La Fundación Vila Casas aclama el legado de Esther Boix con la retrospectiva más ambiciosa
'Un mundo en lucha' repasa todas las vertientes de su trayectoria como artista y pedagoga
'Esther Boix. Un mundo en lucha'
- Espacios Volart de la Fundació Vila Casas (Ausiàs Marc, 22; Barcelona).Del 10 de abril al 12 de julio.
A veces, la vida se impone al arte. En un autorretrato de 1957 la pintora y pedagoga ampurdanesa Esther Boix (1927-2014), una de las más importantes de su generación, es una mujer triste. A su lado está el marido, el poeta Ricard Creus, igualmente compungido. Los dos tienen los cuellos extrañamente alargados, como si el franquismo se infiltrase dentro de los cuerpos y los deformase, tal como se puede ver desde este viernes en la exposición que la Fundació Vila Casas dedica a Esther Boix en los Espais Volart, tituladaEsther Boix. Un món en lluita. Se trata de la retrospectiva más ambiciosa que le han dedicado nunca, y una exposición imperdible.
Volviendo al retrato, el matrimonio marcha a Milán con esta pesadez dentro, pero este viaje les cambió la vida: fue en la ciudad italiana donde supieron que estaban esperando a su primer y único hijo, Adrià. Volvieron, porque querían que naciera en Cataluña. Y a la vuelta, a pesar del franquismo, todo fue diferente. Mientras que el autorretrato está hecho con tonos marronosos, uno de los primeros retratos que Boix hace a su hijo es todo luz y delicadeza. "En el autorretrato son como máscaras, unos personajes ensimismados. El viaje a Milán tuvo un comienzo oscuro, pero el final fue luminoso", afirma Bernat Puigdollers, el director artístico de la Fundació Vila Casas y comisario de la muestra. "Milán les abrió a nuevas maneras de vivir, les permitió entrar en un círculo de intelectuales, de artistas, ilustradores, escritores y cineastas y les permitió vivir de una manera diferente", añade.
Además, a la vuelta, la pintura de Boix adquirió un carácter más directamente social, tanto en cuanto al compromiso con la gente trabajadora como al feminismo. Y más adelante, desde los años sesenta, cuando fue una de las impulsoras del grupo Estampa Popular, la crítica se volvió frontal y abierta. Los cuadros están llenos de símbolos con los que denuncia la crueldad de las autoridades franquistas. Entre las pinturas más punzantes hay Un dia se't berenaran (1972), protagonizada por un cuerpo desmembrado servido en una bandeja.
De la negrura de Gutiérrez Solana a la luz
Una vida en los márgenes. Esther Boix creció marcada por la polio que sufrió a los dos años. "Eso significa tener una vida más introspectiva, no poder jugar con los otros niños con la misma libertad, y también abrir la puerta a querer fijarse en los márgenes que hay de la sociedad y también los pictóricos y artísticos", explica Puigdollers. En cuanto a su pintura, inicialmente influenciada por la negrura de Gutiérrez Solana, se caracteriza por ser "más bien oscura, por una cierta geometrización y simplificación de las formas, y también por el hecho de remarcar la miseria de la posguerra", tal como dice el comisario.
Más adelante, la muestra, que estará abierta hasta el 12 de julio, recoge su paso por la Llotja, que fue importante no por la formación que recibió, sino por el pequeño grupo que formó a su alrededor, en el que había Ricard Creus, que entonces era solo un amigo, la pintora Mercè Vallverdú y el escultor Josep Maria Subirachs. Las reuniones tenían lugar en el piso del padre de Esther Boix. "Este grupo lo tenemos que entender sobre todo como un grupo de amistad: había nacido de manera natural y básicamente lo que querían era intercambiar conocimientos. Escuchaban música, organizaban lecturas poéticas y también hacían pequeñas excursiones en las que iban a visitar monumentos de toda Cataluña. Destacan las que hacían para visitar la obra de Gaudí, en un momento en que casi nadie hablaba de él, porque se empezaron a recuperar en los años 50", explica Puigdollers.
Otro aspecto de esta relación fue la creación del efímero grupo Postectura, como una oportunidad para tener más visibilidad. "Reivindicaban el retorno a la esencia, una esencia pictórica y escultórica que parta de la experiencia real, pero que busca la estructura íntima de la existencia", dice el comisario, que ha dedicado una de las salas a la labor pedagógica de Esther Boix y Ricard Creus en la Escola d’Expressió L’ARC.
La misma Esther Boix definió la evolución de su trayectoria como el paso de la "lucha" durante el franquismo, al "canto". Es decir, después de la muerte del dictador, emprendió nuevos caminos con otros compromisos. "El foco de su obra cambia, y empieza a derivar hacia el paisaje", dice Puigdollers. Esta evolución estuvo marcada por el traslado de su taller a un ático de la calle Girona de Barcelona, y más adelante al Perer, una masía en el término municipal de Les Preses (Garrotxa). "Además de la conciencia política, también muestra una conciencia ecológica y habla de la contaminación. Y empieza un proceso en el que la figura humana empieza a desaparecer y el paisaje empieza un proceso de disolución hasta llegar casi al blanco", dice Puigdollers. "Acaba teniendo una mirada casi panteísta del mundo, es decir, el mundo tiene vida propia y nosotros somos una pequeña cosa en medio del universo, del entorno, del paisaje. Hay un proceso de calma, de comunión con el entorno, y no sé si la palabra es desencanto, pero sí una relativización de la existencia humana", concluye el comisario.