar para descubrir nuevos nombres a los coleccionistas globales.

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En la exposición hay unos 111 artistas. Una de las primeras obras de los Giardini es Amistad Takeover, de Big Chief Demond Melancon, un traje monumental con el cual reinterpreta en clave contemporánea, y como un acto de resistencia y de liberación, la revuelta del barco negrero Amistad el año 1839. De hecho, el textil vuelve a ser muy abundante en esta edición. Más adelante hay otros personajes gigantescos, los Sentinelles de la lluna nova, del artista de Puerto Rico Daniel Lind-Ramos. Están hechos con materiales como telas, bidones y herramientas que a menudo Lind-Ramos recibe de personas de su entorno y rinden homenaje a los activistas que cuidan de los manglares ante el abandono institucional, el racismo y los intereses inmobiliarios.

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En cuanto al Arsenale, Alfredo Jaar presenta una crítica del extractivismo con El fin del mundo (2023-2024), consistente en un pequeño cubo hecho con diez capas superpuestas de minerales codiciados por la industria tecnológica: cobalto, neodimio –una de las tierras raras–, cobre, estaño, níquel, litio, manganeso, coltán, germanio y platino. La pieza es muy pequeña, pero se expone en una sala catedralicia iluminada con una luz roja. Otra de las aportaciones más interesantes es la de Kader Attia, que vuelve a profundizar en cómo el Picasso cubista bebió de las culturas africanas. En cambio, el músico Nick Cave sale malparado de la escultura monumental Amalgama (Origen). Por momentos parece más bien un homenaje a Vecna, el villano de Stranger Things.