Arte

Muere el pintor Georg Baselitz, un titán del arte contemporáneo

Es conocido por unos retratos gigantes boca abajo con los que desafió al público

BarcelonaEl pintor y escultor alemán Georg Baselitz, conocido por sus imágenes de cuerpos crudos y paisajes invertidos, ha fallecido este jueves a los 88 años, según informan Reuters y su galería, la francesa Thaddaeus Ropac. En los últimos años, Baselitz pintaba grandes lienzos desde la silla de ruedas y transportaba pinceles y pinturas en un carro con ruedas. “Lo más sensato, en mi situación, sería decir: «Me limito a formatos pequeños»”, declaró a El País a los 87 años, con motivo de una exposición en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. “Pero, claro, yo no hago lo que es sensato. Lo que es correcto para mí es lo que es insensato.”

A Georg Baselitz le gustaba insistir, a veces como provocación, a veces como escudo, en que no sabía pintar. Que “no tenía talento”. Rechazado a los 17 años por la Academia de Bellas Artes de Dresde, consiguió entrar en una academia de Berlín Este, de la que fue expulsado dos semestres más tarde por “inmadurez sociopolítica”. “Era estúpido. No tenía educación, pero era un rebelde”, recordaba. A partir de esta rebeldía, Baselitz forjó una trayectoria que convertiría a aquel hijo de la Alemania nazi, formado bajo el comunismo soviético, en uno de los artistas definitorios de la Alemania de posguerra. Baselitz estaba casado con Johanna Elke Kretzschmar, conocida como Elke, con quien tuvo dos hijos.

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Marcado por la disciplina nazi

Hans-Georg Bruno Kern, más conocido como Georg Baselitz, nació el 23 de enero de 1938 en el pueblo sajón de Deutschbaselitz. Su padre, maestro de escuela y miembro del Partido Nazi, registró el nacimiento de Hans-Georg en su diario. De manera inexplicable, no registró el nacimiento de ninguno de los otros cuatro hijos, según informaba el diario Sächsische Zeitung en 2018. Después de la guerra, el padre fue inhabilitado para ejercer la docencia. La madre de Baselitz asumió sus funciones en la escuela.

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Baselitz pasó la infancia bajo la disciplina implacable de la Alemania nazi, y la adolescencia entre las ruinas y la reeducación ideológica de la zona de ocupación soviética. “Nací en un orden destruido, un paisaje destruido, un pueblo destruido, una sociedad destruida –recordaría más tarde–. Y no quería restablecer ningún orden: ya había visto bastante de ese supuesto orden. Me vi obligado a cuestionarlo todo, a ser ingenuo, a empezar de nuevo”.

Después de ser expulsado de la academia de Berlín Este, se trasladó a Berlín Oeste, donde acabó los estudios y asimiló el modernismo de una manera que, según él, fue como una súbita entrada de oxígeno. Recordaba el impacto de ver por primera vez obras de Jackson Pollock y otros expresionistas abstractos, una prueba, según decía, de que los Estados Unidos tenían una cultura seria a pesar de lo que le habían enseñado. Pero, en lugar de imitar un estilo americano, Baselitz volvió a fuentes alemanas, recurriendo al expresionismo, las tradiciones populares y una iconografía a menudo considerada por los críticos como fea o incluso “degenerada”.

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Un pintor escandaloso

En una exposición individual en Berlín en 1963, las autoridades confiscaron dos de sus pinturas –La gran nit se n'ha anat en orris y L'home nu– por obscenidad. En ambas obras, rudimentarias, “las erecciones emergen de cuerpos abyectos”, según describió The Art Newspaper. Este episodio lo hizo famoso, y las primeras pinturas, marcadas por cuerpos crudos, una masculinidad frustrada y un humor abrasivo, fueron ampliamente interpretadas como una provocación. Sus defensores y diversos comisarios de museos también las han leído como un retrato directo de la vida alemana de posguerra: dañada, comprometida y luchando por encontrar un nuevo equilibrio. Esta sensibilidad se prolongó en la serie de los Herois de mediados de los 60, con figuras enormes y dañadas que parecían más supervivientes que vencedores, saliendo a trompicones de un mito nacional derrotado.

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Pero las obras más reconocibles de Baselitz llegarían en 1969, cuando comenzó a pintar los motivos cabeza abajo. Después de experimentos previos en los que fragmentaba o invertía parcialmente las figuras, produjo obras completamente invertidas como Cap de suro y L'home vora l'arbre. Baselitz no se limitaba a dar la vuelta a imágenes acabadas: las concebía y pintaba invertidas desde el principio. Este enfoque alteró la manera en que los espectadores leían sus obras. Al romper el reconocimiento, obligaba a fijarse en los mecanismos de la pintura –el color, el equilibrio y la composición–. “Un objeto pintado cabeza abajo es adecuado para la pintura porque es inadecuado como objeto”, decía Baselitz.

Estas inversiones lo convirtieron en una figura internacional en los años 70 y 80, a medida que el mercado y las instituciones que antes lo consideraban escandaloso lo situaban como un pilar del arte europeo de posguerra. Sin embargo, su reputación pública no se estabilizó en una respetabilidad tranquila. Provocó reiteradamente polémicas con declaraciones sobre las mujeres pintoras, incluida una afirmación muy difundida según la cual las mujeres “no pintan muy bien”.

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También se enfrentó a los límites que la historia alemana impone a los gestos y las imágenes: una escultura de madera presentada en la Bienal de Arte de Venecia de 1980 fue ampliamente interpretada como una evocación del saludo nazi, una lectura que Baselitz negó.